Arquitecturas singulares

Cinco pueblos de Navarra que se levantaron de la nada

Los poblados de colonización. A mediados del siglo XX se levantaron de la nada cinco pueblos en Navarra: Rada, Gabarderal, San Isidro del Pinar, Figarol y El Boyeral

Imagen del centro de Figarol, uno de los poblados de colonización de Navarra más grandes
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Imagen del centro de Figarol, uno de los poblados de colonización de Navarra más grandes
Imagen del centro de Figarol, uno de los poblados de colonización de Navarra más grandes

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Israel Nagore

Actualizado el 26/03/2022 a las 19:36

A mediados del siglo XX se produjo en España un fenómeno migratorio sin precedentes que cambió el paisaje rural del país para siempre. Trescientos pueblos se levantaron de la nada y el mejor talento arquitectónico del momento se puso al servicio de los que menos tenían, de los que habían dejado todo atrás. Campanarios que son faros en el desierto, pueblos que se inauguraban y familias en busca de un futuro incierto. Todo empezó cuando Franco se propuso regar y labrar España entera.

El Instituto Nacional de Colonización se creó en 1939 con el objetivo de construir nuevos poblados en el entorno rural y reactivar la economía del sector agrario en la posguerra. La iniciativa ya se había contemplado en la II República, pero no es hasta los años 50 cuando se pone en marcha, al encontrarse el país con un déficit crítico de alimentos.

El plan proponía la expropiación forzosa de la tierra no cultivada por latifundistas para poder asentar en ella a nuevos agricultores. A cada colono se le proveía de un lote que incluía una casa, una yegua y una carreta, además de la tierra para cultivo que debía ir pagando con la explotación que hacía de la misma. Como una hipoteca a plazo fijo a pagar con maíz y remolacha.

En Navarra se construyeron cinco poblados de colonización; Gabarderal, San Isidro del Pinar, Rada, Figarol, y El Boyeral, éste último hoy abandonado. Todos ellos se situaron estratégicamente y estaban asociados a la construcción del canal de las Bardenas, que, por medio de un complejo sistema de canalizaciones, permitía transformar las tierras colonizadas de secano a regadío.

En un momento como el actual en el que ser arquitecto significa para la mayoría hacer lo que se puede (desde peritaciones a certificaciones, pasando por reformas), proyectar una ciudad entera suena a ejercicio de primero de carrera o a extravagancia infame de un jeque del petrodólar.

Pero así fue, los arquitectos diseñaron desde el plan urbano hasta las manillas de la puertas. Y lo hicieron sin renunciar a experimentar pero bajo una premisa de austeridad, lo que dio lugar a una arquitectura sensata y económica, entre la construcción rural y cierto anhelo de modernidad, en la que la mano del arquitecto se aprecia en los detalles más sutiles.

Al visitar San Isidro del Pinar y Gabarderal uno se encuentra pueblos humildes y sin pretensiones pero de una sencillez y belleza abrumadoras; zaguanes austeros repletos de plantas, muros de mampostería con remates de hormigón, chimeneas vernáculas; escenas empapadas del encanto de lo cotidiano, arquitectura -casi- sin arquitectos, imágenes congeladas en el tiempo, quizá ahora idealizadas por la mirada fetichista y algo ingenua del urbanita que visita el campo.

De los cuatro pueblos, Figarol y Rada son los más grandes. Cada uno con sus particularidades, todos comparten un esquema similar, organizados en torno a un espacio central donde se sitúan los edificios representativos; la iglesia, el ayuntamiento y el edificio social, además de la vivienda del médico y maestros.

El edificio de la iglesia era clave ya que constituía un símbolo de autoridad y control, con voluntad evangelizadora, convirtiéndose en hito paisajístico por medio del campanario. Era además el lugar de encuentro y relación para la comunidad; porque no se trataba sólo de construir un pueblo, sino de poner en marcha una nueva sociedad. Una comunidad de desconocidos con todo por hacer, sin pasado ni recuerdos, sin censo ni cementerio, pero con edificios a estrenar.

Las viviendas para los colonos se distribuían alrededor de este centro, agrupadas en manzanas rectangulares y calles ortogonales, generando una geometría rotunda y racional sobre el entorno rural. Si se camina por el eje longitudinal de Figarol en dirección a la Iglesia, nos sentimos parte de un pedazo urbano consolidado, pero en los cruces advertimos brevemente la inmensidad de la nada y las calles transversales se disparan como pistas de despegue hacia el paisaje.

Los pueblos han crecido y evolucionado, especialmente Rada y Figarol. Algunas de las viviendas se han alterado con extensiones y cambios de materiales, en ese proceso incontrolable en el que el tiempo “construye” y que les ha restado parte de su original encanto. Sin embargo, esos mismos cambios son prueba del arraigo de los colonos al lugar y el éxito de los asentamientos.

Como pocas veces antes, la Arquitectura abrió sus puertas al mundo para atender la realidad de la mayoría, la de los más necesitados, y no sólo la de unos privilegiados clientes de revista. Y lo hizo para diseñar pueblos enteros, sin historia ni memoria, que surgieron de la nada, con la belleza y aparente sencillez con la que brotan las plantas, pero que en realidad sólo fueron posibles con ilusión y esfuerzo.

CLAVES
​Autores: 
Gabarderal y San Isidro del Pinar (1959): Antonio Barbany.
Figarol (1962-Varias fases): Eugenio Arraiza, José Borobio.
Rada (1962-Varias fases): Fernando Nagore, Domingo Ariz, Jose Borobio y Antonio Barbany.
Referencias:
Web Docomomo. Reseña José Manuel Pozo.
Rada 50 años de Historia. Sara Brun
El espacio para el culto en el Instituto Nacional de Colonización (1939-1974). Hito, símbolo, laboratorio”Beatriz Caballero

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