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Literatua

El poeta Jesús Munárriz reúne sus 'Magdalenas de Proust pamploneses' en un libro

Pamiela publica ‘Y tan lejos de casa’, un poemario en el que Munárriz reúne los poemas con recuerdos de su infancia y su primera juventud

Ampliar Jesús Munárriz en una imagen reciente.
Jesús Munárriz en una imagen reciente.JAIME MARTÍNEZ
Publicado el 09/06/2022 a las 06:00
Jesús Munárriz Peralta nació en San Sebastián en 1940; vivió en Alemania mientras estudiaba Filología Germánica; desde los 18 reside en Madrid, donde dirige la editorial Hiperión; ha publicado más de veinte poemarios, siete antologías, tres libros infantiles; ha traducido a Goethe, Hölderlin, Nietzsche, Baudelaire, Shakespeare o Pessoa; es caballero de las Artes y las Letras de la República francesa y Premio Nacional a la mejor labor editorial cultural, pero cuando cierra los ojos los recuerdos que le asaltan con más fuerza son los de la infancia, en Pamplona, cuando podía clasificar el mundo en tres grandes grupos: jesuitas, escolapios y ursulinas. El veterano poeta ha publicado con Pamiela Y tan lejos de casa, donde recoge poemas dedicados a su Pamplona y retrata, indirectamente, una ciudad en la que aún resonaba la polémica por la actuación de Josephine Baker en el Olimpia o Eliseo, que vendía cosas con su triciclo, aprovechaba un eclipse de luna para dejar mirar por su telescopio a cambio de una peseta.
Nacido en San Sebastián, vive en Madrid, pero ¿cuando dice “casa” sigue pensando en Pamplona?
Sí. Uno sigue con el “casa”. ¿Y “casa” cuál es? Pamplona. Aunque no tengo casa en Pamplona, porque fui hijo único, mis padres murieron y no tengo una casa con la familia. Tengo algunos parientes pero para mí Pamplona es lo que se ve en el libro, es la infancia, mi primera juventud... Yo soy de Pamplona, aunque nací en San Sebastián.
Una Pamplona que no es la de hoy. ¿Qué queda de entonces?
Queda toda la parte vieja, los edificios están prácticamente igual, las iglesias, las plazas. Lo que ha cambiado por ejemplo son todos los comercios. Yo me acuerdo “aquí estaba la tienda de tal”, “aquí estaba la tienda de cual”, y ahora no están. O el Diario de Navarra, sigue estando el viejo edificio, aunque ya no trabajáis ahí. Al lado del diario, el palacio Guendulain... Ahora es un hotel, ¿no?
Cerró en la pandemia.
¡Ah! De chavales cuando pasábamos por delante nos asomábamos y veíamos la carroza que estaba en el zaguán. Al otro lado de la calle Zapatería había otro palacio muy bonito que era la sede del diario nacionalista vasco 'La Voz de Navarra', que luego se lo incautó la Falange y era el 'Arriba España'. Y ahora han vuelto los del PNV a recuperar su viejo palacio. Mi memoria conserva una Pamplona ya histórica, casi.
En el libro evoca olores, comidas... ¿tiene alguna magdalena de Proust particular?
Son cosas que saltan de pronto. De pronto ves algo y te lleva a entonces. Paseas y dices: “Aquí estaba la casa El Marrano”. Ya no estará...
Está, está.
¿Ah, sí? [risas]. O “Aquí estaba el museo carlista”, que era el Museo de Recuerdos Históricos, ahora el archivo municipal. Íbamos a jugar porque el museo propiamente era de la familia Baleztena y uno de clase, y amigo, era Carlos Baleztena. Había días que nos dejaban entrar y jugar con las espadas y los mosquetones. Toda la Pamplona antigua está llena de esas cosas y la memoria me lleva a mi niñez.
Porque en esa Pamplona, alguien como usted sería un bicho raro.
Sí debía ser un poco rarito, sí. El día que cumplí 18 saqué el carné de conducir y tenía un coche que me habían comprado mis padres, un Citroën “culopato” del año 27, pequeño, descapotable, viejo, que había sido de un lapidario del cementerio de Pamplona, Oficialdegui, al que llamaban por mal nombre “ojochufa”, porque tenía un ojo saliente. Yo me pasé los Sanfermines de aquel año con el coche, con un trombón de varas que tenía armando follón... Sí, era un poco raro.
No pasaba desapercibido, ¿no?
No. Tenía barba y una vez fui a la piscina del Club de Tenis y me bañé con barba. Entonces el presidente del Club de Tenis, Goicoechea, dijo que no, que si había que ponerse gorro en la cabeza también había que taparse la barba para bañarse. ¿Qué hice yo? Al día siguiente fui con pasamontañas. O sea, era un señorito un poco gilipollas, me parece, visto desde ahora. Me salía bastante de lo habitual.
Cuenta un viaje que hizo en autoestop hasta Bruselas, ¿fue un viaje iniciático?
En aquella época nos llegaban las noticias: “En Francia la gente viaja en autoestop”. Y al oír eso a los 15 años dices: “¡Qué maravilla, me voy!”. A otros compañeros de clase seguramente no les dejaban en casa, pero a mí mis padres me daban alas y, por otro lado, tal vez eran algo inconscientes también. Pensaba irme solo en autostop hasta Bruselas. Afortunadamente no tuve ningún percance mayor excepto que me robaron el dinero de la mochila.
¿El Gayarre y el Olimpia eran la ventana para oxigenarse?
Sí. Me he acordado mucho de las veladas navideñas para chavales con la familia Lozano de Sotés, que hacían unos estupendos trajes y decorados. Ellos provenían de su experiencia en Madrid, en la República, con las misiones pedagógicas, donde estaban Lorca, Cernuda y toda esta gente. El matrimonio Lozano de Sotés - Francis Bartolozzi había recalado en Pamplona porque él era navarro y habían unido sus saberes con la buena voluntad del padre Carmelo, que hacía las sesiones para sacar dinero para comprar cunitas para los niños de las familias pobres. Para los chavales suponía ver unas funciones muy divertidas. Como ves, Pamplona es un carro lleno de Magdalenas para mí. Cada esquina me trae recuerdos.
¿Correr el encierro era una especie de rito para hacerse adulto?
Sí, es lo que yo viví y la mayoría de mis amigos también. Yo era bastante malo, pero la emoción de estar ahí y que te pasen los toros... fíjate que lo que recuerdo es lo que olía el toro al pasarte al lado. Olía la carne caliente del bicho. ¡Qué cosas retiene el cerebro!
Sería mucho menos masificado.
Sí, había mucha menos gente. Aunque un año hubo un montón a la entrada de la plaza y uno de mis amigos, Federico Tajadura, le pasó un manso pisándole la espalda y le dejó las pezuñas marcadas que no se le quitaron en todo el verano [risas].
¿Y es de los que madruga ahora para verlos?
Sí, no me lo pierdo. Todos los días pongo la tele y estoy desde un cuarto de hora antes viendo qué va a pasar.
Sobre la guerra no hay demasiadas alusiones en el libro.
Hay un libro mío, Cuarentena, que empieza diciendo “yo nací en el 40 y la paz empezó en el 39, así que me tocó prácticamente toda”. Soy de los que nacimos al acabar la guerra. Las cosas de la guerra son vividas indirectamente, por gente que un día me ha hablado, aunque a la gente que he conocido no les gustaba recordar. Yo creo que las guerras dejan mal recuerdo.
Sí que hay mucha presencia de requetés en estas páginas, sin embargo. A algunos los compara con muyahidines afganos.
Sí, porque eran los que he conocido yo. También había falangistas pero yo no les he conocido. O militares. Yo tenía un tío militar, que no era ni carlista, ni falangista, era alferez provisional que cuando la guerra se apuntó a luchar voluntarios. Pero luego en la familia he tenido de todo. He tenido gente que luchó con unos, que luchó con otros, que se fue al exilio... Pero es verdad que no contaban. Muchas veces he pensado cómo no se lo saqué a mi abuelo, que era muy mayor y no luchó pero vivía enfrente del gobierno militar donde estaba Mola y se había montado todo el lío. Yo he estado muchas veces con mi abuelo, y lo he acompañado a pescar, pero nunca me ha contado cosas de la guerra, ni yo le he tirado de la lengua porque en aquel momento no me interesaba nada.
¿Quizá la guerra estaba en ese silencio?
Sí, se callaban. Te ibas enterando poco a poco. Mi tío José Mari vivía en Uruguay, por ejemplo. ¿Por qué se fue a Uruguay? Porque se tuvo que ir en el 36... y así te ibas enterando, pero eran muy parcos. Mi tío Ángel, que era militar, y que acabó de comandante, incluso era mutilado, se vestía cuando había un día de esos de desfiles... Me ha enseñado fotos, de cuando estaba en el hospital que le pegaron unos tiros... pero no era un tema del que les gustara hablar.
Incluye el libro un recuerdo a un profesor, al padre López. ¿Fue él quien le inoculó el virus de la literatura?
Sí, casi todos los que escribimos recordamos algún profesor que nos inculcó la literatura porque le gustaba. El padre López era más bien del teatro que de la poesía, pero nos leía poemas. Nos leyó en clase la antología de Gerardo Diego, de los poetas del 27, que era un libro que oficialmente no existía. Los poetas del 27 estaban casi todos en América: Alberti, Cernuda, Salinas, Guillén, a Lorca lo habían matado... No venían en los libros de texto. Y, sin embargo, el padre López nos los leía y también en esos rincones de la memoria me acuerdo de versos sueltos de un poema que recitaba de Rafel Alberti, “Aire, que, al toro torillo le pica el pájaro pillo que no pone el pie en el suelo, ¡qué revuelo!”, un poema dedicado a un torero. Yo creo que despertó esa conciencia de la palabra poética y del ritmo, y el verso, la rima y todo eso, que practiqué y sigo practicando.
¿Cómo se ha quedado después de poner por escrito todos estos recuerdos?
Algunos poemas tienen 50 o 60 años. Hombre, lo que da fe este libro es de que Pamplona ha estado siempre presente en mi cabeza y en mi recuerdo, porque son poemas de distintas épocas. Algunos han surgido porque he hecho un viaje a Pamplona. He hecho viajes por ejemplo los últimos años porque he sido jurado del premio de poesía Ciudad de Pamplona, con lo cual es una cosa estupenda para ir un día por allá y recordar y comprar pasteles. En Pamplona han desaparecido casi todas las pastelerías, que eran muchas y muy buenas, pero han surgido algunas otras también estupendas. Suelo volver a Madrid con pasteles.
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