Fotos que hablan (9)
La portada de la basílica de San Gregorio Ostiense, a la luz de antiguas fotografías


Actualizado el 08/01/2024 a las 11:00
A fines del siglo XVII, en 1694, el maestro estellés Vicente Frías recibió el encargo para la realización de la monumental fachada de la basílica, que dejaría sin terminar a su muerte, en 1703. El encargado de finalizarla, entre 1710 y 1712, fue otro famoso retablista, en este caso del foco de Tudela, José de San Juan y Martín. Su trabajo aportó al conjunto la calidad y el aire de una obra del foco ribero, con su aporte personal. En aras al mayor lucimiento del ornato, utilizó el estuco, más moldeable que la piedra, en contra de lo estipulado. Los tasadores del conjunto fueron José Ortega, en nombre de la basílica, y Juan Ángel Nagusia en representación de San Juan. Ambos maestros denunciaron que ciertas zonas estaban talladas en estuco cuando “era de obligación de dicho Joseph de San Juan ejecutar en piedra todo lo que queda expresado” y además “se halla a la inclemencia del sol, aire y agua”. Sin embargo, también reconocieron que si “los dichos adornos e historias se hubieran ejecutado en los relieves que tenía la dicha obra de piedra no podía quedar con la perfección y hermosura que se halla por haberse fabricado con dicha materia de estuco”.
La piedra elegida fue la blanca, posiblemente de las canteras de Mendaza, para destacar del resto de construcciones de la zona que utiliza la rojiza. El modelo fue una fachada de tres calles, las laterales planas y de menor altura, unidas a la central mediante aletones. Ésta última tiene la peculiaridad de organizarse igual que un retablo cascarón, con una dinámica planta, alzados con sotabanco, banco, dos cuerpos articulados por columnas salomónicas y ático con forma de cascarón.
Recientemente, nos detuvimos en esta obra en un artículo sobre la piel de la arquitectura, precisamente en el santuario de San Gregorio Ostiense (Diario de Navarra, 20 de noviembre de 2023, pp. 58-59).
EL PROGRAMA ICONOGRÁFICO A LA LUZ DE FOTOGRAFÍAS HISTÓRICAS
Actualmente, el programa iconográfico del pórtico, apenas es ya el primitivo, conservado hasta fines del siglo XIX. El gran relieve asuncionista del cascarón desapareció pronto, en torno a 1900, no así los relieves de la leyenda del santo que se conservaron hasta hace algunas décadas. Las fotografías que presentamos nos muestran el pórtico con numerosos detalles decorativos e iconográficos, que hoy ya no se conservan. Al contemplarlo, no podemos sino recordar las advertencias de los tasadores del conjunto, que hemos visto líneas atrás, cuando advertían sobre el posible deterioro por los agentes atmosféricos y de las consecuencias de no haber tallado todo el conjunto en piedra.


El programa presenta a los santos Pedro y Pablo a los lados del blasón con los atributos episcopales en el primer cuerpo. El segundo cuerpo está presidido por la figura del titular con sendos relieves hoy perdidos y que podemos identificar gracias a fotografías mencionadas.
En el relieve de la calle izquierda se destinó a representar el momento previo a la muerte del santo en su lecho en Logroño, en el instante en que se incorporó y bendijo a sus discípulos. Se puede afirmar que se quiso representar aquellos momentos previos al tránsito de san Gregorio, tal y como lo relata fray Andrés de Salazar en el capítulo decimoséptimo de la biografía del santo, editada en Pamplona, en 1624. Según este autor, recogiendo otros testimonios, aquel pasaje de su vida tuvo lugar en Logroño y con una fiebre muy alta. Fue entonces cuando exhortó a sus discípulos “con dulcísimas y eficacísimas palabras, a que permaneciesen siempre en su santo servicio y en la devoción, y en todos los ejercicios de virtud, y en particular de la caridad, con sumo afecto les dio la bendición paternal”. Tras ello expiró, habiéndose despedido de todos ellos.


El compartimento de la derecha del espectador se reservó a la llegada de la caballería con el ataúd del santo al monte de Piñava, en donde ya había una pequeña iglesia y un ermitaño que, recostado y admirado, asiste a la escena. El padre Andrés de Salazar describe este pasaje así en el capítulo décimo octavo de su obra (1624) cuando afirma: “y lo mismo la tercera vez, que vino a ser cerca de donde está ahora la iglesia y basílica deste gloriosísimo santo, que es en la cumbre y cima de una montaña no muy alta, aunque por algunas partes es fragosa …. Estaba para cuando llegó allí el cuerpo santo fundada ya una ermita o iglesia que se llamaba San Salvador de Piñava … En esta dicha iglesia vivía un varón santísimo haciendo vida eremítica, el cual con la devota gente de la tierra y con los de la bendita familia de San Gregorio pusieron su santísimo cuerpo, sin duda alguna, entre otras innumerables reliquias de santos mártires que allí había .….”.
En el centro del cascarón se ubicaba un gran relieve de la Asunción de la Virgen, visible en la obra de Madrazo, publicada en 1886, si bien ya no aparece en la instantánea del Archivo Mas de 1916. En sus líneas generales seguía el modelo del grupo asuncionista del retablo mayor de Miranda de Arga, obra del mencionado José de San Juan (1700-1704). El tema de la Asunción de la Virgen fue, sin duda, desde mucho tiempo atrás y muy particularmente desde el siglo XVI, uno de los más representados en los retablos, curiosamente, antes de que se declarara dogma de la Iglesia en 1950.


Al igual que en Miranda de Arga, un gran óvalo decorativo enmarca a la imagen de María sedente, llevada a los cielos por numerosos ángeles, de acuerdo con modelos muy repetidos a la luz de las estampas que corrieron con profusión por los talleres de pintores y escultores del momento.
Completaban el programa visual cuatro figuras de difícil identificación por la escasa calidad de las fotos y la pérdida de sus atributos. No se puede precisar si se trataba de ángeles o alegorías, dos en pie a plomo con las columnas exteriores del cascarón y otras dos sedentes, en el mismo lugar, pero sobre las salomónicas interiores.