Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE
Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Literatura

Sánchez-Ostiz, el fértil retiro en el bosque de un escritor atribulado

Después de ‘Viaje alrededor de mi cuarto’, el escritor ha publicado ‘Emboscaduras y resistencias’ y ‘Espuelas para qué os quiero’

Ampliar Miguel Sánchez-Ostiz en su casa de Arizkun
Miguel Sánchez-Ostiz en su casa de Arizkunjesús garzaron
Publicado el 22/05/2022 a las 06:00
Le resulta grato a Miguel Sánchez-Ostiz, ahora que se siente en el otoño de su vida, la idea de ir retirándose suavemente. Tiene la certeza de que a sus 71 años la vejez ha empezado ya, lo nota en sus fuerzas al cavar una zanja o al constatar que los paseos por el monte acaban cada vez un poco antes. A la hora de escribir también observa que no tiene la intensidad que tenía. Pero, mientras tanto, sus libros parece que quieren desmentirle. Las publicaciones de Sánchez-Ostiz se suceden unas a otras en los escaparates de las librerías. En febrero presentó Viaje alrededor de mi cuarto, editado por Pamiela a finales de 2021, y donde reunió una serie de escritos realizados durante el confinamiento. En lo que va de año ha publicado ya dos libros: Emboscaduras y resistencias, con la editorial Alberdania, y el poemario Espuelas para qué os quiero, con Pamiela. Otro más, Ahora o Nunca, editado por Renacimiento, está a punto de aparecer. “Como en realidad no hago otra cosa, por fuerza te salen libros uno detrás de otro”, explica.
Hay mucho bosque en Emboscaduras y resistencias, parajes como el de Gurs, donde se localizaba el campo de concentración en el que recluyeron a los republicanos españoles entre 1939 y 1946 y que después Francia quiso borrar plantando un bosque; hay leyendas, está Basajaun, Robin Hood, lo que no hay son redes sociales, que “no son bosque, sino maleza”, apunta el escritor. No falta la socarronería del autor al referirse por ejemplo a los shinrin-yoku, los llamados “baño de bosque japoneses”: “Como pavada, me parece mayúscula”, solventa.
Su emboscadura personal, “fruto de la hartadumbre, del saberse monigoteado y de una época mugrienta que va a más” es doble. Sánchez-Ostiz ha optado por refugiarse en el bosque de Baztán, donde vive, y en el de papel, que es su biblioteca en Arizkun. De esa doble vertiente nació este libro al final de la pandemia, un trabajo que si hubiera acabado más tarde sería muy distinto, ya que no preveía que algo así se fuera a encadenar luego con la guerra.
Sánchez-Ostiz ve que hay quien se hace insensible ante esta situación, hasta cruel, gente que zanja estas desgracias con un “A mí no me atañe”. “Lo que yo creo es que sí te atañe -le contesta a su propio ejemplo- te atañe como persona y te atañe al bolsillo, mucha gente lo va a notar”, asegura.“Pues mire yo me encierro en una torre de marfil...” -caricaturiza a un hipotético interlocutor- “...Ahora te meten un pepino y se acabó la torre de marfil y se acabó todo”, se responde. El autor de Las pirañas cree que no se puede obviar lo que está pasando, con millones de personas que están viviendo como pueden por toda Europa.
ÉPOCA EXTRAÑA
En el otro bosque, el de papel, se lleva sustos. “Empiezo a leer un libro y me empiezo a encontrar los subrayados. Y digo: ‘¡Pero si yo de este libro no me acuerdo de nada!”, comenta. “Ahora, veinte, treinta, cuarenta años después, francamente lo de la relectura de los libros para mí es una lectura nueva”, admite. Son numerosos los autores que cita, María Zambrano, Thoreau y Walden, Emilio Pacheco, Washington Irving, Wang Wei, Álvaro Cunqueiro... pero no quiere hacer alarde de erudición. “Más que grande, mi biblioteca es aparatosa, me gusta andar por ella”, dice.
No es lo habitual esta querencia por lo rural de los escritores, que son más urbanos. “Depende la edad”, responde él con risas. “Cuando estaba escribiendo Peatón de Madrid me pegaba unas andadas monumentales; tenía un podómetro y ¡me estaba haciendo unas javieradas todos los días! Ya no tengo esa capacidad, me canso mucho de patear la ciudad y sobre todo patearla para encontrarte cosas que no te gustan... la verdad que no le veo la puñetera gracia”, señala.
Miguel Sánchez-Ostiz se siente seguro escribiendo. Se siente bien. “Sin alharacas, porque yo todas esas cosas de “envejezco vivo” y tal.... déjese usted de mandangas, y menos ahora”, afirma.
Escribe que a cierta edad pocos son los golpes de aldaba en la puerta de casa que no causan alarma. “Tanto la vejez como la finitud son cosas que a cierta edad ni siquiera las tienes presentes y, sin embargo, a otras, sí; cuando ves que tus amigos van falleciendo uno detrás de otro”, lamenta. En la pandemia ha perdido gente, y eso le provoca un gran vacío.
Mirando atrás, se arrepiente más de lo no dicho, de las veces que se ha mordido la lengua, que de lo hablado o escrito. El aislamiento de estos años ha sido una condena pero, de algún modo, una suerte también. “Al final lo he vivido casi como un alivio”, señala. “Hay mucha gente que ahora las aglomeraciones le abruman, pero un escritor está acostumbrado a estar solo, encerrado mucho tiempo sin darte cuenta, aunque es un encierro muy gozoso”, explica. “Lo que yo pueda decir no tiene nada que ver con lo que pueda decir una gente cuya vida está en el bar, en la terraza, en la calle, y cuando se han tenido que encerrar en casa se han sentido absolutamente perdidos”.
El título del poemario Espuelas para qué os quiero hace referencia a las espuelas de oro de Quevedo, con las que fue enterrado según la leyenda, y la espuela de hierro herrumbroso que encontró cuando cavaba en el jardín de su casa. Son poemas escritos entre 2019 y 2021 en los que habla por ejemplo de las Navidades del 95, “cuando la taberna era taberna y la botica, botica”. Se siente extraño en la época actual. A ratos. El Madrid del que escribió hace veinte años, por ejemplo, prácticamente no existe. “Ahora, ¿que sea un bebedero y un comedero non stop? Bueno, pues no es lo que a mí me interesaba. A mí me interesaban las tienditas, el nosequé... pero claro, el de la tiendita ¡es que se ha muerto! ¡O le han tirado la casa! O la casa la han comprado uno de estos fondos que nadie sabe quiénes son los propietarios. Tú vas por esas calles que eran una delicia y están llenas de persianas echadas. Ahí es donde yo me siento muy extraño. Pero, qué quieres que te diga, también me pasa en Pamplona”, asegura. Su refugio, reitera, está en Baztan.
A la espera de que se publique Ahora o nunca, un dietario de lo que vivió en 2016 (entonces vivía en Arraioz), el escritor sigue batallando con esta época en la que se encuentra cada vez más lejos de la tribu, como dice. Encuentra alivio en la lectura, mientras en la escritura continúa ajustando cuentas consigo mismo.
volver arriba

Activar Notificaciones