Cinco jóvenes vinculados a Navarra que buscan su hueco en la industria el cine y el teatro

Miren Uriarte Crespo, Patricia García Ramos, Laura Gallardo Saiz, Dani Vitallé Cuartero y Alex Garrido Zalba han abierto una grieta en la 'cuarta pared': “Es una profesión en la que recibes todo el rato noes”

De izquierda a derecha, Miren Uriarte Crespo, Patricia García Ramos, Alex Garrido Zalba, Laura Gallardo Saiz y Dani Vitallé Cuartero
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De izquierda a derecha, Miren Uriarte Crespo, Patricia García Ramos, Alex Garrido Zalba, Laura Gallardo Saiz y Dani Vitallé Cuartero
De izquierda a derecha, Miren Uriarte Crespo, Patricia García Ramos, Alex Garrido Zalba, Laura Gallardo Saiz y Dani Vitallé Cuartero

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Asier Aldea Esnaola

Publicado el 04/09/2023 a las 06:00

Hay un muro físico e imaginario que separa al espectador de los actores que observa detrás de una pantalla o a escasos metros en un escenario de teatro, la llamada cuarta pared, un concepto extendido dentro del mundo del cine, teatro y televisión. 

Se trata de una frontera que suele permanecer intacta pero que en ocasiones algunos directores y actores se han atrevido a cruzar para interactuar con el público y hacerle partícipe, de ahí otro concepto: romper la cuarta pared. 

De cierta forma, aquellos jóvenes que desean dejar de ser espectadores de una película y pasar al otro lado de la pantalla se encuentran con una pared difícil de romper, ya sea como director, guionista o actor. 

En 2016 la Fundación AIGE publicó su último estudio hasta la fecha sobre la situación sociolaboral de actores y bailarines en España, en el que se ponía de manifiesto lo gruesa que es esta pared: solo el 8,17% de los actores españoles viven de su profesión,

Sin embargo, cada año miles de jóvenes se plantan frente a la pared. Miren Uriarte Crespo, Patricia García Ramos, Laura Gallardo Saiz, Dani Vitallé Cuartero y Alex Garrido Zalba han abierto una grieta.

ESE "TEATRO MÁGICO"

“Ojalá”, sonríe Miren Uriarte mientras mira la fachada del Gayarre. Esta joven navarra de 23 años sueña con interpretar algún día en este “teatro mágico”. Su pasión por la actuación nació con ella y creció en el salón de su casa. 

Ponía a sus padres en el sofá y junto con su hermana representaban la última película que habían visto. A pesar del tiempo y los nuevos escenarios en los que ha puesto pie desde entonces, cada vez que actúa regresa a ese espacio de la infancia. 

Siempre fue la “actriz de la clase” y participó en el grupo de teatro de la Ikastola San Fermín. Como todos los protagonistas de esta historia, se graduó el año pasado en la Universidad de Navarra, en su caso en Comunicación Audiovisual con Artes Escénicas. 

Terminada la carrera, puso rumbo a Madrid, el punto neurálgico de la industria del cine, para profundizar en sus estudios como actriz de la mano de la Escuela Universitaria de Artes TAI . 

Cerraba el telón de una escena muy importante de su vida, tras cuatro años formando parte de la compañía de la UNAV Mutis por el Foro y varios proyectos propios que llevó a cabo con los amigos que hizo durante la universidad, los mismos que aparecen en este reportaje y con los que se ha ido a la capital; un lugar atiborrado de actores que buscan su oportunidad.

Esto genera la sensación de que no se puede hacer feos a ningún proyecto. “Dices que sí a todo, desde cortos de estudiantes hasta videoclips. No te permites parar. No sabes dónde va a estar tu gran oportunidad”, explica. 

Uriarte no se permite alejarse por mucho tiempo de Madrid, donde los avisos de que hay una prueba son de un día para otro en muchas ocasiones. Tampoco el dinero se garantiza, a veces ni siquiera el buen trato.

 “Cuando te llaman de un proyecto tienes un subidón de autoestima, pero baja en picado cuando a ves que nadie se acuerda de que llevas cinco horas esperando a que monten un set en un trabajo que no te están pagando”, cuenta. 

Pero encaja los golpes con deportividad: “Pienso que es como cualquier profesión. Al principio te toca hacer trabajos que no te gustan para ir subiendo”. El camino requiere de entereza, sobre todo mental. 

“Es una profesión en la que recibes todo el rato noes. Además, cuando te rechazan generalmente está vinculado a tu persona. En otro tipo de trabajo quizá no te cojan por tu experiencia o por otras razones, pero aquí te seleccionan o no por tu físico”.

A pesar de los inconvenientes que trae esta profesión, este año ha sido una escuela intensiva para afinar sus habilidades de actuación y vuelve a Pamplona durante un par de días con representante y un papel en una obra de teatro, esta vez, sí, cobrando. 

Su estancia en Madrid no le ha separado más que en lo físico de Navarra. “Tomé la decisión de que quería una representante navarra para no perder contacto con el cine de mi tierra. Mi primer proyecto importante será aquí”, augura. 

“Sentiría más la sensación de éxito interpretando en el Gayarre que quizá en una superproducción. Es hacer lo que amas en tu casa”. Quizá Uriarte pueda añadir un truco nuevo a ese teatro mágico.

EL GRAN ZOÓTROPO 

Si su vida en Madrid fuese un cortometraje, Patricia García la titularía ‘El gran zoótropo’, como metáfora de su “trabajo por evolucionar y crecer en el cine”. Se crió en un ambiente rodeado de películas. 

El cine forma parte de su vida desde que “tengo memoria”. Desde muy pequeña, García quería conocer los entresijos de las escenas que veía, cómo lograba el actor transformarse, a quién se le había ocurrido vestirle de esa manera y tantas preguntas más. 

Todas estas dudas le acercaron pronto a la certeza de que su trabajo estaba en el cine. Para lograrlo, estudió Comunicación Audiovisual, lo que le ayudó a atinar el tiro y concretar sectores de la industria. 

“Me veo más decidida a estudiar dirección de arte, pero también me gusta mucho el guion y hacer mis propias películas”, asegura. Cortometrajes como Estanli o Prefiero el Mimosa, que se encuentra en distribución, ya llevan su nombre. 

Acaban de aceptarla en la TAI, pero viajó a Madrid, a diferencia del resto del grupo, sin un máster como garantía hasta este momento. “Iba a ir a estudiar, pero al final no pudo ser. Aun así quería empezar a familiarizarme ya con la ciudad y buscar trabajo en el sector”, explica. 

Ha sido un año sin demasiada suerte, pero pudo participar en los trabajos fin de máster de Garrido y Gallardo.

Garrido y Gallardo durante una escena con Imanol Iraizoz (cámara)
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Garrido y Gallardo durante una escena con Imanol Iraizoz (cámara)CEDIDA
Garrido y Gallardo durante una escena con Imanol Iraizoz (cámara)

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En su círculo cercano ve ejemplos como Garrido, quien ha supuesto un impulso para emprender iniciativas desde que se conocieron en la carrera. “Es un modelo a seguir. Aprendes con gente así”, comparte. 

Compró un equipo de grabación con él, que ha resultado una oportunidad para ampliar el rango de trabajo. “No es solo para nuestros cortometrajes, sino también para meternos en el negocio de videoclips o eventos”, dice. 

De esta manera, poco a poco ahorran dinero que invierten en nuevos trabajos propios. “Nosotros vamos a seguir haciendo proyectos originales”, afirma con confianza.

EL MOTIVO 

Vitallé ha pisado desde los seis años un escenario, aunque no siempre como actor, de hecho, durante casi dos décadas lo ha hecho como músico del Orfeón pamplonés.

Aquella experiencia resultó el primer reto de desenvolverse en un escenario, un pistoletazo de salida para un niño que no sabía lo que era estar quieto. 

Veía películas y fantaseaba con ese deseo que se mantiene intacto hasta el día de hoy. “Quería hacer sentir lo que sentía viendo películas, ser el motivo por el que la gente disfrutase”, comparte. 

Su madre cultivó y acompañó a Vitallé durante todo este camino que cada vez tenía más metros por recorrer. 

Cursó el bachillerato de Artes escénicas, música y danza en IES Plaza de la Cruz, donde vivió la confirmación de sus aspiraciones gracias a la obra Marilyn, su alma en un musical. 

Sus padres le convencieron para que no se precipitase yéndose a Madrid tras el bachillerato y cursó Comunicación Audiovisual para no poner todos los huevos en la misma cesta .

En tercer año de carrera vivió otros dos momentos claves, su primer trabajo personal, la obra de A puerta de cerrada, de Sartre, que codirigió con Uriarte y su participación en la serie de Netflix Tú no eres especial.

Comenzó a trabajar a los 18 años todos los fines de semana en una empresa de grúas, en la que estuvo durante los cuatro años de carrera, y en otra de fundición en un verano. Todos esto enfocado para ese viaje inminente a Madrid. 

Ya en la capital, compagina castings con su trabajo como camarero. A pesar del contexto “complicado y frustrante”, ha dado un paso más tras estar “pico pala todos los días”: una película de la directora Andrea Jaurrieta, en la que forma parte del reparto, otro “pequeño trofeito para la estantería”. 

Se desconoce cuándo saldrá la película, pero antes o después este joven actor podrá ir a los cines Golem en Pamplona y se verá en la gran pantalla, quizá sea él ahora ese motivo por el que alguien disfrute.

HORAS PARA SEGUNDOS

“Tengo la suerte de que todos mis compañeros me siguen con mi idea hasta el final”, cuenta Garrido. Fruto de ese apoyo, él y Gallardo han abierto al público su último cortometraje, Dios. 

La pareja trabaja en lo que le apasiona y también acaba de graduarse de un máster en la TAI y seguirán al menos un año en Madrid y trabajar en otros proyectos además de los suyos, por ejemplo, Gallardo actuará en una obra de teatro próximamente. 

Garrido ya acumula varios cortos a sus espaldas, como Absurdo o El amor a los 20 años, iniciativas que se acaban convirtiendo en el “proyectos de todos”, con Garrido y Gallardo repartidos en las tareas creativas y de organización. 

“Hemos ganado mucha experiencia y rodamos ya mejor y sabemos en qué invertir bien el dinero”, asegura Gallardo.

La producción de rodajes de bajo presupuestos (que lo justo llegan a 200 euros en ocasiones) les obliga a ingeniárselas para sacar adelante un producto de calidad. Todo “por amor al arte”, como explica Gallardo, ya que se pierde dinero. 

No requieren de demasiado personal, lo justo tres personas más, para producir los cortos. “Ninguno de los cinco somos los mejores, pero estamos dispuestos a perder un montón de cosas por hacer una película. Ni mi madre lo entiende”, sonríe.

 A falta de dinero, le sobran anécdotas. Viajes de horas para grabar escenas que duran segundos, buscando por cualquier lado una puerta y pintarla hasta cinco veces o colocar una cámara de 4.000 euros en el capó de un coche a 90 kilómetros por hora atada con cintas aislantes para grabar un plano. ¿Merece la pena? Ellos lo tienen claro. “Sí”, aseguran ambos.

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