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El púlsar llegó tras el síndrome del impostor

La astrónoma Jocelyn Bell Burnell, descubridora de una peculiar estrella de neutrones, narró este martes en la UPNA su trayectoria en unos tiempos donde la mujer era muy minoritaria en la ciencia

Jocelyn Bell Burnell, en la pantalla, parece querer coger el contrabajo que adornaba el escenario de El Sario donde tuvo lugar la charla
Jocelyn Bell Burnell, en la pantalla, parece querer coger el contrabajo que adornaba el escenario de El Sario donde tuvo lugar la charlajesús caso
Publicado el 10/11/2021 a las 06:00
A los 13 años supo que iba a ser astrónoma. Jocelyn Bell Burnell estudiaba entonces el movimiento circular en el colegio y leía un libro del científico Fred Hoyle que explicaba cómo giran la galaxias. “Vi entonces que era algo que lo que se podía aplicar lo que aprendía en Física. Y me dije: Voy a ser astrónoma”. Consiguió eso y algo más. Bell Burnell (Belfast, Irlanda del Norte, 1943) descubrió años después la primera señal de un púlsar, un tipo de estrella que emite intensas radiaciones a periodos tan exactos que se estudia si pueden servir para crear una especie de GPS del espacio. El hallazgo de Bell fue tan notable que dio para un premio Nobel pero no lo ganó ella, sino que se lo dieron al profesor que entonces dirigía su tesis, Antony Hewiss, y que fue el primer firmante del artículo en el que contaban el descubrimiento. En su momento, 1967, el hallazgo de estos pulsos causó sensación y todo tipo de especulaciones, incluidas las que decían sin fundamento que las señales procedían de civilizaciones extraterrestres.
A pesar de esa vocación temprana, Bell Burnell no lo tuvo fácil. Sufrió la vieja ‘tradición’ británica de que a las mujeres, cuando entraban en un aula, los hombres les silbaran y les dedicaran ruidos diversos. Con el agravante de que ella era la única en una clase de 50. “Aprendí cómo no ruborizarme”. En Cambridge sufrió lo que se ha denominado el ‘síndrome del impostor’, el de los estudiantes que se sienten fuera de lugar, rodeados “de jóvenes inteligentes que tienen claro que tienen derecho a estar en esa universidad, cuando tú no lo piensas y crees que se han equivocado y que te van a acabar echando”.
No la echaron, claro. Ni ella se fue. Construyó su propio radiotelescopio, y con él captó la señal del púlsar. Bell Burnell narró todas esas vivencias ayer, en una conferencia on line que ofreció en la Universidad Pública de Navarra, en el marco de las Semanas de la Ciencia de Navarra y del homenaje que el centro educativo le ha brindado bautizando con su nombre el radiotelescopio que funciona junto a El Sario, el más grande que tiene una universidad española.
TIEMPO DE TRANSICIÓN
No se habló en exceso de ciencia en la conferencia, que se pudo seguir tanto de modo presencial en El Sario como a través del canal de YouTube de la UPNA. Bell Burnell contó sobre todo su vida, la de una científica de una generación de transición, entre los tiempos en los que se consideraba que la mujer debía dedicarse a ser esposa y madre, a otros en los que sí se podía labrar una carrera.
De niña, con 11 o 12 años, suspendió un examen clave, el que determinaba en Gran Bretaña quién seguía una carrera más académica y quien otra más profesional. Pero sus padres, que querían llevarla a un internado más tarde, lograron que siguiera en el instituto. “Pero el primer día a las niñas nos llevaban las clases de cocina y de bordar. Fue indignante. Y mis padres se enfadaron, de modo que al día siguiente estábamos tres niñas en la clase de ciencias. El profesor nos miraba como si nos considerara peligrosas”.
Después de pasar los silbidos masculinos, superar el síndrome del impostor y hacer un descubrimiento notable, Bell Burnell se casó con un funcionario, cuya promoción exigía trasladarse de un lugar a otro, y llevó también a la científica a cambiar de ocupaciones. “Más que una carrera la mía fue una sucesión de empleos”, explicó. “He hecho de todo. He estudiado señales de todo el espectro electromagnético, he sido jefa de departamento, relaciones públicas…”, enumeró la norirlandesa, que hizo hincapié en que se ha comprobado que los equipos con mayor variedad de perfiles, que mezclan hombres y mujeres, razas y circunstancias, funcionan mejor.
MUJER Y CIENCIA
El turno de preguntas sirvió a Jocelyn Bell Burnett para hablar de la participación de la mujer en la ciencia y la tecnología. Señaló que la influencia social está detrás de que haya menos ingenieras, matemáticas o científicas en general. Y lanzó varias ideas que ella ha encontrado útiles en Gran Bretaña. Una, que los colegiales puedan ver carteles y otros materiales sobre mujeres ingenieras y científicas, para que las niñas “vean que ellas también pueden serlo”. O que se creen premios para las universidades más “amables con las mujeres”. “Hace que al final quienes donan dinero a la universidad pregunten sobre cuántas mujeres estudian allí. Es supone una presión”. O campañas como otra que se llevó a cabo en Gran Bretaña para “dejar a los juguetes que sean juguetes” y no ocurra que haya unos dirigidos a niñas, “que buscan hacerlas atractivas y pasivas” y otros para niños, “que fomentan el liderazgo y la destreza”.
También se le preguntó a la astrónoma sobre su posición sobre Dios y la ciencia. Bell Burnell señaló que ella sigue la doctrina cuáquera (una comunidad de origen protestante que surgió en Gran Bretaña), que “no te dice qué se debe creer sobre Dios y la ciencia y cómo encajan, sino que lo resuelvas por ti mismo”.
La conferencia fue presidida por el consejero de Universidad, Innovación y Transformación Digital, Juan Cruz Cigudosa García; la directora de Cultura y Divulgación de la UPNA, Gurutze Pérez Artieda y la profesora del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación Silvia Díaz Lucas, miembro del Club de Amigos de la Ciencia y una de las impulsoras del radiotelescopio de la UPNA, en el que se ha colocado una placa dedicada a Jocely Bell Burnett. Esta herramienta no solo servirá para que lo utilicen investigadores de áreas como la ingeniería eléctrica, telecomunicación, informática..., sino también estudiantes, que, en un futuro, podrán centrar sus trabajos fin de grado o fin de máster en los distintos aspectos del proyecto.

“Pulso, pulso, pulso, pulso”

Recreación artística de un púlsar
Recreación artística de un púlsarnasa
Jocelyn Bell Burnell no solo supo bien pronto que iba a ser astrónoma; también decidió que iba a ser radioastrónoma, los científicos que estudian las ondas de radio que llegan desde el espacio. “No te obliga a trabajar solo por la noche, puedes hacerlo por el día. Y yo necesitaba dormir”.
Ella misma construyó un radiotelescopio, muy diferente a los más habituales como el de la UPNA que lleva su nombre, que cuenta con una antena parabólica de 4,5 metros de diámetro. El que a lo largo de dos años desarrolló Bell Burnell ocupaba un gran terreno, de 1,8 hectáreas, en el que plantaron unas 2.000 antenas parecidas a las de televisión.
Los años 60 eran tiempos casi sin ordenadores. En Cambridge había solo uno, “con menos memoria que cualquier portátil de hoy”, por lo que todos los datos del radiotelescopio se imprimían en rollos de papel milimetrado. Cada día vez que el radiotelescopio barría el cielo le daba 120 metros de papel. En total, recordó, juntó 5 kilómetros de rollo.
En realidad, su intención era rastrear cuásares, los objetos más brillantes conocidos del universo, que en aquel tiempo “estaban de moda”. Su búsqueda, obstaculizada por las interferencias que causaban hasta los coches y los aviones, dio con una anomalía, muy pequeña, como “10 partes de un millón”, que decidió ampliar para examinarlo mejor. Eran marcas periódicas, “pulso, pulso, pulso, pulso”. Era el primero de los cuatro púlsares que descubrió. Se trata de estrellas de neutrones muy pequeñas, de apenas 10 kilómetros de diámetro, que giran a toda velocidad, y cuentan con un potentísimo campo magnético, del que sale despedida, con una cadencia muy constante, una emisión de radiación electromagnética, un pulso. “Hoy se conocen unos 3.000”, señalaba la científica norirlandesa.
Tan exacta es la periodicidad de esos pulsos que incluso se baraja que puedan servir como un GPS del espacio. “Podría funcionar”, avaló Bell Burnell. De igual manera que los GPS de hoy calculan una localización a partir de la posición de tres satélites, una nave podría navegar guiándose por la posición de tres púlsares. “El único problema hoy es que para eso se necesita un radiotelescopio muy grande”.
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