Historia

Arleux, 1357: operación de comando para liberar al rey de Navarra de un castillo francés

Un grupo de nobles navarros, disfrazados de carboneros, rescataron al rey Carlos II de la fortaleza del norte de Francia en la que estaba prisionero por orden de su gran rival, el rey francés Juan II

El arresto de Carlos II en Ruán, tal y como aparece en las Chroniques de Jean Froissart
AmpliarAmpliar
El arresto de Carlos II en Ruán, tal y como aparece en las Chroniques de Jean Froissart
El arresto de Carlos II en Ruán, tal y como aparece en las Chroniques de Jean Froissart

CerrarCerrar

Javier Iborra

Actualizado el 25/04/2022 a las 22:04

Decir que la vida de un rey medieval supera por mucho a la ficción de Juego de Tronos es un gancho gastado de tanto usarlo. Pero lo cierto es que en ocasiones resulta inevitable fantasear con una obra literaria o cinematográfica dedicada a las andazas de ciertos personajes de la Historia. Uno de estos es Carlos II, rey de Navarra, conocido con el injusto sobrenombre de "el Malo": en manos de un hábil guionista, el culebrón resultante haría las delicias de los amantes de las traiciones, los golpes de efecto, los vaivenes políticos, las negociaciones barriobajeras enmascaradas bajo la más refinada educación y, por último, las oportunidades perdidas, el drama del derrotado y el éxtasis del vencedor.

De todas las anécdotas a las que dio vida Carlos II, una de las más pintorescas fue su liberación de un castillo de la Picardía francesa, en el que había acabado preso por orden de su archirrival -y suegro-, el rey de Francia Juan II. Ambos, de hecho, tenían sobradas razones para odiarse. Carlos había estado detrás de la muerte del favorito de Juan II, un noble de origen castellano llamado Carlos de España. Y Juan le adeudaba a Carlos la riquísima dote que le había prometido en virtud del matrimonio con su hija Juana, además de haberle escamoteado varias plazas -en favor precisamente de Carlos de España- que el rey de Navarra pretendía. 

La tirantez entre ambos se entremezcló con la guerra entre Francia e Inglaterra -la de los Cien Años- y con un descontento social que afloraba en forma de revueltas o de intentos de limitar el poder real. Juan, después de dos tratados de paz cosméticos pero que en el fondo no arreglaron nada, tomó la calle de en medio: ordenó la detención de Carlos mientras éste, quizá con intención de negociar una alianza en contra del rey francés, visitaba al delfín Carlos.

El día 5 de abril de 1356, en el castillo de Rouan, el rey navarro fue apresado y cuatro de sus compañeros (el conde d’Harcourt, el señor de Graville, Maubué de Mainemares y Colin Doublel) fueron decapitados al día siguiente. El monarca estuvo cautivo primero en el castillo de Louvre, pero luego fue paseado de prisión en prisión hasta dar con sus huesos en la fortaleza de Arleux, al norte de la región de Picardía.

La osadía no le salió barata al rey de Francia. Los ingleses se aliaron con los navarros y atacaron desde Normandía, aprovechando que aquellas tierras pertenecían a la casa real navarra y que ahora esta les ofrecía paso libre. En otro avance, el Príncipe Negro -hijo del rey inglés- marchó desde Burdeos hacia París y se topó con el ejército francés en las cercanías de Poitiers. Hubo una batalla, que cayó del lado inglés, y el rey Juan II fue capturado y llevado a Inglaterra.

Aquello cambiaba diametralmente la suerte del rey de Navarra. Carlos se había postulado durante años a la corona francesa, se había ganado la simpatía del pueblo por su injusto apresamiento y ahora aparecía, a los ojos de sus posibles súbditos, como una opción "más fuerte" que la del rey Juan recién derrotado por los ingleses. Los Estados Generales, convocados en plena crisis, reclamaron la liberación de Carlos, pero el delfín, defendiendo sus intereses, se negó a concederla.

En este contexto, un audaz golpe de mano de un grupo de nobles navarros liberó a Carlos II. Ocurrió la noche del 8 al 9 de noviembre de 1357 y tuvo todo el sabor de una operación de comando: una treintena de hombres habían conseguido ropajes de carboneros de la zona y, embozados de esa guisa, se colaron en la fortaleza de Arleux. Una vez conseguido lo más difícil, sorprendieron a la guardia, la derrotaron y mataron al al alcaide de la plaza. Carlos II volvió a ser libre, 18 meses después.

El rey de Navarra fue recibido en Amiens como un triunfador y, de ahí, marchó directo a París, donde fue aclamado por la multitud. Se postuló de nuevo para el trono francés y la burguesía, descontenta con el funcionamiento de los Estados Generales, le apoyó. Después, Carlos se dirigió a Ruan. Allí todavía permanecían expuestos los restos de los cuatro acompañantes que habían sido ejecutados tras su detención; hizo descolgar los cuerpos y organizó sus funerales.

Era el momento del rey de Navarra. Sus aliados de la burguesía tomaron la iniciativa asesinando a los mariscales y humillando al delfín Carlos, que huyó de París, y Carlos II de Navarra aprovechó el momento para entrar en la capital. Parecía que tenía el triunfo definitivo al alcance de su mano, pero el delfín tejió nuevas alianzas con los descontentos por la muerte de los mariscales, se hizo nombrar regente -afianzando su posición- y exprimió el argumento de que el rey navarro era cómplice de los ingleses. No en vano, el pueblo de París estaba descontento por la presencia de tropas del enemigo, que habían escoltado a Carlos II. La marea cambió. El líder de los burgueses fue ejecutado y el partido navarro vio cómo su gran oportunidad se escapaba. Poco después, rendido a su suerte, Carlos II llegará a un acuerdo, el Tratado de Bretigny (1360), renunciando a sus aspiraciones.

LA GUERRA POR EL RELATO, EN PLENO MEDIEVO

Esta relación de hechos aparece "grosso modo" en obras como la 'Historia política del reino de Navarra', de José María Lacarra. Sin embargo, de la lectura de los libros que se hacen eco de la vida de Carlos II se colige la convivencia dos versiones sobre su liberación: la francesa y la navarra. La guerra por el relato, que podíamos suponer moderna, se demuestra así antigua y recurrente.

La versión francesa dice que el rescate fue poco más o menos que una mascarada, quizá permitida por el delfín, y que recayó en los hombros de Jean de Picquingny, gobernador de Artois, de sus hermanos Roberto y Felipe, y de otros nobles franceses y normandos. La espectacularidad de la "hazaña", en este relato, queda rebajada por la implícita connivencia de los carceleros.

La versión navarra, recogida por el jesuita Francisco de Alesón, cronista del reino, sí menciona la añagaza de los disfraces de carboneros y en ella, en lugar de los franceses antes mencionados, se citan nombres de nobles navarros como Rodrigo de Úriz, Corbarán de Lehet, Carlos de Artieda, el barón de Garro y Fernando de Ayanz. Además, otros como Juan Martínez de Azcona o Juan Dehan debieron participar también en aquella operación, ya que en sus testamentos quedó recogido el agradecimiento dispensado por el rey.

Quizá nunca lleguemos a saber si es la versión francesa la que se acerca más a los hechos, o si lo es la navarra, porque los detalles de aquella operación se han perdido en las penumbras del tiempo. Así, posiblemente sean los guionistas o escritores quienes tengan la última palabra sobre este episodio, tan peculiar como capital, de la historia de Francia y de Navarra.

Etiquetas:

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora