Magüi Mira, actriz: “En esta Molly Bloom hay mucho más humor, sarcasmo y crudeza”
La veterana actriz valenciana, que visitó el Teatro Gayarre en 1980 para encarnar a la mítica Molly Bloom del ‘Ulises’ de Joyce, regresa este domingo con una nueva versión que codirige e interpreta a sus 79 años


Publicado el 13/10/2023 a las 05:00
Todas las mujeres somos la misma mujer. “Esa frase me la dijo mi madre una semana antes de morir y es lo que me ha impulsado a hacer esta Molly con 80 años. Creo que este texto de Joyce refleja la esencia la mujer”, explica la actriz y directora teatral Magüi Mira (Valencia, 1944). En sus tiempos de alumna del Institut del Teatre de Barcelona, debutó en los escenarios con el mítico personaje del 'Ulises' de James Joyce, en una interpretación que fue definida por la crítica como “procaz y perturbadora”. Cuarenta años después de abordar este monólogo donde el pensamiento de Molly vuela hasta sus más íntimos deseos, Magüi Mira volverá este domingo al Teatro Gayarre (a las 19:00 horas) con una nueva versión que ha codirigido junto a Marta Torres.
Han pasado 43 años desde que el público del Gayarre le vio interpretar a Molly por primera vez. ¿Qué recuerda de aquella función?
Yo estaba en el escenario, durmiendo en una cama con los ojos cerrados. Recuerdo el susto que me llevé cuando abrí un ojo y me encontré el teatro totalmente lleno. Fue un shock emocional que no olvidaré nunca, porque el Gayarre fue el primer gran teatro en el que yo representé a la Molly. Recuerdo que había un porcentaje muy grande de universitarios que sabían quién era Joyce. Entonces me di cuenta del suelo cultural tan grande que hay en Pamplona. Era la primerísima vez que este último capítulo del 'Ulises' de Joyce se llevaba a escena.
Entonces usted era alumna del Institut del Teatre de Barcelona. ¿Sentía que estaba interpretando un texto muy osado?
El texto se escribió en 1914 pero se publicó en París en 1920, gracias a una librera norteamericana. En Estados Unidos no lo publicaron debido a la censura. Claro que yo sabía que era un texto osado, porque no hay nada más transgresor que llevar a la boca un pensamiento completamente libre, sin filtros y sin mordaza. Hay determinados pensamientos que nos los llevamos a la tumba porque nunca jamás los transmitimos. Cuando interpreté a Molly hace cuarenta años, en España estábamos saliendo de una dictadura muy cruel y el texto estaba un poquito maquillado. Había cosas que entonces yo no las decía con toda su crudeza, pero ahora sí, las digo tal y como las escribió Joyce.
Aquella Molly llegó a Latinoamérica y también hasta China...
Sí, hice la función con subtítulos en Shanghái y en Pekín, y en otros sitios que ahora mismo no te sabría ni pronunciar. Fíjate, los chinos también querían saber quién era Joyce.
Después de cuatro décadas, ¿qué le sigue conmoviendo de Molly?
Por ejemplo, cuando Molly habla de su relación con el sexo, ella quiere ser sujeto, no objeto. Ella dice: “Eh, ahora me toca a mí y me lo vas a hacer como yo quiera y como yo diga”. Molly es perfectamente consciente de que está en un lugar injusto: en el sexo, en lo profesional... Ella quiere tener acceso al conocimiento y no quiere estar subordinada económicamente a un hombre. Molly se planteaba todo esto hace cien años... Es algo que me llena de ternura y a la vez de energía para seguir avanzando, porque ves que todas esas cosas que dice Molly siguen ocurriendo. En nuestro país, durante la posguerra, las mujeres no teníamos voz ni voto. Solo teníamos que cuidar, dar de comer... Éramos prácticamente esclavas.
¿Cómo ha cambiado su visión del personaje de Molly?
Ahora tengo mucha más conciencia de lo que significa ser mujer en este mundo. Antes yo era una actriz muy joven que surfeaba por el texto de Joyce. No era consciente del calado de lo que yo estaba diciendo. El público que se acerque ahora a ver la función se va a sorprender: lo que digo ahora es mucho más escandaloso. Cuando Joyce escribió este texto, las mujeres fingían orgasmos y hoy lo seguimos haciendo para mantener a un macho a nuestro lado, porque creemos que el poder lo tienen ellos.
Esa cama que ya le acompañaba hace cuarenta años en el escenario, ¿qué representa?
Para empezar, te diré que es la misma cama que estuvo hace 43 años en el Gayarre. La guardé en un desván, en la casita de un pueblo (se ríe). Ahora he dejado esa cama desnuda, solo con los barrotes de hierro. Para mí esa cama potencia la soledad que siente Molly, porque ella no puede trabajar, viajar ni salir, y está todo el día ahí metida. Molly dice: “No sé si estoy en una prisión o en un manicomio”. Y en este mismo momento, hay muchísimas mujeres que están sufriendo esa misma situación.
Como actriz, ¿qué puede aportarle ahora a este monólogo?
Ahora tengo mucha más capacidad de transmitir ese texto con las emociones, el humor y el amor que yo le pongo. En esta dramaturgia que hemos creado entre Marta Torres y yo hay mucho más humor, sarcasmo y crudeza. Y menos mal que no digo todas las palabras del monólogo, porque el texto original es de 24.000 palabras. ¡Si las digo todas, tendríamos que llamar al Samur!
El texto que usted interpreta tiene 7.400 palabras, sin puntos ni comas. ¿Sigue siendo un reto?
Es un pensamiento inconexo y desordenado, es como el pensamiento que te ataca cuando estás en duermevela. Me da pánico perderme en ese texto. Cada vez que tengo que interpretarlo, me encierro. Por ejemplo, a mí Pamplona es una ciudad que me chifla, pero con este texto me tengo que aislar. Llego de víspera y estoy encerrada el sábado por la tarde y todo el domingo, hasta que llega la hora de la función. Además, las cosas que ocurren en la vida real a mí me afectan a la hora de decir el texto.
Por ejemplo, cuando Molly habla de la guerra...
Sí. Yo ahora no digo este texto igual que hace un mes. Con el tema de la guerra, Molly se pregunta lo siguiente: “Si todas las guerras terminan, ¿por qué no firman la paz al principio?”. Cuando entro en el bloque de la guerra, la gente se sobrecoge al igual que me sobrecojo yo. Viendo lo que está pasando hoy en día, yo me pregunto: “¿Por qué tanta parafernalia, tanto diplomático, los dinerales, los viajes, que si la ONU... Todo eso, ¿para qué sirve?”. No me cabe en la cabeza que la guerra sea algo que siga pasando hoy en día.
¿Cuánto viaje le queda por delante con Molly?
De momento voy a llegar hasta abril del año que viene, y después me meteré con otro proyecto que estoy preparando como directora. Espero tener esa inspiración y acertar, porque yo quiero seguir trabajando.
Ha llevado a escena más de 70 espectáculos, alternando interpretación y dirección. Su último montaje, ‘Salomé’, ha sido un éxito.
Todavía estoy abrumada. Estuvimos en el Festival de Teatro de Mérida y en diez días nos vieron 30.000 personas. Sientes el privilegio de poder contar una historia, de formar un equipo y de contar con la producción de Jesús Cimarro, a quien nunca se lo agradeceré bastante. He tenido a veinte actorazos en escena, aparte del equipo artístico con el que yo siempre trabajo. Además, Salomé era una propuesta muy particular y transgresora.
Esa palabra, transgresión, ¿podría servir para resumir su trayectoria?
Sí. A lo mejor aquella osadía de Molly fue la que me marcó el corazón, esa libertad con la que escribió Joyce. Tienes mucha razón, creo que el impulso que me ha guiado está relacionado con mis inicios con Joyce. Creo que el arte es mágico y sanador porque precisamente se cuece en la libertad.

