Las Pliego, únicas fotógrafas en Pamplona hace un sigl0
Las hermanas Esmeralda, Blanca e Isolina Pliego Soler fueron las primeras fotógrafas al frente de un estudio en la capital navarra en 1924 y durante una década, hasta que la reurbanización de 1934 derribó su lugar de trabajo en la Plaza del Castillo


Publicado el 03/03/2024 a las 05:00
Tres mujeres inteligentes que supieron leer el momento en el que vivían, persistentes en su vocación y que con tesón se salieron con la suya”. Detrás de esta descripción de las investigadoras María Jesús García Camón y Carmen Agustín Lacruz se encuentran las hermanas Esmeralda, Blanca e Isolina Pliego Soler y un episodio de la historia de Pamplona, de las mujeres profesionales y de la fotografía hace ahora cien años: fueron las primeras fotógrafas en Pamplona al frente de un estudio fotográfico y las únicas en la primera mitad del siglo XX. Sucedieron a su padre, Emilio Pliego Ruiz de Gordejuela, en el negocio que este instaló en el número 22 de la Plaza del Castillo y acuñaron el nombre comercial de Hijas de Pliego. Allí realizaban retratos “con una grandísima calidad”, pero también salían a la calle para fotografiar acontecimientos populares o visitas de políticos, obras que se publicaron en medios de comunicación y que “les proporcionaron notoriedad y reconocimiento”. Abrir la Plaza del Castillo hacia la avenida de Carlos III llevó a que se derribara en 1934 el edificio donde estaba instalado el estudio y la vivienda de las tres hermanas, que se trasladaron a Lodosa y nunca más trabajaron como fotógrafas. Por ahora han aparecido fotos en las que posa Isolina, no así Esmeralda y Blanca.
García y Agustín acompañaron ayer el relato sobre las tres hermanas con fotografías, la mayoría no expuestas aún en público. Licenciada García en Historia y profesora emérita de la Escuela de Arte y Diseño de Pamplona en la asignatura de Historia de la fotografía y profesora Agustín en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, ambas desplegaron su investigación de tres años y medio. El acto lo había organizado la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra para celebrar el 8 M.
Fue importante para entender la vocación de las tres hermanas acercar el momento y la ciudad que era Pamplona entonces. Para empezar, en esos inicios del siglo XX el número de mujeres fotógrafas en España iba creciendo, si bien “la historiografía ha tendido a omitir sus nombres y dejarlas fuera del relato: están ahí pero no se las nombre, no se las conoce, no se las estudia; se quedan en los márgenes, y eso significa quedarse fuera del reconocimiento social y de la legitimación profesional”, en palabras de Agustín. Y a principios de 1920 Pamplona tenía 33.173 habitantes y estaba inmersa en un contexto de contraste en el que primaban la prosperidad económica y los avances urbanísticos a la vez que se producían tensiones sociales muy importantes -“la guerra de África estaba en un momento particularmente duro”- y una “absoluta falta de libertades políticas”, pues regía la dictadura de Primo de Rivera.
En este contexto, nombres de mujeres que entraron en la vida pública “en una ola lenta pero continuada”, como Juana García Orcoyen, de Esténoz, licenciada en Medicina en Madrid en 1925; la pamplonesa María Lacunza Ezcurra, primera abogada en Navarra y primera colegiada en los colegios profesionales de San Sebastián y de Pamplona en 1927 -fue fotografiada por las hermanas Pliego-, o Ascensión Áriz Elcarte, primera médica colegiada en Navarra en 1935. “Las mujeres que pueden hacer cosas están empezando a hacerlas con fuerza”, resumió Agustín. Ya en los años treinta, con una población en Pamplona mayor (42.249 habitantes), el proceso de crisis política se acentuó y la inestabilidad y tensión crecieron.


La familia Pliego estaba fuertemente enraizada para entonces. Había sido en 1876 cuando el padre, Emilio Pliego, nacido en Madrid y formado con un fotógrafo francés, se había instalado en Pamplona, donde conoció a Carolina Soler Aldea, huérfana, hija de padre militar catalán y madre azagresa, casándose un año después. “La participación de Carolina Soler en la historia de la fotografía de la familia Pliego no es circunstancial. Tenía una pensión como huérfana de un militar, que hace que tenga ahorros que le permiten a su marido abrir un estudio independiente”. Ocurrió en 1879, cuando aún no existía luz eléctrica “y los fotógrafos necesitaban instalarse en las plantas superiores de los edificios para preparar cabañas de cristal o galerías acristaladas: espacios físicos donde pudieran controlar las condiciones lumínicas que les permitían trabajar”. Su trabajo “era de una gran calidad”, se convirtió en “el primero en bajar el estudio a nivel de calle cuando empezó a usar la luz eléctrica” y fue “el gran formador de muchos fotógrafos navarros”: Mena, Roldán, Rupérez, sus sobrinos... y sus hijos.
Un tal Víctor Pliego
Porque el matrimonio tuvo nueve hijos, si bien solo sobrevivieron cuatro: Esmeralda, Blanca, Emilio Carlos e Isolina. Y realmente era el hijo varón el destinado a suceder a su padre -de hecho, ya con 14 años había comenzado a trabajar con él como fotógrafo-, pero su muerte en 1914 a los 24 años y con el progenitor ya con 64 años fueron circunstancias que empujaron a que sus hijas, “que seguro que llevaban tiempo haciendo colaboraciones”, se aproximaran a la fotografía como una profesión, terminaran de formarse y participaran junto con el padre, “al principio sin que se supiera su nombre y después, finalmente, con su propio nombre de pleno derecho”. Ante este trabajo en la sombra compartió García una hipótesis que manejan: Emilio Pliego era corresponsal del periódico madrileño Abc y las fotos que se enviaron desde Pamplona en 1920-1922 las firmó “un tal Víctor Pliego que no existe ni en los padrones municipales, ni en los industriales, ni en ningún tipo de documentación”, de lo que las investigadoras sospechan que en realidad esas fotografías las realizara Esmeralda. “En aquella época, Emilio Pliego ya no se encontraba bien de salud -tenía un cáncer lingual que en los últimos años le impidió trabajar-, y es posible que fuera idea de Esmeralda o que le alentara su padre a ofrecer un nombre masculino a la prensa madrileña donde nadie la conocía, algo imposible en Pamplona porque ya se sabía que solo tenía hijas”.
La muerte de la madre en 1918 y del padre en 1924 -“la publicación de la esquela fue uno de los primeros documentos por el que pudimos conocer el nombre de pila de las hijas de Pliego”, narraron las investigadoras- llevaron a las tres hermanas a ponerse al frente del estudio fotográfico, adoptando el nombre de Hijas de Pliego y asumiendo la herencia y prestigio del padre. Esmeralda tenía 46 años; Blanca, 45, e Isolina, que había estudiado Magisterio, 32. Allí realizaron retratos, “lo que hacían la mayoría de los fotógrafos”. “Pero ellas, muy bien”, destacó García respecto a su “técnica impecable, las luces muy bien controladas, poses muy naturales...”. Además colaboraron con la prensa nacional (Heraldo de Madrid, Ahora, Estampa) y con la prensa local (Diario de Navarra, La Voz de Navarra, La avalancha), con temas importantes como visitas de autoridades -Alcalá Zamora en Alsasua en 1932 de camino al País Vasco-.
Naturalidad y equilibrio
En el combo que prepararon las investigadoras sobre los distintos retratos que realizaron las hermanas ayer se mostraron los de la abogada María Lacunza, la actriz Carmen Seco, una bebé sobre un colchón, niños y niñas, fotos de Primera Comunión, un soldado... Según el escenario de las fotos se puede dilucidar si son de una etapa temprana de las hermanas solas en el estudio: se observan alfombra y fondo con mueble en las fotos de los primeros años, fondos que empiezan a difuminarse, “una marca más característica de ellas y de los años de transición entre el final del padre y ellas”. Se trataba de “poses desenfadadas, caras sonrientes, gestos espontáneos, naturales, tranquilos, relajados; composiciones para que la postura pareciera totalmente casual”. En definitiva, complicidad de retratados y fotógrafas. “Eran unas maestras en el arte de que todo pareciera natural y fácil y perfectamente equilibrado”, señaló García.
Realizaron también retratos de familia en exteriores y fotos en la plaza de toros, de los hombres en el tendido. Además, encargos institucionales como los de la Diputación foral sobre unos sementales vacunos trasladados desde Suiza para mejorar la ganadería o el Laboratorio Químico Agrícola, donde dieron más importancia a los aparatos que al químico. De las hermanas Pliego son también un combo de fotografías que se publicaron en el diario madrileño Estampa de jóvenes abogadas, como María Lacunza, “defensoras del voto femenino”. Igualmente, las de los miembros del Orfeón Pamplonés que en 1927 viajaron a Madrid para cantar por el centenario de Beethoven. Y en la prensa local, de niños premiados, veladas benéficas, bodas, Sanfermines, niñas vestidas de roncalesas o un partido de fútbol en Artajona. “Nos muestran su deseo de estar al pie de la noticia”.
En esa reurbanización hacia el Segundo Ensanche, tras el derribo de la plaza de toros (1921) y del Teatro Gayarre (1931) hubo que resolver las fachadas de la Diputación (1929) y del Crédito Navarro (1934), donde las Pliego vivían alquiladas y tenían su estudio. El edificio se demolió, y con él, el estudio. “La pérdida para la ciudad fue notable porque su trabajo era muy característico, pero el servicio está cubierto por haber otros estudios, aunque el de ellas era un establecimiento de primera clase”. Ocurrió además que Esmeralda tuvo un accidente doméstico y perdió la visión, con lo que sus condiciones físicas para poder seguir trabajando eran muy malas. De modo que “en este contexto de sororidad fraternal” Isolina, que no había ejercido hasta entonces de maestra, asumió sacar adelante a sus hermanas. Así, tras tomar posesión en un pueblo de Huesca, se trasladó a Lodosa al mes siguiente como maestra de una escuela. Le acompañaron sus hermanas. “En Lodosa tienen muy buena y grata memoria de ellas, pero no que fueran las hijas de un fotógrafo y de que ellas mismas fueran fotógrafas”. Las tres murieron allí: Blanca en 1936, Esmeralda en 1952 e Isolina en 1969.
Las investigadoras contabilizaron ayer no más de una cincuentena de fotografías inventariadas y firmadas como Hijas de Pliego. Pero, aventuraron, tal vez estén en algún álbum familiar, caja, altillo o armario del público de ayer. “Por eso estaremos muy agradecidas si al volver a casa buscáis esas fotos o preguntáis por ellas y miráis si aparecen nuestras Hijas de Pliego con su sello. Si las encontráis, no dejéis de decirlo para que este patrimonio tan valioso y poco conocido vaya incrementándose”, desearon.