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Pintura

Cecilia, diez años después del Ecce Homo

Su nombre dio la vuelta al mundo y sin quererlo consiguió, con un “arreglo»”inconcluso de la pintura mural, que miles de personas sigan llegando a su querido santuario de Borja

Ampliar En la residencia. Ya no pinta, pero cuenta que está muy bien atendida. Disfruta jugando al bingo con sus compañeros
En la residencia. Ya no pinta, pero cuenta que está muy bien atendida. Disfruta jugando al bingo con sus compañerosÓscar Chamorro
  • Sara I. Belled
Publicado el 01/08/2022 a las 06:00
¿Sigue pintando, Cecilia? No. Ahora no. Que tengo 91 años, ¡eh! Y son muchos años…
Cecilia Giménez (Borja, 23 de enero de 1931) es una señora mayor. Lo era ya hace diez años, cuando su nombre dio la vuelta al mundo a merced de un “arreglo” inconcluso hecho “con mucho cariño” y con nombre propio: el Ecce Homo de Borja. Hace tiempo que no concede entrevistas. Se presenta en la entrada de la residencia pública del pueblo, donde vive con su hijo. Pelo blanco y chaqueta azul. Va en silla de ruedas y ha perdido algunas cosas: “De oído, de ojos…”. La mayoría son “cosas de la edad”. También ha perdido memoria. Aunque esta es caprichosa y edulcora, a ratos, una época difícil: los memes, el ajusticiamiento público, la presión mediática.
Hace calor en Borja. Este julio el termómetro no da tregua, ni siquiera en las faldas del Moncayo. Hay alerta naranja por peligro de incendios forestales. Hace diez veranos, días después de conocerse la pintura de Cecilia, un fuego prendió 4.000 hectáreas en la linde del parque natural. Mantuvo entonces en vilo a toda la comarca cuando amenazaba al pequeño municipio de Talamantes, rodeado por las llamas.
¿Qué le gustaba pintar?
Las puertas, las calles de los pueblos me gustaban mucho.
Habrá hecho usted muchos kilómetros por aquí alrededor…
Entonces estaba mi marido y me llevaba él: “Vamos a tal pueblo que hay unas calles muy bonitas”. Y gozaba pintando y hacía mis exposiciones y vendía algún cuadro, sí.
En esas calles, cuenta, se ponía a pintar y no se acordaba de nada. Lo de su amor por la pintura lo supo ya desde pequeña, cuando en la clase de dibujo del colegio empezó “a pintar, a pintar, a pintar”. Luego hace una pausa de tres segundos y un salto de setenta años: “Y, bueno, pasó lo que pasó con el di… pobre Ecce Homo”. Sonríe y añade un: “¡Ay, dios mío!”. 
Y de aquí de los pueblos de alrededor, ¿cuál recomendaría visitar?
Pues son todos muy buenos… Me gusta… No sé cómo explicarle…
A mí me tocó estar hace diez años en Talamantes. 
¡Ah! Talamantes, sí.
La transformación. El Ecce Homo pintado por Elías García y el resultado del repinte de Cecilia
La transformación. El Ecce Homo pintado por Elías García y el resultado del repinte de CeciliaAFP
Cecilia pintó Talamantes años antes de aquel incendio, pero hoy le cuesta recordarlo. En su cabeza las vivencias vienen y van. Todavía no ha habido una pregunta sobre el Ecce Homo en la conversación, pero su cabeza vuelve una y otra vez a ese pilar de la Iglesia del Santuario de Misericordia. Allí donde el pintor valenciano Elías García (Requena, 1858 - Utiel, 1934) dedicó en torno a 1930 “dos horas de devoción a la Virgen de la Misericordia”. Una pintura al óleo de 66x40 centímetros que estaba sin catalogar y que pudo ser una copia de la obra del pintor italiano Guido Reni.
No era la primera vez que Cecilia retocaba la pintura. Ese año fue diferente. 
¿Cómo recuerda usted aquello del Ecce Homo, Cecilia? 
Con cariño, porque lo hice con cariño.
La cosa es que Cecilia no se lo podía explicar: “¡Madre mía! Sin cara, todo estropeado… Pero, ¿cómo lo tienen así?”. Devota y dispuesta, para esta borjana -“muy borjana”- la iglesia del santuario era casi como su casa. Allí miraba y miraba ese Cristo. Su imagen se difuminaba sin que nadie hiciese nada para evitarlo. “Pobrecico”, lamenta. En parte fue fruto de la humedad. En parte porque se pintó al óleo directamente sobre el yeso, sin tratar.
Dejó “la carica para última hora”: no quería hacer “ningún chandrío”. Pero tuvo que salir de viaje, sin pensar que ya nunca iba a poder terminar un “arreglo” que se convertiría en obra. 
¿Cómo ve la familia de Elías García, el pintor original, el tema del Ecce Homo diez años después? 
Pues lo sigue viendo igual de mal que el primer día.
Teresa García, nieta del pintor original, había estado el año anterior en el Consistorio para avisar de que el Cristo estaba muy deteriorado. “Dijeron que lo restaurarían, pero no hicieron nada”, lamenta. Por eso le entró un ataque de risa la primera vez que vio el nuevo cuadro. Hasta que supo que no era una broma.
A cinco kilómetros de Borja, bajo el sol abrasador de la tarde, no hay manera de perderse de camino al Santuario de Misericordia. En el monte de La Muela alta se ubica esta pedanía construida alrededor de una iglesia y un edificio de 1578. En el establecimiento hostelero más antiguo de España, burgueses, artistas o escritores buscaban la calma y las numerosas fuentes. Todo el conjunto pertenece a la Fundación Benéfica Sancti Spiritus y Santuario de Nuestra Señora de Misericordia de la Ciudad de Borja, cuyo patronato está integrado por la Corporación municipal.
COMO CADA VERANO
La nieta llegó a Borja hace unos días. Como cada verano, como hacía su abuelo. Por teléfono recuerda que el único objetivo de la familia, una vez se supo que era imposible recuperar la pintura original, fue dignificar la figura de quien fuera profesor de la Escuela Provincial de Bellas Artes de Zaragoza. Un pintor “muy digno” y “gran retratista”. En el Santuario tiene su espacio y hay una reproducción de la obra original. El portón de la Casa de Aguilar preludia un pequeño descanso del calor sofocante. Sobre la pared de la última planta de este edificio del siglo XVI, representativo de la arquitectura renacentista aragonesa, descansa la única obra de Elías García que queda en Borja. La suerte quiso que unos días antes de conocerse el repintado, la familia donase un cuadro del artista al Centro de Estudios Borjanos, garante del patrimonio cultural en la zona.
La imagen de la Virgen de los Dolores mira hacia la esquina superior izquierda. Igual que el Ecce Homo del Santuario, del que también hay una reproducción en la pared, previa al repinte. Allí se publicó el primer artículo que mentaba la “intervención”. Fue un 7 de agosto de 2012. Se titulaba Un hecho incalificable. Incluía la primera imagen publicada del Ecce Homo de Cecilia, que está fechada el 25 de julio de 2012. Mañana hará diez años.
El centro pretendía entonces publicar un inventario del patrimonio artístico religioso de la zona. Tarea que no se ha retomado. Hoy, prefieren mantenerse al margen. Y es más fácil contar los países de los que no han recibido visitas en su web que listar el resto. Parecido a lo que ocurre en la taquilla del Santuario.
De vuelta a las calles de Borja, antes de media mañana Carlos estaba apretándose un bocata de rabas en el bar Buen Humor. Este vecino relata cómo en los primeros días de la vorágine llegó al Santuario de Misericordia a tomar algo con un amigo sin saber bien qué pasaba.
Sí. Yo hasta me hice una foto. 
¿Con Cecilia?
No. Con Aída Nízar.
Fue el 21 de agosto cuando la periodista Elena Pérez publicó la “restauración” en el Heraldo de Aragón y prendió la mecha. Un día después ya había equipos de televisión en la plaza del Santuario, también internacionales. Cecilia se explicaba. Al poco tiempo, la situación ya era inverosímil. Centenares de visitantes. Cecilia se convirtió en una de las personas más buscadas, también en la red. Terminó con un ataque de ansiedad.
Que si era una restauración o no. Que si era una obra o no. Que quién tenía los derechos de autor. Que si había que quitarlo o no. Todas las partes contrataron abogados y, al final, las familias terminaron pidiéndose perdón. La trama incluyó un santero (figura que desapareció), un cura que fue acusado de presunto delito económico tiempo después y un escenario en el que todos se conocían, pero nadie parecía saber nada. 
En la calle sigue habiendo una división. 
Sí. Hay gente que sí que lo apoya y gente que no, pero tampoco es una cosa de llegar a las manos.
Eduardo Arilla es alcalde de Borja desde 2015. Abre la Casa de las Conchas para dar cuenta del rico patrimonio del municipio. Asegura que el Ecce Homo les ha puesto “en el mapa turístico mundial”. Al Santuario, apunta Merche, una de las dos guías, llegan ahora unos 11.000 visitantes cada año. El objetivo es que bajen al municipio, donde hay nada menos que cuatro museos. Son 5.000 habitantes.
El Ecce Homo ha generado en el último año 45.000 euros y el anterior, el de la pandemia, 20.000. En total son “unos 300.000 euros en 10 años”, explica Arilla. Los ingresos provienen de la entrada -ahora se cobra a 3 euros-, de derechos de imagen de documentales, entrevistas o programas en directo y del merchandising.
El dinero lo gestiona la fundación y se invierte en el mantenimiento del Santuario, el salario de dos guías (dos puestos creados por el fenómeno) y en becas para la residencia Hospital Sancti Spiritus. Ahora ayudan a dos mayores con pocos recursos.
Cecilia renunció a la mitad de los beneficios que le corresponden por la propiedad intelectual. Tiene el 49% de la venta de tazas, llaveros o botellas de vino y de derechos de imagen. Entrega también esa parte a la fundación, en cuya residencia se alojó hasta conseguir plaza en el centro público.
Son cifras que quedan lejos de la principal vía de ingresos del municipio: la energía eólica aporta un millón de euros al año (1,5 con los precios actuales). 
¿Ha vuelto a subir al Santuario, Cecilia? 
Sí, yo me compré un pisico. Pero solo subes de visita -apunta Marisa, su sobrina-. Eso es. Subimos allí, nos tomamos un cafecico y mi hijo es feliz. Y yo también.
REGENTÓ UN BAR
Para Cecilia el Santuario es especial. Allí veraneaba con su abuela y allí se casó. El camino lo conoce bien. Lo ha hecho innumerables veces. También una vez que falleció su marido. A los 60 volvió a tomar clases de conducir y se compró una furgoneta para poder llevar a su hijo José Antonio. “Agua”, lo llama él. El hijo mayor de Cecilia sufre parálisis cerebral. Ha heredado el amor de su madre por este oasis. Su otro hijo, Jesusín, falleció a los 20 años, tras ser diagnosticado de distrofia muscular progresiva degenerativa.
Cecilia no fue restauradora, pero sí regentó un bar junto a su esposo: el bar Moka. Tuvo que dejarlo para cuidar de sus “hijicos”. Ella dice que ya se ha acostumbrado a que le digan eso de “Cecilia, la del Ecce Homo”. Presentó unas campanadas de Noche Vieja en una televisión nacional y en su sofá se sentó un tal Alejandro Amenábar. Este septiembre Borja prepara un homenaje. “Hay que valorarse un poco”, dice. En mitad del salón de su casa su familia tiene un caballete con el último cuadro en el que ella trabajó.
¿Y cómo le gustaría que la recordasen, Cecilia?
Con cariño.
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