Un verano diferente

Isabel Eguiguren Ezquerro, una navarra salvando refugiados en el mar

Isabel Eguiguren Ezquerro, de 50 años, ha estado un mes enrolada en el barco Aita Mari de la ONG Salvamento Marítimo Humanitario

Isabel Eguiguren, repartiendo el desayuno a refugiados tras la noche del rescate
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Isabel Eguiguren, repartiendo el desayuno a refugiados tras la noche del rescate
Isabel Eguiguren, repartiendo el desayuno a refugiados tras la noche del rescate

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María Jesús Castillejo

Actualizado el 19/07/2024 a las 11:08

"Terrible”. La periodista Isabel Eguiguren Ezquerro no encuentra otra palabra para calificar lo que vio y vivió la noche del 14 al 15 de julio -“la del Pobre de Mí”-, cuando, enrolada en el barco Aita Mari como voluntaria, les avisaron de que se habían topado con un cayuco lleno de inmigrantes en peligro. “Cuando nos lo dijeron me temblaron las piernas”, reconoce. Y es que nada prepara para vivir algo tan intenso como un salvamento en el mar, en el que no faltó siquiera la amenaza de una lancha de libios armados hasta los dientes... Atrás quedaba el largo tiempo retenidos en el puerto de Pasajes (País Vasco) -desde el 20 de junio- esperando los obligados permisos. Así funciona ahora el sistema. “Nosotros pedimos puerto a Siracusa (Italia), si por el camino, en la zona de Túnez o Libia nos avisan de alguna embarcación en riesgo actuamos conforme a la ley”, contaba en días anteriores al rescate. “Antes podías rescatar varias embarcaciones, pero ahora Italia solo permite realizar un rescate y pedir puerto. También te asigna puertos lejanos... La situación para los barcos de rescate humanitario es cada vez más compleja. Somos testigos molestos”.

Testigos molestos de un drama que no cesa, mes a mes, año tras año. Porque la necesidad apremia. “A pesar de que el nuevo pacto migratorio que ha aprobado Europa supone una auténtica bofetada para quienes buscan refugio, lo cierto es que la gente va a intentar seguir llegando porque ya no tienen nada que perder. Son personas que se han visto obligadas a huir de sus países por la guerra, el hambre o las consecuencias del cambio climático. Y la respuesta de Europa ante esto, en vez de ir a la raíz es pagar más y más dinero a países como Turquía, Libia, Túnez o Marruecos para que retengan a quienes intentan llegar a Europa. Países que no son seguros y donde se vulneran los derechos de quienes buscan refugio… Y aunque se salvan vidas -1.500 gracias a este antiguo barco atunero y 60.000 atendidos-, otras se quedan tristemente por el camino. “Aunque solo salgan en los medios los grandes naufragios”, añade la voluntaria, “todos los días hay mujeres, hombres, niños y niñas jugándose la vida en el mar. Y de muchos nunca sabremos nada. De ahí que al Mediterráneo se le describa como la mayor fosa del mundo”.

Imagen de los refugiados rescatados durmiendo tapados con mantas en el interior del Aita Mari
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Imagen de los refugiados rescatados durmiendo tapados con mantas en el interior del Aita Maricedida
Imagen de los refugiados rescatados durmiendo tapados con mantas en el interior del Aita Mari

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Pero mientras no llegó el momento del rescate, los 14 miembros, entre tripulación y voluntariado, que viajaban en el Aita Mari, al mando del capitán Simón Vidal, tampoco pararon. “Estuvimos en el puerto de Pasajes tres semanas entrenando sin parar distintos tipos de rescate, situaciones extremas que nos podíamos encontrar, evacuación de supervivientes… Y también mucho trabajo de puesta a punto del barco, de comprar la comida necesaria para decenas de personas, la preparación de kits de ropa y mantas… La verdad que a pesar de llevar algunos años en Salvamento Marítimo, no imaginaba la cantidad de trabajo y responsabilidad que hay en los días previos a la salida del barco”, admite.

Hasta que llegó la hora de la verdad. Tras un largo viaje, con alguna parada por mala mar, vieron por fin las costas de Túnez y continuaron. Y aquella noche ni siquiera hubo llamada de socorro. Nada. Fue el barco el que los detectó. “Estábamos 7 voluntarios durmiendo en lo que llamamos el rancho de proa y vinieron a despertarnos. Recuerdo que me empezaron a temblar las piernas. Nos pusimos la ropa especial, los chalecos, los cascos… y al salir lo primero que vimos fue la oscuridad más absoluta y el foco del Aita Mari señalando una embarcación blanca…”.

Al verse descubiertos, los refugiados gritaron socorro y levantaron las manos. Isabel Eguiguren bajó con la primera lancha de salvamento y al acercarse al cayuco aparecieron tres embarcaciones libias, una de ellas llena de hombres “encapuchados y con metralletas. Hubo bastantes momentos de tensión, incluso uno de los refugiados se tiró al agua…”. La razón: que Libia los mete en la cárcel, “sin razón alguna”, y los refugiados denuncian desde torturas y violaciones hasta chantajes económicos.

“Nuestro capitán gestionó bien la situación. Nosotros los habíamos visto primero y teníamos la obligación de rescatar”, explica. Al final los libios se marcharon a regañadientes y entre tres lanchas del Aita Mari sacaron del mar a los 34 balseros, de Egipto, Bangladesh y Nigeria. Dos eran mujeres, una de ellas embarazada, y había dos menores -incluido un sirio de 14 años que viajaba solo-. La periodista navarra recuerda también a un chico de 19 años y de Nigeria, amenazado de muerte por Boko Haram, que lleva ya cinco años haciendo el mismo viaje para intentar llegar a Europa.

A un puerto lejano

Para más inri, Italia les concedió un puerto a cinco días, en vez el más cercano, a unas horas o a un día. “Nos han dado el más lejano, Ravenna, lo que contraviene la ley marítima. Es una forma de castigo y sobre todo de dificultar nuestra labor”, afirma. “Y también de castigo a los refugiados, después de cinco largos días en la mar, con olas, durmiendo al raso, pasando mucho miedo…”. Al menos esta vez no hubo que lamentar víctimas, se consuela.

Pero, ¿cómo llegó esta tolosana afincada en Navarra al Aita Mari? “Los últimos siete años he trabajado en comunicación política y en mi tiempo libre, llevo colaborando muchos años en la comunicación de distintas ONGs”, relata. Un día, añade, estaba de vacaciones en Castellón y se topó con el barco atracado allí. Se acercó a conocerlo y así comenzó todo. No ha dudado tampoco en gastar de sus vacaciones en esta misión.

“Me encanta estar en la playa y disfrutar de mi gente, pero también tengo cierta necesidad interna de contar las vulneraciones de derechos humanos tan brutales que suceden a nuestro alrededor. Y hay oportunidades únicas que no se pueden desaprovechar”. En este sentido, destaca el apoyo “absolutamente imprescindible” para poder hacer este tipo de cosas por parte de su marido, Raúl, bombero navarro, “al que nunca podré agradecer lo suficiente”, y que es quien se queda al cuidado de los dos hijos - Iradi, hoy de 18 años, y Aitor de 15-.

Tras llegar a Italia, tripulación y voluntarios tuvieron que abandonar también el barco. “Le hacen una inspección y luego lo devuelven a España”. Y no puede volver a salir sin permiso. Aunque cientos de refugiados sigan lanzándose día tras día a las fauces del Mediterráneo...

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