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Navarros que dejaron huella (11)

Agustín de Jáuregui, gobernante de Chile y Perú

Agustín de Jáuregui fue un baztanés que, después de haber desarrollado una carrera militar en Europa y América, se encargó de gobernar Chile y Perú en los últimos 12 años de su vida

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Palacio Jaureguía de Lecaroz
  • Luis Javier Fortún
Publicado el 09/01/2023 a las 06:00
Cuando se trata de imperios, los herederos de quienes los protagonizaron o se beneficiaron de ellos suelen mirar para otro lado, máxime cuando en la actualidad se denigran sus defectos -que siempre existen en los imperios- y se olvidan sus beneficios. Se procura eludir culpas, atribuyéndolas exclusivamente entes políticos: la monarquía, la administración, el ejército, etc. Se olvida que los imperios estuvieron gestionados por sociedades y por personas que, de forma colectiva e individual, se involucraron en ellos. Por eso, al hablar de ilustres navarros que ocuparon altos cargos la América colonial española, conviene no perder de vista que lo hicieron como españoles totalmente identificados con la Monarquía hispánica y su Imperio. Uno de esos personajes fue Agustín de Jáuregui y Aldecoa, baztanés y oficial del ejército español, que ya en la madurez de su vida fue destinado a cargos de gobierno en América.
UN MIEMBRO DE LA NOBLEZA MEDIA NAVARRA
Aun cuando jurídicamente la nobleza era un todo, pues los mismos preceptos jurídicos obligaban a todos sus miembros y marcaban sus derechos y privilegios, la realidad material y social marcaba grandes diferencias entre tres escalones nobiliarios. En Navarra, la alta nobleza estaba restringida a los poseedores de un título nobiliario, que a finales del siglo XVIII se resumía en una cuarentena de familias, y por extensión a quienes poseían un asiento hereditario en las Cortes de Navarra dentro del brazo de la nobleza. Un segundo escalón lo formaba la nobleza media, en la que se integraban los dueños de palacios de cabo de armería, los señores de pechas y los remisionados, nobles que estaban exentos de impuestos por su obligación de servir militarmente en caso de invasión del reino. El tercer escalón lo componían los simples hidalgos, que a finales del siglo XVIII suponían un 25 % de la población navarra. Entre estos, los que obtenían ejecutoria de hidalguía y construían una casa o palacio en la que fijaban sus escudos de armas, evidenciaban su deseo de ascender a la nobleza media. En bastantes casos la alta nobleza fue desvinculándose del reino y con frecuencia no residía en él. Por eso, desde el siglo XVII la nobleza media asumió, de hecho, la dirección de la sociedad navarra y de sus instituciones, obteniendo con frecuencia asientos en Cortes.
Este esquema, sin duda matizable, sirve de pórtico para situar el entorno social de Agustín de Jáuregui, que era la nobleza media. Nacido el 17 de mayo de 1711 en Lecároz (Baztan), era hijo de Matías de Jáuregui, dueño del palacio de Jaureguía en el barrio de Oharriz. Tanto él como su abuelo Pedro habían sido alcaldes y capitanes a guerra del valle de Baztán. Su madre, Juana de Aldecoa y Datúe, era hija del palaciano de Datúe, en Elizondo. Las abuelas provenían, respectivamente, de los palacios de Apeztegui en Errazu y de Arrechea en Maya. Por sus cuatro costados pertenecía a la élite rectora del valle de Baztán. Los cuatro apellidos (Jáuregui, Aldecoa-Datúe, Apeztegui y Arrechea-Borda) se ensamblaron y reajustaron en el escudo personal que Agustín de Jáuregui utilizó como virrey.
CARRERA MILITAR
Pertrechado de su condición nobiliaria y forzado por la realidad de no ser el hijo primogénito, la carrera militar era una opción factible y ventajosa para Agustín de Jáuregui. La condición de noble permitía hacer carrera como oficial del ejército español, que precisamente en la primera mitad del siglo XVIII se configura definitivamente como una realidad permanente, organizado en regimientos y dirigido por un cuerpo estable de oficiales. Se ignora cuándo sentó plaza en el ejército, pero con apenas 21 años se distinguió en la reconquista de dos plazas en Argelia, Mazalquivir y Orán (1732). El valor heroico demostrado quizás explica su rápido ascenso a capitán. Cuando apenas contaba 25 años, en 1736, ya era capitán del regimiento de dragones (caballería) de Almansa. Ese mismo año consiguió demostrar su nobleza por los cuatro costados y obtuvo un hábito de caballero de la Orden de Santiago.
Sus destinos militares durante más de tres décadas oscilaron entre España y América, aunque no es fácil desentrañar su itinerario. En 1742 era teniente coronel del regimiento de Almansa y partió de Pasajes en una expedición de apoyo a Cartagena de Indias y otros territorios españoles de las Antillas, amenazados por la flota inglesa del almirante Vernon. La travesía fue accidentada. Poco antes de llegar a Puerto Rico sostuvieron un combate con barcos ingleses, en el que Jáuregui volvió a destacar por su bravura y dotes de mando. En el posterior trayecto a Cuba (verano de 1742) el coronel del regimiento de Almansa fue apresado por los ingleses y Jáuregui se convirtió en comandante interino del regimiento. Distribuyó las tropas que traía entre las guarniciones de Cuba y durante varios años ocupó diversos cargos militares, especialmente en La Habana.
Allí se encontró con un navarro enriquecido, Martín de Arostegui, natural de Aranaz, que en 1740 había fundado la Real Compañía de La Habana. La relación amistosa y comercial se convirtió en familiar cuando en 1747 Agustín de Jáuregui se casó con una hija del comerciante, María Luisa de Aróstegui y Basabe, que a lo largo de dos décadas fue la madre de sus siete hijos.
En 1749 Jáuregui y el regimiento de Almansa regresaron a España. En 1752 residía en Madrid. Pasó al regimiento de dragones de Sagunto, acuartelado durante un tiempo en Villafranca del Penedés, donde nació su segundo hijo, Tomás (1754). Le había precedido una hija, María Josefa, y le siguió otra, Fermina. Durante varios años su pista se pierde y es posible que realizara una segunda estancia en América.
En 1762, como coronel del regimiento de dragones de Sagunto participó en la guerra contra Portugal y destacó en la toma de Almeida. Fue ascendido a brigadier y con su regimiento se afincó en Pamplona, donde nacieron sus últimos cuatro hijos: María Francisca Inés (1764), Francisco Xavier (1765), Manuel Francisco (1767) y María Vicenta (1769).
Retrato de Agustín de Jáuregui como virrey en el Museo Histórico de Lima
Retrato de Agustín de Jáuregui como virrey en el Museo Histórico de Lima
CAPITÁN GENERAL DE CHILE (1773-1780)
El ascenso de Jáuregui a mariscal de campo precipitó un giro espacial y funcional a su vida: de España se trasladó a América y, sin dejar de ser militar, pasó a desempeñar importantes cargos de gobierno. Las ganancias territoriales obtenidas por los ingleses en América del Norte después de su victoria en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) les habían envalentonado y acosaban las posesiones españolas. Carlos III creyó necesario reforzar la defensa de los dominios españoles y para ello nombró a tres militares prestigiosos. Dos eran los navarros Manuel de Guirior como virrey de Nueva Granada y Agustín de Jáuregui como capitán general de Chile (25 de junio de 1772). Un mejicano, pero hijo de navarros, Juan José de Vértiz, les había precedido como gobernador de Buenos Aires (1770). El viaje hasta el destino y su preparación exigían tiempo, por lo que la toma de posesión del cargo se retrasaba varios meses o incluso un año. En el caso de Jáuregui pasaron ocho meses hasta que llegó a Santiago y tomó posesión del cargo de capitán general de Chile (3 marzo 1773).
Apenas tres meses después de su llegada promulgó el “Bando de buen gobierno” para mejorar el orden público y la seguridad en Santiago. En él impuso elevados castigos y penas severas para alborotadores y delincuentes, incluidos trabajos en obras públicas. El orden público fue un empeño permanente y por ello corrigió comportamientos de sepultureros, ladrones y pendencieros, o creó un carretón para recoger borrachos de la vía pública, que estuvo en vigor hasta bien entrado el siglo XIX.
Su bondad natural y su religiosidad sincera le hicieron preocuparse por la moralidad de costumbres y el amparo de los grupos más débiles de la población. Apoyó la actuación del corregidor Luis de Zañartu, un hidalgo de Oñate que combatió al hampa durante dos décadas, pero también promovió la erección de hospitales y albergues. En 1778 Jauregui aprobó una humanitaria Instrucción para el gobierno de la cárcel de Santiago. Al año siguiente, cuando se expandió una peste o calentura que mataba a los contagiados en tres días, juntó los recursos de la administración, la diócesis, los bienes de los expulsados jesuitas y las donaciones privadas para erigir dos hospitales de campaña, uno para hombres y otro para mujeres, donde se atendió a más de 4.000 personas durante los cinco meses que duró la epidemia.
Promovió la creación de la una academia de jurisprudencia, que recibió el nombre de Academia Carolina (1778). Reguló la actividad de los médicos y les dotó de una adecuada remuneración, mediante un arancel que ponía precio fijo a sus servicios y que estuvo en vigor durante más de una centuria, hasta finales del siglo XIX. Prohibió arrojar basuras en la Cañada que atravesaba la ciudad y promovió el empedrado de las calles.
Más que un político genial, fue un administrador honrado y pundonoroso. Aprovechando las medidas liberalizadoras del comercio promulgadas por Carlos III (1776), alentó las exportaciones agrícolas y pesqueras a los virreinatos de Perú y Buenos Aires. Acometió el primer censo o empadronamiento general de Chile, que, aunque no se completó, permitió conocer que el territorio disponía de un mínimo de 250.000 personas. Reorganizó y fijó las plantillas del ejército y las milicias destinadas a labores de policía.
Su política con los indios araucanos estuvo basada en el diálogo más que en el uso de la fuerza. Estableció que cuatro caciques residieran permanentemente en Santiago como representantes de los araucanos. En el “parlamento de Tapihue” llegó a un acuerdo con casi 300 caciques o jefes indios para evitar sus correrías y saqueos, a cambio de mantener los embajadores en Santiago y de crear un “colegio de naturales” donde se formaban hasta 24 indios.
VIRREY INTERINO DE PERÚ (1780-1784)
Las intrigas del visitador Areche, un rígido fiscal bilbaíno, lograron la destitución del navarro Manuel de Guirior como virrey del Perú. El acierto con que Agustín de Jáuregui había desempeñado el cargo de capitán general de Chile y la valiosa experiencia adquirida en él hicieron que Carlos III no dudara en nombrarle como sucesor (10 de enero de 1780). Además, España había entrado en guerra con Inglaterra para apoyar la independencia de Estados Unidos (1779) y las flotas inglesas amenazaban toda la costa del Pacífico. Era conveniente designar un militar de valor y capacidad probadas como Jáuregui, aunque tuviera 68 años. El nombramiento era complicado, porque recibió el mando político y militar, pero Areche se reservó el control de la hacienda y los suministros del ejército. La rivalidad estaba servida y se incrementó por los celos que suscitaba la habilidad de Jáuregui para atraerse a las élites limeñas, enfrentadas con Areche. Tomó posesión el 20 de julio de 1780. Fue ascendido a teniente general de los reales ejércitos.
Jáuregui procuró ampliar con mercantes y buques adaptados la débil escuadra del Pacífico, reforzó las defensas de El Callao y Concepción con construcciones y artillería, reformó las milicias con ayuda de su hijo Tomás, que ya era teniente coronel, reactivó la fundición de cañones y la fabricación de pólvora, etc. Por lo menos consiguió evitar ataques ingleses hasta la firma de la paz de Versalles (1783).
Mayor problema era el doble descontento reinante en Perú contra la administración española. Los criollos, descendientes de españoles pero nacidos en América, se quejaban de falta de promoción a los puestos más importantes, constantemente proveídos en españoles llegados de la Península. Los indios se quejaban de los impuestos que cobraban los corregidores y del peso de la mita, el trabajo indiano en las minas reales. La rebelión india estalló el 4 de noviembre de 1780, dirigida por José Gabriel Condorcanqui, un cacique de las cercanías de Cuzco, que apresó y luego ahorcó al corregidor Antonio de Arriaga. Afirmó ser descendiente del último inca Tupac Amaru y con el nombre de Tupac Amaru II se proclamó inca y se lanzó a una rebelión general, para “destruir a los europeos”.
Aunque inicialmente venció a las fuerzas realistas, no se atrevió a tomar Cuzco, la antigua capital inca, y prefirió extender la revolución a tierras de la actual Bolivia e incluso cerca de Argentina. Cuando a principios de enero Tupac Amaru intentó tomar Cuzco, la plaza había sido reforzada por algunos contingentes y resistió el ataque (8 de enero de 1781). Dos días después Tupac Amaru se retiró. Dos meses más tarde un ejército de 17.000 hombres (12.000 de ellos indios), dirigido por Areche, salió de Cuzco para perseguir a Tupac Amaru. Tras violentos combates, apresaron a Tupac Amaru y le llevaron a Cuzco. Se procesó a numerosas personas, pero sólo nueve fueron condenadas a muerte: Tupac Amaru y sus más estrictos familiares y colaboradores. Fueron ajusticiados en la plaza de Cuzco (18 de mayo de 1781) y Tupac Amaru descuartizado. Otros acusados sufrieron penas de prisión y destierro. El virrey Jáuregui confirmó con posterioridad la sentencia, pero procuró suavizarla en algunos puntos, manifestó su pesar e incidió en la conveniencia de una política de diálogo similar a la que él había puesto en marcha en Chile.
La ejecución de Tupac Amaru sólo logró extender la revuelta indígena por varios puntos del Perú, ahora dirigida por Diego Cristobal Tupac Amaru. El virrey Jáuregui redobló los esfuerzos y en pro de la pacificación proclamó un indulto general, del que no se excluyó ni a los que tenían delitos de sangre (13 de septiembre de 1781). Tras intensas negociaciones y el ofrecimiento de garantías, se logró que Diego Cristóbal se apartara de la rebelión y reconociera la soberanía del rey de España, además de recibir una pensión de 1.000 pesos mensuales (27 de enero de 1782). El visitador Areche se mostró contrario a estas medidas de gracia. Diego Cristóbal se volvió a rebelar y fue ajusticiado junto con 18 colaboradores (19 de julio de 1783).
EPÍLOGO
Las intrigas del visitador Areche hallaron apoyo en José de Galvez, secretario de Indias (equivalente a ministro) en la corte de Madrid. Además, el Elogio de Jáuregui elaborado por el criollo José Baquijano para recibirle como vicepatrono de la Universidad de San Carlos de Lima (27 de agosto de 1781) debilitó la posición de Jáuregui. Baquijano hacía una amplia crítica del sistema colonial, que irritó en la Corte y provocó el secuestro de la edición.
El rey nombró virrey de Perú al teniente general Teodoro de Croix, que tomó posesión de su cargo el 4 de abril de 1784. Cuando semanas después Agustín de Jáuregui estaba redactando su “Relación de mando”, le sobrevino rápidamente la muerte (29 de abril de 1784). Sus bienes fueron secuestrados por la Corona y no se liberaron hasta abril de 1785. La viuda y su familia tuvieron que recurrir al crédito y gastar en procuradores. Por ello, la suma de 1.847.000 reales en moneda se vio reducida, una vez pagadas las deudas y préstamos, a 1.075.000 reales. En atención a los “dilatados méritos de su marido”, en 1787 Carlos III concedió a María Luisa de Aróstegui una única ayuda de 20.000 pesos (equivalentes a 160.000 reales), que era la mitad del sueldo anual de un virrey.
En el juicio de residencia, concluido el 11 de diciembre de 1789, el Consejo de Indias declaró que Agustín de Jáuregui había sido, en palabras del fiscal, “fiel servidor y que cumplió bien con sus dos cargos”.
Para valorar acertadamente su forma de actuar y de pensar cabe recordar las palabras que dirigió al rey Carlos III para anunciar los saludables efectos del indulto general de 1781: “Mucho pueden la suavidad y la dulzura con estos naturales y el modo más seguro de mantenerlos tranquilos es ponerlos a cubierto de toda vejación y agravio”.
+ Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza.  Doctor en Historia. Miembro correspondiente por Navarra en la Real Academia de la Historia
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