Fotos que hablan (17)
El retablo mayor de las Clarisas de Tudela
Los hermanos José y Antonio del Río, maestros del arte rococó en el siglo XVIII, realizaron este retablo


Actualizado el 06/01/2025 a las 18:26
La sencilla iglesia de las Clarisas de Tudela, de comienzos del siglo XVII, se barroquizó, como la de los Jesuitas y otras de la ciudad, en la primera mitad del siglo XVIII. Hacia 1720 se blanqueó la iglesia, en 1731 se contrataron los retablos colaterales con el artista soriano Domingo José Romero, se colocaron tribunas policromadas y, en 1759 ya estaba terminado el retablo mayor, que doraron los hermanos Juan Ángel y Lucas de Olleta. Todo aquel conjunto quedó desmembrado al derribarse todo el complejo conventual en 1971.
El retablo mayor fue realizado por los hermanos José y Antonio del Río. Sobre el mismo conocemos el diseño y unas fotografías de Mazo, tomadas antes del abandono del convento.
Su cronología se puede fijar en torno a 1755, tras la realización del conjunto de la iglesia de la Compañía de Jesús, también llevado a cabo por los hermanos del Río (1748-1749). La traza del retablo, de planta mixtilínea y tipo cascarón, consta de banco con ménsulas de niños atlantes y follaje con cabezas de querubín, en todo similares a las de la iglesia de los jesuitas, y tableros con espejos de clara inspiración rococó; cuerpo único articulado por columnas decoradas en sus fustes lisos con distintos ornatos para que las monjas eligiesen el que les pareciese más oportuno y gran cascarón con rico pabellón central, rematado por cortinajes recogidos y enorme clave oval, similar también a la del retablo de los jesuitas. El ornato de la talla combina elementos tradicionales en los talleres tudelanos, como el fino y rizado follaje, con diseños de ritmo rococó en los segmentos del cascarón, los espejos o cornucopias del banco y la hornacina oval del ático bajo ricos cortinajes y vistoso pabellón. Para las columnas se proponen tanto las decoradas en su primer tercio con rocalla y el resto enguirnaldadas, las anilladas de ascendencia aragonesa, como otras en las que se combinan ambos motivos a lo largo de su fuste. Lugar especial se reservaba en el citado proyecto al sagrario-expositor, que debía ocupar toda la calle central del primer cuerpo, que se remataría con cubierta bulbosa y una especie de llamas alusivas a las llagas franciscanas. Respecto a la iconografía, los bultos se localizan en el banquillo del cascarón, sobre las cornisas del cuerpo principal y a plomo con los soportes, figurando allí san Antonio de Padua, santo Domingo, san Buenaventura y san Roque, reservándose el lugar principal, en el centro, para san Francisco de Asís.
TRIUNFO DEL ROCOCÓ


A la hora de realizar materialmente el retablo, tal y como muestra la fotografía, las monjas optaron por otro modelo que consta de doble banco, dos cuerpos divididos en tres calles y ático. El triunfo del rococó es todo un hecho a juzgar por los tableros de rocalla y el tipo de columnas, lisas y anilladas, otras con el tercio inferior liso con placa de rocalla y el resto estriado con guirnaldas de rosas y otras con todo el fuste estriado y enguirnaldado. Para su iconografía se respetó lo que iba en el ático del proyecto, añadiéndose la imagen de santa Clara y otras dos santas de la orden (santa Coleta y santa Inés de Asís) en el primer cuerpo. La pieza debió sufrir algunas modificaciones que afectaron a las alas laterales y el remate que presenta una estética más avanzada y relacionada con modelos más clasicistas, correspondientes a tres décadas más tarde. El recrecimiento de la pieza por encima del ático primitivo con la imagen de san Francisco en el centro y los santos de la orden a plomo con las columnas extremas, es evidente. El nuevo ático con el escudo franciscano y palmas cruzadas, las columnas lisas con guirnaldas y grandes rocallas a los lados son motivos que no concuerdan con la estética del resto del conjunto. Lo mismo ocurre con la parte interior del doble banco y los paramentos laterales del primer cuerpo, decorados obsesivamente con palmas cruzadas. Todas esas modificaciones tuvieron por objeto cubrir la cabecera del templo seiscentista. Iconográficamente, también desaparecieron del conjunto algunos santos de la zona del ático y se colocaron sobre peanas de la capilla mayor -san Antonio de Padua y Santiago-.
Antonio y José del Río eran los mejores maestros de su especialidad del foco tudelano en aquellas décadas centrales del siglo XVIII, como manifiestan los conjuntos de retablos de la Compañía de María o de los Jesuitas de la ciudad y el gran conjunto de yeserías de la capilla catedralicia del Espíritu Santo. Estilísticamente, les tocó vivir en los años del Barroco decorativo y castizo que evolucionaría hacia el Rococó, fase de la que también fueron partícipes, en cierta medida. Ambos eran hijos de Francisco del Río y de Antonia Burdeos y tuvieron otros hermanos llamados Teresa y fray Francisco del Río, fraile dominico que residió en el convento de Jaca. Los dos hermanos se debieron de formar junto a su padre, perfeccionándose más tarde con algún otro maestro, bien dentro o fuera de la ciudad. A lo largo de los años que estuvieron en Tudela trabajaron, con escasa competencia, tanto en la realización de retablos como en el modelado de yeserías para otros tantos edificios. Su actividad superó los límites de la ciudad y sus proyectos saltaron hasta La Rioja, sometiéndose en ocasiones a planes de maestros de aquellas tierras. El mayor de los dos, José, fue enterrado el 16 de marzo de 1779 en el convento del Carmen “con entierro doble, honras, cavo de año, novena y añal”, mientras que el más joven, Antonio, falleció el 27 de diciembre de 1782 enterrándose en la iglesia del mismo convento “con entierro doble”.