FOTOS QUE HABLAN (7)

El túmulo de los funerales de don Juan Albizu, párroco de San Saturnino, en 1955

etalle del túmulo erigido en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra
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Detalle del túmulo erigido en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra
etalle del túmulo erigido en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra

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Ricardo Fernández Gracia. Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro. Universidad de Navarra

Publicado el 05/11/2023 a las 05:00

La parroquia de San Cernin de Pamplona y el nombre de quien fuese su párroco a lo largo de veinticinco años son siempre motivo de simbiosis por el celo del sacerdote y las obras de carácter histórico que dejó, unas publicadas y otras manuscritas. En 1955, se levantó en la nave del templo gótico un catafalco o túmulo, quizás el último erigido en una iglesia pamplonesa, en sintonía con una larga y secular tradición, en torno a los lutos y funerales de reyes, obispos y destacados gobernantes. Se puede considerar como el canto del cisne de una cultura intra muros de los templos en torno a los ritos funerarios, en este caso, en Navarra.

LOS CATAFALCOS DE HONDA TRADICIÓN

Catafalco para los funerales del general Sebastián de la Torre en los Dominicos, 1895. Foto Julio Altadill. Fototeca del Archivo General de Navarra.
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Catafalco para los funerales del general Sebastián de la Torre en los Dominicos, 1895. Foto Julio Altadill. Fototeca del Archivo General de Navarra.
Catafalco para los funerales del general Sebastián de la Torre en los Dominicos, 1895. Foto Julio Altadill. Fototeca del Archivo General de Navarra.

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Del protocolo y ritos funerarios en la Edad Moderna, poseemos algunas imágenes que nos hablan de cómo gran parte de los mismos giraban en torno a los enormes catafalcos, que se erigían sobre todo en la catedral de Pamplona y los consabidos lutos rastreros. Conocemos por descripciones, grabados y reconstrucciones algunos de ellos. El levantado para las exequias reales de Felipe II (1598) fue obra del ensamblador Domingo de Bidarte y del pintor Juan de Landa, habiendo intervenido en la elección del modelo el obispo Antonio Zapata, generoso mecenas para varios proyectos catedralicios. El de mayor aparato levantado en Pamplona, por sumar a la arquitectura un buen conjunto de figuras alegóricas, fue sin duda el de Mariana de Austria (1696), diseñado por el ingeniero Hércules Torelli y conocido por haberse realizado por los excelentes grabadores de la corte madrileña Gregorio Fosman y Juan Francisco Leonardo.

Durante el siglo XIX se siguieron levantando aquellos aparatos, obviamente con una estética academicista. Conocemos, a través de un dibujo, uno erigido en Corella en honor de María Amalia de Sajonia en 1829 y varios levantados en la catedral en distintas ocasiones a través de fotografías. En la catedral de Pamplona, el último se estrenó para los funerales de Cánovas del Castillo en agosto de 1897, “sin usar todavía para las exequias de los capitulares”. Constaba de varios pisos y se siguió montando con distintos funerales hasta la Guerra Civil. Poco antes, en 1895, se había levantado uno de espectaculares dimensiones en la iglesia de los Dominicos, entonces aneja al Hospital Militar, con motivo de las exequias del general de División de Estado Mayor Sebastián de la Torre y Villar. Una fotografía tomada por Julio Altadill y conservada en el Archivo General de Navarra da testimonio del magno proyecto.

En pleno siglo XX se siguió levantando el catafalco catedralicio, con cierta frecuencia, especialmente con motivo de los funerales papales, en que se montaba en todas sus posibilidades y alturas. En los dedicados a los funerales de Benedicto XV, en enero de 1922, “el cabildo catedral dispuso que el fúnebre acto resultara de gran suntuosidad, como en efecto fue. Todas las barandas, florones y arañas del templo aparecían cubiertos de paños negros; de los grandes cortinones de damasco rojo del altar mayor, pendían largos lazos de crespón y en el centro de la nave principal se elevaba un soberbio catafalco de cinco cuerpos rematados por un túmulo coronado por la tiara pontifical y rodeado de infinidad de luces y ocho flamígeros de verde llama…. A derecha e izquierda del catafalco estaban los bancos cubiertos de paños negros para las autoridades y representaciones oficiales….” (Diario de Navarra, 1 de febrero de 1922).

Catafalco en la catedral para los funerales de don Jaime de Borbón en 1931. Dibujo de José Alzugaray. Diario de Navarra
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Catafalco en la catedral para los funerales de don Jaime de Borbón en 1931. Dibujo de José Alzugaray. Diario de Navarra
Catafalco en la catedral para los funerales de don Jaime de Borbón en 1931. Dibujo de José Alzugaray. Diario de Navarra

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También se montó en octubre de 1931 para los funerales de don Jaime de Borbón, que conocemos por fotografías y, sobre todo, por el dibujo publicado en Diario de Navarra, el día 20 de octubre de aquel año, realizado por José Alzugaray, glosado por Eladio Esparza como “finísimo obsequio” y descrito así: “Llamó la atención especialmente el suntuoso catafalco que se había dispuesto en el centro de la iglesia. Era de proporciones verdaderamente gigantescas: primero una gran plataforma que ocupaba el centro de los dos púlpitos, hasta cerca del presbiterio, con el que comunicaba por amplia escalinata. Sobre la plataforma, el túmulo de cuatro cuerpos, terminando con los atributos del egregio finado: uniforme, sable de oro y boina con borla de oro”.

DON JUAN ALBIZU Y SU TÚMULO DE 1955

Don Juan Albizu (Grocin, 1876 - Pamplona, 1955) realizó sus estudios en el Seminario de Pamplona, en la Universidad de Zaragoza y en Roma, en donde obtuvo el doctorado. Fue párroco de Azcona, San Pedro de Olite y San Saturnino de Pamplona. Colaboró en varias publicaciones navarras y españolas como Príncipe de Viana, Anuario Eclesiástico, La Hormiga de Oro, … etc. Sus méritos le valieron la concesión de la distinción de prelado doméstico de Su Santidad.

A su celo pastoral, se debieron el regalo de un sobresaliente terno con motivo de sus bodas de oro sacerdotales y sus investigaciones y publicaciones históricas sobre la parroquia, modélicas en su tiempo, ricas en datos, y fruto de un alto esfuerzo y capacitación. Entre ellas destacan la monografía sobre el templo 'San Cernin. Reseña histórico artística de la iglesia parroquial de San Saturnino de Pamplona', (1930); el 'Catálogo General del Archivo de la Parroquia de San Saturnino de Pamplona', (1950); la relación de sus párrocos (1945), junto a diversos estudios en la 'Revista Príncipe de Viana'. Todas estas obras son buen ejemplo de un hombre profundamente interesado por la reconstrucción del pasado en un contexto que tenía su protagonista en el burgo medieval de San Cernin. El archivo parroquial conserva interesantísimos estudios, aún inéditos suyos, como una relación de fiestas anuales.

Con motivo de sus Bodas de Oro sacerdotales se le tributó un homenaje y él, evocando ejemplos de tiempos pasados, en el mejor sentido de la expresión, encargó una obra importante para el ajuar de su querida parroquia: un terno que se conserva íntegro en la sacristía del templo. Entre los precedentes estaba el regalo del que fuera párroco en el siglo XIX, don Melchor Irisarri, que ofreció a la parroquia con motivo de sus bodas de oro sacerdotales en 1868 un terno de tisú de plata.

Túmulo levantado en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra
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Túmulo levantado en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra
Túmulo levantado en la parroquia de San Saturnino para los funerales de su párroco don Juan Albizu, en 1955. Foto Galle. Fototeca del Archivo General de Navarra

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La instantánea de sus exequias nos muestra un sencillo túmulo escalonado, erigido en marzo de 1955, para unos funerales que la prensa calificó como “solemnísimos. Se llenó el templo de fieles”, con la asistencia de numerosos sacerdotes, autoridades de la diócesis, de la ciudad y responsables de asociaciones religiosas. Una capilla de música con tiples de la Schola Cantorum del seminario interpretó la secuencia de Casimiri y la misa de Aramburu, bajo la dirección de don Domingo Galarregui y el acompañamiento al órgano de don Domingo Larrea. Asimismo, la crónica periodística refiere que “se alzó un severo catafalco con los atributos sacerdotales”.

Constaba de dos pisos y el simulacro del féretro con la casulla, la estola y el bonete propio de la dignidad del difunto. El primer cuerpo, con seis candeleros alrededor, estaba vestido de terciopelo negro y se adornaba con franja de tela del mismo color y galones. El segundo decreciente y con decoración más sencilla, también estaba forrado de negro con sencillo galón y ocho velas alrededor de la caja mortuoria. A los cuatro lados se dispusieron cuatro hacheros de madera y en la parte que daba al altar otros dos más pequeños. A los dos lados de la nave central, bajo el túmulo, se colocaron bancos a dos coros para familiares, clérigos y religiosos.

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