Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Historia

Un estudio constata la mejor dieta que había en ciudades medievales como Pamplona

El historiador gallego Patxi Pérez Ramallo ha estudiado la alimentación medieval a partir de restos encontrados en diversos lugares, entre ellos la Plaza de San José de Pamplona

Ampliar Banquete en la corte del rey francés Carlos V en París en 1378. Ilustración de libros de Jean Fouquet, de mediados del siglo XV.
Banquete en la corte del rey francés Carlos V en París en 1378. Ilustración de libros de Jean Fouquet, de mediados del siglo XV
Publicado el 16/01/2022 a las 20:01
Los huesos demuestran que, ya desde el comienzo de la historia de las ciudades, sus habitantes, sobre todo los más ricos, comieron mejor y más variado que los demás. A los primeros burgueses, ya desde el siglo XI, su dinero les sirvió para emular a los nobles y acceder con cierta frecuencia a las carnes o al pescado, alimentos excepcionales o incluso inéditos en los ámbitos rurales, que debían conformarse con lo que tenían en su entorno. En esas épocas, al principio de la Edad Media, es cuando toma fuerza el Camino de Santiago, que se convirtió en una ruta que expandió también el comercio y las dietas de las que disfrutaron las ciudades. Son alguna de las conclusiones que pueden deducirse de un trabajo liderado por el historiador gallego Patxi Pérez Ramallo, que ha estudiado las diferencias de dieta en el norte de la Península Ibérica, analizando huesos de aquella época, entre ellos algunos que se encontraron en la plaza de San José de Pamplona. Sus conclusiones han sido publicadas en la revista 'Journal of Archaelogical Science'.
“Lo interesante de este estudio es el periodo, que es cuando se consolidan los reinos cristianos y surgen las ciudades en el norte de la Península, entre el siglo IX, cuando nace el Camino de Santiago, y el siglo XIII, en el apogeo del feudalismo medieval”, explica el historiador gallego. “Es una época en la que surgen los comerciantes, los artesanos, unas nueva elites que quizá no tienen tumbas llamativas, pero que se han ido adinerando e imitan a las anteriores”, señala el historiador.
Querían comprobar hasta qué punto la aparición de las ciudades y sus nuevos ricos, y de rutas como la Jacobea pudieron influir en cómo comían aquellas gentes, para lo cual analizaron restos encontrados en cinco lugares bien distintos. Uno fue la plaza de San José, en Pamplona, donde el gabinete Trama y María Ángeles Mezquíriz descubrieron entre 2007 y 2010 tumbas del cementerio medieval de la catedral. Los otros fueron el núcleo rural de San Roque de las Quintanillas, en Burgos, donde se encontraron 204 tumbas, de las que Pérez Ramallo examinó seis; la zona de Portales 67 de Logroño, en la que aparecieron 54 cuerpos, de los que han estudiado 11; la localidad de Lobera de Onsella, en Zaragoza, donde se halló una necrópolis medieval con 14 tumbas; y la abadía de San Pedro de Siresa, en Huesca, un monasterio románico donde se encontraron los cuerpos de un caballero y un monje. 
El historiador gallego Patxi Pérez Ramallo.
El historiador gallego Patxi Pérez Ramallo
Para tener referencia de cómo comían las élites de la época, estudiaron también los huesos de cuatro notables de esa época de la Edad Media: el conde de Ribargorza Sancho Ramírez, hijo ilegítimo del rey Ramiro de Aragón; San Ramón de Roda, noble nacido en Francia que fue obispo de Barbastro-Roda; Pedro de Librana, primer obispo de Zaragoza, y una princesa aragonesa de identidad desconocida enterrada en el panteón real de San Pedro el Viejo, en Huesca.
Los datos corroboraron lo que se imaginaban. En la ciudad se comía mejor. “Es gracias al comercio, que les hace llegar muchos alimentos”, apunta Patxi Pérez, que en todo caso repara en que en las ciudades han encontrado también individuos muy pobres. “La ciudad es más poblada y también más variada”. 
Por su parte, en el ámbito rural la alimentación era mucho más homogénea, dependiendo de lo que se cultivara en cada lugar. La diferencia esencial es la carne, que en aquellas épocas “es un símbolo de estatus. Según tuvieses dinero podías permitirte más cantidad tanto de carne como de pescado. Y en el ámbito urbano esos burgueses que comienzan a aparecer tenían más medios económicos para pagarlo en el mercado. Las poblaciones rurales, si acaso, tenían lo que aguantara la matanza del cerdo”.
Los estudios de los personajes de la élite, como era de esperar, también reflejan un alto estilo de vida. “De hecho, en los dos obispos hemos visto que su dieta hace honor a su origen social noble, más que a la doctrina cristiana”. En cambio, señala Pérez Ramallo, los huesos de los monjes de la abadía de San Pedro de Siresa, en Huesca, revelan que ellos “comieron muy simple, sin carne, y eso que seguramente eran abades”. En todo caso, el historiador gallego lo achaca más a que aquellos monjes vivieron en el siglo X-XI, antes del apogeo de las ciudades y del “gran cambio” que supuso la mejora de la dieta en las élites.
¿Y los de Pamplona? ¿Cómo comían? “Tenían una dieta bastante buena, y eso que corresponden a habitantes de la Navarrería, de origen local y no de los francos de los otros burgos”.

Sarro o isótopos, la huella de la dieta

Los huesos dejan trazas que dicen mucho de la vida de los muertos. Los isótopos, por ejemplo. Se les llama así a las variaciones que puede haber entre átomos de un mismo elemento y han resultado de una utilidad asombrosa. Bien conocido es el caso del carbono-14, cuya concentración en los restos fósiles permiten averiguar su identidad. De la misma manera, encontrar uno u otro isótopo de carbono y nitrógeno en los huesos es una pista de que un organismo se ha alimentado con más proteínas (carne y pescado) o apenas sin ellas. Pero los isótopos no son el único rastro de dietas pasadas. “Cuando alguien tiene carencias alimentarias, se ven con claridad. Las anemias dejan marcas características en el cráneo. También pueden derivar en un desarrollo incorrecto o en patologías. Encontramos bastantes en el ámbito rural, en San Roque de las Quintanillas o en Lobera de Onsella. Seguramente respondía a no tener una dieta adecuada”, explica Patxi Pérez Ramallo. Por el contrario, la ausencia de anomalías es precisamente un indicio de una buena dieta, que incluyera carne, que aquellos tiempos “nunca fue muy abundante”. “Pero cuando se comen proteínas, no solo carne, sino también pescado o huevos, se nota también en el sarro”.
volver arriba

Activar Notificaciones

Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE