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Historia

Lo que Downton Abbey no cuenta: esclavos de la flema, la etiqueta y la hipocresía victoriana

Un ensayo revela el lado más cruel y siniestro de la servidumbre británica, el que ocultan series como 'Downton Abbey'

Ampliar El equipo de sirvientes de la exitosa serie televisiva británica Downton Abbey
El equipo de sirvientes de la exitosa serie televisiva británica Downton AbbeyAFP
Publicado el 05/07/2022 a las 06:00
Lucían exquisitos modales e impecables uniformes, pero trabajaban de sol a sol y sin derechos. Prestos a servir siempre a sus señores y contribuir al buen nombre de las casas que les empleaban, bajo el intachable aspecto y la inquebrantable fidelidad de mayordomos, amas de llaves, ayudas de cámara, sirvientas, cocineros, chóferes y mozos de cuadra de la época victoriana había esclavos. Víctimas de abusos sexuales y laborales y de explotación infantil. Lo constató Frank Victor Dawes en Nunca delante de los criados, un clásico que recupera el sello Periférica y que revela la cruda realidad del trabajo doméstico basándose en los testimonios de sus propios protagonistas.
Harriet Brown empezó a servir con 10 años. En 1879 escribe a su madre que se levanta a las cinco y media de la mañana y se acuesta a medianoche “tan cansada que no me queda más remedio que echarme a llorar”. Su hija Ellen sería, también con diez años, la octava criada en otra noble casa. Cada noche se dormía llorando tras cepillar hasta la extenuación suelos de madera con jabón líquido y polvo de sílice. Es solo una de las historias recopiladas por Dawes en un ensayo que se publicita como “el libro que cuenta lo que Downton Abbey calla”. Su autor buceó en el lado oscuro de esa servidumbre próxima al vasallaje que se aborda en películas y series como Libertad (Clara Roquet, 2021) o La asistenta (Molly Smith Metzler, 2021), Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) o La ceremonia (Claude Chabrol, 1995).
En el lado opuesto están quienes idealizan el mundo victoriano. Series como Downton Abbey o Arriba y abajo “que asentó en nuestro imaginario la idea de un plácido y ordenado universo basado en la eficacia, la entrega incondicional y la integridad de los señores”. “Nada más lejos de la realidad”, asegura Dawes, hijo de una criada. Cuando Arriba y abajo hacía furor, Dawes se preguntó por la caída en picado del número de sirvientes en el Reino Unido, que pasó del casi millón y medio contabilizados hasta la I Guerra Mundial a menos de cien mil. Publicó en 1972 un anuncio en el diario Daily Telegraph pidiendo a quienes hubieran trabajado como sirvientes que le contaran sus vivencias. Recibió más de 700 cartas que son la base del desmitificador ensayo que retrata un siglo de trabajo doméstico. Se publicó en Reino Unido hace medio siglo, pero no se tradujo al español.
Doncellas, mayordomos, institutrices, cocineras, lacayos y algunos empleadores desgranan recuerdos trágicos, cómicos, tiernos, ridículos y, a veces, crueles que “corroboran la idea de que siempre se les tuvo por trabajadores e incluso seres humanos de segunda”. Muchos se vieron obligados a servir por necesidad.
La garantía de techo y comida era una solución laboral . Pero pronto les asaltaba el rencor ante el doble rasero y la hipocresía que marcaría sus vidas. Mientras los amos consumían arriba los suculentos alimentos cocinados abajo, ellos solo comían las sobras. Los señores disfrutaban de suntuosas habitaciones, en las antípodas de las austeras e incómodas buhardillas de la servidumbre.
MUDOS E INVISIBLES
Normas leoninas sobre el uniforme o la ropa de calle ordenaban la ultracodificada vida de unos criados a quienes se exigía mutismo e invisibilidad al servir. Además, soportaban inacabables jornadas con constantes repiqueteos de la campanilla. Sin oportunidades de ocio, ni vida social o familiar, muchas doncellas eran juguetes sexuales para unos amos con la conciencia muy tranquila. “Sirvientes, obedeced a quienes son vuestros amos en el mundo, con miedo y con temblor cumpliendo la voluntad de Dios desde el corazón”, les leían en la Biblia (Efesios VI:5-8).
En Mi vida secreta, las memorias de un anónimo caballero victoriano, se lee que las sirvientas y las mujeres más humildes “fornicaban a escondidas y se sentían orgullosas de tener a un caballero que las cubriera. Esa era la opinión de los hombres de mi estilo de vida y mi edad”. Ante los frecuentes embarazos de sirvientas, “la culpa recaía directamente sobre ella, no sobre el miembro de la familia que la preñaba”, apunta Dawes. Podían ser despedidas a capricho y sin referencias, con la prostitución, la mendicidad o el asilo como única salida.
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