Cine

Confesiones de una camerunesa en Bruselas y otros retratos íntimos en Punto de Vista

‘Les prières de Delphine’, de Rosine Mbakam y ‘Self-Portrait: Fairy Tale in 47KM’ de la china Mengqi Zhang, compiten en la Sección oficial del festival

La directora Rosine Mbakam, este martes, en el Baluarte.
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La directora Rosine Mbakam, este martes, en el Baluarte.
La directora Rosine Mbakam, este martes, en el Baluarte.

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Ion Stegmeier

Publicado el 15/03/2022 a las 20:06

Día de retratos en Punto de Vista. La cámara se confirma como un excelente instrumento para radiografiar el alma, si se sabe cómo hacerlo. La cineasta Rosine Mbakam es un ejemplo, y en su caso con la semblanza de una persona que se interpuso en sus planes originales. La directora camerunesa afincada en Bruselas quería hacer una película en torno a una peluquería africana cercana a su casa. Pidió a su amiga Delphine que le presentara a alguien para empezar y la respuesta no se la esperaba: “Antes me gustaría que hicieras una película sobre mí”. Se conocían desde hacía siete años, pero realmente no sabía la historia de su amiga, según le advirtió ésta, solamente conocía la parte que ella había querido relatarle. “Se puso a contar su vida y en realidad tenía mucho que ver con lo que me hizo nacer el deseo de hacer cine y la necesidad de ir a Bélgica para hacerlo”, explica Rosine Mbakam en Pamplona. Diez días después ya habían terminado de rodar 'Les prières de Delphine', que presentó este martes en Punto de Vista.

“Los inmigrantes vivimos en lugares pequeños y solo somos libres y decimos lo que pensamos cuando estamos en casa; fuera, estamos representando un rol de lo que Occidente espera de nosotras”, explica la directora. Es por eso que toda la película se desarrolla en la habitación de Delphine, en el lugar donde se sienten ellas mismas. Allí, repantingada entre cojines y fumando un cigarrillo tras otro, Delphine gesticula y cuenta su historia durante varios días (hay siempre un momento que dice “hasta aquí” y prosiguen el siguiente). Relata que se quedó huérfana de madre a los cinco años y la nefasta influencia que ejerció su padre, la prostitución como método de supervivencia, las violaciones, la desgracia que asola a su familia y su matrimonio con un belga casi octogenario, cuando ella tiene 30, para salir de todo aquello. En su monólogo de 91 minutos también tiene un breve capítulo para un amor verdadero y concluye con una petición a Dios: trabajo. “No fui a la escuela, pero no soy estúpida”, asegura.

Hubo más. En 'Untitled part 9: this time', Jayce Salloum recoge en seis minutos el testimonio de los niños de la escuela rural de Bumiyán, donde volaron los Buda de Afganistán. Cuatro de ellos cuentan un chiste a la cámara, siempre con el mismo personaje, el Mulá Nasrudín.

Los autorretratos también han tenido cabida en el festival. A la cineasta japonesa Yuri Muraoka, por ejemplo, le bastan once minutos para mostrar lo que ella ve en 'Transparent, I am'. La directora china Mengqi Zhang, sin embargo, “disuelve la primera persona” en los personajes familiares que la rodean y en una memoria histórica por venir, según apunta Lucía Salas, miembro del comité de programación. En 'Self-Portrait: Fairy Tale in 47KM', la directora se propone construirse una casa sobre una colina en el pueblo de su familia,donde vuelve todos los años de vacaciones. Sus sobrinas se muestran excitadas con la idea, y dibujan con sus rotuladores casas como la que algún día tendrá su tía, con huertas, fuentes, sala de baile o un cangrejo que es un cine. La más pequeña, una niña de 5 años con mucha gracia, aventura una y otra vez que esa casa tendrá de todo: estufas, una escalera, setas, televisiones, mesas, sillas, camas, lápices y gomas de borrar. El edificio va creciendo poco a poco mientras la directora disfruta de pertenecer a ese clan y, con él, a un identidad firmemente enraizada en ese terreno.

Una dilatada lucha colectiva
La película más larga de esta edición del festival -372 minutos- se proyectó ayer en Sección oficial fuera de competición: 'Minamata Mandala' , del director japonés Kazuo Hara. No es una duración inoportuna, por un lado porque ha sido filmada y editada a lo largo de quince años, pero sobre todo porque comparte con el espectador la larga experiencia de unos protagonistas que son víctimas del envenenamiento por el mercurio que vertió la planta química de la Chisso Corporation en la bahía de Minamata entre 1938 y 1968. La película es un retrato, también, de una lucha colectiva.

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