Miradas a la historia

Goya retrató a un baztandarra ilustrado

Miguel de Múzquiz y Goyeneche, I marqués de Villar de Ladrón y I conde de Gausa, fue retratadopor Francisco de Goya en un cuadro que hoy tiene el Banco de España, cuyo antecesor Múzquiz contribuyó a crear

Imagen de una parte del retrato de Goya
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Pello Fernández Oyaregui

Publicado el 06/12/2021 a las 09:14

El retrato de Miguel de Múzquiz y Goyeneche forma parte de la actual exposición titulada: 2328 reales de vellón. Goya y los orígenes de la colección Banco de España en su sede madrileña. Se trata de una excepcional galería de retratos, en su mayoría pintados por el gran genio aragonés, entre los que sobresale el retrato objeto de este artículo.

EL PERSONAJE

Miguel de Múzquiz y Goyeneche nació en la casa Mizkizenea de Elbete ( Baztan), el 15 de enero de 1719. Hijo de Pedro Múzquiz de Arraitz (Ultzama) y de Catalina de Goyeneche Quinquirrena de Elbete. Por su abuelo paterno entroncaba con los Goyeneche de la casa Agerrea de Amaiur; su abuela materna era de la casa Forondarena del mismo Elbete. Pertenecían a esa “hidalguía universal” que los vecinos y moradores de Baztan tenían reconocida por el Apeo General del Reino de Navarra de 1366, ratificados por Carlos III en 1397, por la sentencia de 1440 y confirmada definitivamente por el Príncipe de Viana en 1441.

Múzquiz era ejemplo de esa nobleza segundona que a base de trabajo y constancia lograba escalar hasta los puestos más altos de la carrera política, administrativa, militar y eclesiástica, gracias a esa meritocracia ilustrada de la cual es ejemplo; siendo numerosos los baztandarras, que llegaron a la cúspide del poder controlando los resortes del estado, en lo que en feliz expresión de Caro Baroja, fue la Hora Navarra del XVIII, pero que en gran medida fue Hora Baztandarra. Como bien señala el profesor José Mari Imízcoz, en sus numerosas investigaciones sobre el tema, se trata de una “red clientelar y de un patronazgo familiar”, en el que los prohombres que gozaban de este poder y ya estaban asentados, traían a sus parientes a la corte procurándoles una buena educación y encarrilándoles en la carrera política.

Este fue el caso de Múzquiz, que recibió una esmerada formación y empezó su carrera en la corte desde el más bajo escalafón como paje de bolsa (secretario de despacho) en 1736 con diecisiete años, siendo nombrado posteriormente oficial quinto, tercero, oficial mayor de la secretaría de hacienda, Consejero de Estado, para llegar a su culmen en 1766 como Secretario de Estado de Hacienda (lo que equivale al rango de Ministro en la actualidad), sustituyendo al polémico Esquilache, el cual provocó una serie de revueltas, conocidas por el motín que lleva su mismo nombre.

En total dedicó cuarenta y nueve años a la Secretaría de Hacienda, casi veinte como ministro, a los que hay que añadir otro ministerio como fue la Secretaría de Guerra en 1780, que por primera vez recaía en un civil. Ambos ministerios los mantuvo hasta el mismo momento del fallecimiento.

Además de todo ello, a lo largo de su dilatada carrera política, acumuló un gran número de superintendencias, decanatos, escribanías, siendo un gran hombre de negocios. Múzquiz fue quién recompuso la maltrecha economía, e intento reordenar temas tan importantes como los aranceles, aduanas, reforma fiscal y el intento fracasado de instaurar una contribución única y eficaz.

Su aportación fue decisiva en la creación del Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España), de las Reales Sociedades de Amigos del País, de la Real Compañía de Filipinas, así como de la creación de leyes que persiguieron el contrabando (que él tan bien conocía por su origen baztandarra). No fue partidario como su antecesor Goyeneche de crear industrias estatales, pero sí de su fomento. Con sus medidas recaudatorias recortó los Fueros de Navarra y aumentó la contribución de ésta al estado pero todo ello, por la vía del pacto para no incurrir en contrafuero. Participó en la repoblación de Sierra Morena creando pueblos de nueva planta como el que llevaba su nombre, Muzquia (actual Guarromán - Jaén), de acuerdo con las ideas más igualitarias de la ilustración. Gracias a su intervención, pudo ser comprado el palacio Goyeneche sito en la calle Alcalá 13, como sede de la Academia de San Fernando

En 1749, contrajo matrimonio con doña Ignacia de Clemente y Leoz y tuvieron cinco hijos, a los que procuró buena educación, desarrollaron buenas carreras administrativas y heredaron los títulos nobiliarios. Durante su dilatada vida le fueron concedidos por sus méritos, numerosos títulos: en 1719 ingresó en la Congregación de San Fermín de los Navarros, en 1749 en la Orden de Santiago, en 1767 se le concedió el título del marquesado de Villar de Ladrón (municipio de Cuenca) otorgado por la emperatriz María Teresa de Austria por los servicios prestados, posteriormente, se le concede la Gran Cruz de Carlos III en 1781 y el condado de Gausa (Sagunto) en 1783.

Fue hombre de gran cultura y conocimiento de la literatura clásica, estudió la obras de Tácito: Las Historias y Los Anales, de donde extrajo modelos biográficos y pautas para el buen gobierno: “Omnia scire, non omnia exequi” es decir “saber todas las cosas, pero no ejecutarlas todas”. Así mismo, recitaba de memoria pasajes de Virgilio: las Bucólicas, las Geórgicas, la Eneida y, de Ovidio, Metamorfosis y su Ars Amandi; en estas últimas obras se exaltaba la naturaleza como bien supremo, que le retrotraía a su idílico Baztan.

Múzquiz tuvo detractores y fervientes defensores. Entre los primeros, destacaron los embajadores austriaco y francés, que le acusaban de falta de capacidad para las reformas, de desconfiado y de ausencia de inteligencia y sagacidad. No parecen muy justas estas críticas para el que fue inspirador y ejecutor de muchas de las reformas ilustradas del reinado de Carlos III.

Muchos más fueros sus admiradores que no escatimaron en elogios, así el Conde Fernan Nuñez en su obra Vida de Carlos III, habla de la prosperidad que trajo en lo económico; los ilustrados Campomanes, Andrés Muriel, y Antonio Ferrer del Río exaltan su espíritu ilustrado, rectitud y honradez, que es lo mejor que se puede decir de quién dedicó toda su vida a la Hacienda y al estado. Canga Argüelles, lo califica como uno de los mejores ministros de Hacienda, pero fue sin duda Cabarrús, autor de su Elogio Fúnebre el 24 de diciembre de 1785, que fue leído en presencia del rey, quién consagró a Múzquiz como protagonista y ejecutor del programa económico ilustrado.

El 21 de enero de 1785 murió este ilustre baztandarra en el Real Sitio del Pardo. Dos años más tarde, se inauguró su sepulcro en la capilla de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia de los Dominicos del Colegio de Santo Tomás, que constaba de un busto y un epitafio escrito por Campomanes. Tras sufrir un incendio desapareció definitivamente en 1876.

ANÁLISIS PICTÓRICO DE LA OBRA

Se trata de un retrato de cuerpo entero ejecutado al óleo, de formato vertical (200 x 100 cm), perteneciente a la colección del marqués de Casas Torres y adquirido por el Banco de España en 1993. Existen otras dos versiones igualmente realizadas por Goya, un retrato de tres cuartos de la colección José Lázaro, y otro de medio cuerpo en otra colección particular de Fráncfort: Además, realizó un dibujo con grafito y tiza, subastado en 2006 en la galería Sotheby’s.

Sobre este dibujo, Fernando Selma realizó un grabado coetáneo que ha tenido mucha difusión. Este retrato como muchos de esta época, deja sólo una mano visible, ya que el otro brazo del cual emerge el sombrero, permanece en claroscuro, esto facilitaba la ejecución y abarataba el precio que debió de estar cerca de la astronómica cifra de los 4000 reales de vellón.

Es uno de los primeros retratos cortesanos de Goya, de carácter oficial, seguramente destinado al ministerio de Hacienda, que rompe con la frialdad del retrato de aparato para acercarnos al personaje real. Si por un lado presenta algunos convencionalismos arcaizantes como la cortina del fondo o la disposición del mobiliario que le dan ese carácter elegante y refinado, por otro se muestra innovador en la expresión y cercanía del personaje. Múzquiz se hace retratar en el interior de su despacho ambientado por su mobiliario, a través del cual enfatiza las calidades de los objetos. La mesa de madera dorada y labrada, presenta una rica decoración de guirnaldas, rocallas y bucráneos, así como el claveteado del sillón. Otro de los aciertos es la colocación del personaje, que aparece erguido y bien plantado con los pies en ángulo en medio de la estancia. El magistral tratamiento de los claroscuros da corporeidad y prestancia al personaje y a su proyectada sombra; retrotrayéndonos a su admirado Velázquez. El suelo de baldosas en forma de damero, enfatiza y enmarca el espacio perspectivo.

La preparación del fondo del lienzo es de un tono rojizo que se aprecia en distintas zonas del cuadro, dándole calidez ambiental a la estancia. El cuerpo rechoncho de la figura, aparece ligeramente ladeado hacia la derecha y el rostro hacia el lado contrario, rompiendo así la frontalidad y dando una ligera sensación de movimiento. El brazo y mano escorzados, sostienen un papel o memorial que acercan la figura al espectador. Es una obra técnicamente perfecta, de gran refinamiento y sutileza, con un dominio total y absoluto de la perspectiva, de la luz y de la sombra, haciendo creíble ese espacio que lo sentimos como real.

El tratamiento de la indumentaria típica de los cortesanos dieciochescos, contribuye a ese refinamiento y posibilita los virtuosismos y alardes técnicos del pintor. Cuerpo, rostro y ropaje están construidos con esa alternancia de luces y sombras que lo hacen verosímil. La gama cromática de la indumentaria, presenta unos tonos rosas, malvas y granates muy armónicos y de gran elegancia. La casaca de seda tornasolada, bordada con hilos de plata, el brillo de las medias de seda blanca, así como las hebillas de los zapatos o la empuñadura de la espada, enfatizan ese preciosismo tan característico de Goya. Así mismo, destacan las condecoraciones de la banda azul y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, junto a la insignia y encomienda de la Orden de Santiago. Toda la obra está ejecutada con una pincelada segura, bien empastada y con relieves, que se combinan con otras pinceladas cortas para los más nimios detalles.

CARACTERIZACIÓN PSICOLÓGICA

Goya concentra toda su atención en el rostro, que aparece bien iluminado y definido. Este pintor además de la perfección formal y de conseguir el parecido del retratado, no se queda en su apariencia física, sino que como buen psicólogo, penetra en el interior del personaje, horada su alma y nos lo refleja en su rostro, siendo expresión de todo ello la profunda mirada de Múzquiz.

Goya conocía bien al retratado que por sus cargos en Hacienda, realizó las libranzas de sus pagos; de hecho el propio pintor, comunica con gran pesar a su amigo Martín Zapater la muerte de Múzquiz y así lo plasma en el interés, cariño y afecto con que trata al personaje. Lo presenta como un hombre bondadoso, apacible, extremadamente prudente y conciliador como buen negociador que era, a la vez que astuto, sagaz e inteligente, todo ello lo podemos incluir en esa condición y esencia que define al carácter de Baztan, que denominamos “tuku -tuku”. En este retrato tenía 64 años, se nos presenta ya viejo, enfermo, cargado de hombros y abatido después de haber dedicado toda una vida a la política. Su mirada denota tristeza, cansancio y melancolía, no en vano, estaba en un final difícil por las dificultades económicas del estado, a causa de la guerra contra Inglaterra por la independencia de las trece colonias americanas y por las desgracias personales, como fueron la prematura muerte de su hijo Félix y la de sus amigos más cercanos. Así lo reflejó magistralmente Goya en este gran retrato.

De esta manera podemos decir, que difícilmente se puede entender la política ilustrada de Carlos III sin nuestro protagonista, aunque la historia haya sido injusta con este ilustre baztandarra en favor de los otros grandes políticos de este mismo reinado como fueron: Floridablanca, Campomanes, Cabarrús, Ensenada, Aranda etc. Sólo Goya con los retratos de Múzquiz, lo encumbró a ese Olimpo de ilustrados de donde nunca debió faltar.

Pello Fernández Oyaregui Historiador del Arte y presidente de la Fundación Ciga

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