Obituario
Alberto Zozaya, fin de una estirpe dedicada la programación escénica y de cine
Zozaya fue el director de la SAIDE, que llegó a tener once locales dedicados al cine y al teatro en Pamplona


Publicado el 21/12/2024 a las 05:00
Con la desaparición de Alberto Zozaya Hernández acaba una estirpe familiar dedicada a suministrar a la población pamplonesa y navarra el principal universo de ocio del siglo XX: el espectáculo cinematógrafo. También se ocuparon, tanto su abuelo (Serapio Zozaya Eraso) y su padre (Félix Zozaya Flores), como él mismo, a la programación escénica, gestionando espectáculos para el Coliseo Olimpia (1923 a 1963) y el Teatro Gayarre (desde 1932 hasta 1998). Desde 1942 estos locales de la capital navarra estuvieron bajo el amparo de la recientemente constituida Sociedad Anónima Inmobiliaria de Espectáculos (SAIDE), que llegó a tener bajo su órbita de programación de manera simultánea hasta 11 locales (Cines Príncipe de Viana, Avenida, Amaya, Alcázar, Olite, Rex, Chantrea, Carlos III, Arrieta, antes rotulado como Novedades, Teatro Gayarre y Guelbenzu), lo cual suponía, en la práctica, el monopolio de la exhibición de espectáculos en la ciudad. Era la década de 1960, y se empezaba a vislumbrar la crisis del cine que nunca llega a su fin, afortunadamente.
En el año 1991 Alberto Zozaya me invitó a incorporarme a la plantilla de la SAIDE, lo que fue, dada mi ratificada cinefilia, una propuesta que no pude rechazar, pues suponía el poder trabajar con el material de que están hechos los sueños, el cine, en primera línea y con la posibilidad de aprender todo lo que quería saber sobre el negocio y no podía saber de otra manera. En la oficina de San Ignacio 5, 5º (edificio del antiguo Carlos III, hoy ocupado por un inmueble de viviendas), Alberto me fue desvelando los secretos de la profesión, las artimañas de las distribuidoras, los repartos de películas con la ya asentada competencia (Difusora Cultural Cinematográfica/Golem) con cuyos responsables mantenía una cordial relación, pues a pesar de las disputas por ciertas películas, Alberto Zozaya ha sido, por encima de todo, una buena persona, incapaz de la maldad y la traición. Así lo manifestaban sus colegas del negocio de la distribución y al exhibición, quienes siempre le tuvieron en la mayor de las estimas.
Hablamos mucho de cine, lógicamente, pero casi siempre de películas clásicas y a menudo de sus favoritas: Scaramouche (G. Sidney, 1952), El caso 880 (E. Goulding, 1950), Esa pareja feliz (Bardem, Berlanga , 1953), por citar alguna, que recordaba perfectamente por su reiterado visionado. Solía decir “yo solo sé de cine, pero poco”, lo que daba muestra de su humildad, pues se había pasado gran parte de su vida viendo cine -o sea, en sala- y luego “películas”, en casa, aunque casi siempre las de antes, lo que solíamos comentar día siguiente. Así durante casi 20 años, algo que lógicamente ahora deja un vacío sentimental.
Otra de sus aficiones era el belenismo, al cual dedicaba tiempo y espacio, pues cada Navidad ocupaba una de las habitaciones de su casa para montar un diorama gigante y espectacular, con mar y oleaje incluido construido por él. El resto de la casa estaba inundado con otros nacimientos recogidos por todo el mundo. Estas próximas fiestas las figuras de su colección le echarán de menos. También los que fuimos compañeros y, sobre todo amigos, pues Alberto fue una excelente y amable persona, y un abnegado padre de familia, entregado en cuerpo y alma a su esposa María Nieves, a sus hijas Cristina y Lucía, y a sus dos nietos, quienes sin duda echarán de menos sus atenciones.
Que descase en la Paz que bien se ha merecido.