Novela
Irene Solà: “A veces hay que ‘narrativizar’ lo que tenemos alrededor para entenderlo”
La autora catalana participó el jueves en Letraheridas a partir de ‘Canto yo y la montaña baila’, una novela con 18 voces, algunas humanas y otras no


Publicado el 31/10/2021 a las 06:00
Dice que lucha la tilde de su segundo apellido porque si no cambia totalmente el significado: Sola, sin acento, sería en catalán “que está solad”, mientras que Solà, “un lugar soleado”. De modo que Irene Solà Saez tiene un apellido poético, como lo es su segunda novela, Canto yo y la montaña baila, que este sábado le llevó a Letraheridas. Nacida en Malla (Barcelona), ha vuelto a instalarse en este pueblo de 260 habitantes y que abandonó con 18 años para ir a estudiar a la capital condal, luego a la de Islandia (Reikiavik) y más tarde a dos ciudades inglesas (Brighton y Londres). En Canto yo y la montaña baila (Anagrama, 2019) toman la palabra mujeres y hombres, fantasmas y mujeres de agua, nubes y setas, perros y corzos que habitan entre Camprodon y Prats de Molló, en los Pirineos. Ha recibido el premio de Literatura de la Unión Europea para España, el Llibres Anagrama, el Núvol y el Cálamo.
Suele ocurrir que quien se va de su lugar de origen, y más si es pequeño, no regrese hasta muchos años después, igual con la jubilación, al contrario que usted.
Tiene mucho que ver con circunstancias, con aprendizajes. Malla es un pueblo pequeño, diseminado, donde no hay calles ni tiendas, un pueblo muy rural al ladísimo de Vic, una ciudad muy grande. Y me marché de allí con muchas ganas de vivir en ciudades muy grandes, con esa sensación de que las historias de verdad, las universales y trascendentales, las que iban a conectar con todo el mundo, pasaban en sitios muy lejos, en Nueva York, en Londres, en Barcelona... Durante más de diez años viví en grandes ciudades y me encantó. Fui muy feliz en Barcelona; me apasionó Riakiavik y aprendí muchas cosas; tuve vida de estudiante, muy divertida y relajada, en Brighton, y en Londres, más dura, más bestia, pero con un alimento que te da la ciudad inagotable. Allí escribí las dos novelas, Los diques, terminando el máster, y Canto yo y baila la montaña, mientras trabajaba en un centro de arte contemporáneo.
Y si tan buena estaba siendo la experiencia, ¿por qué volvió?
Me di cuenta de que no quería quedarme para siempre en Londres. Está bien vivir en Londres mientras seas tú quien exprime la ciudad. Pero cuando la exprimida comienzas a ser tú, debes irte. Si quería escribir, tenía mucho sentido situarme en un lugar donde la escritura pudiera estar en el centro de mi vida. Y eso no podía darse en Londres, donde para mantener el ritmo de vida debes trabajar mucho de otras cosas además de escribir, que pones en los márgenes de tu vida. No quería eso para siempre, y me apeteció regresar a Cataluña y hacerlo a un lugar desde el que dedicar la mayor parte de mi tiempo y de mis energías a mi producción literaria y artística.
Ya en Malla, ¿qué piensa de dónde están las grandes historias?
Mucho antes de regresar me di cuenta de que mi preconcepción era muy al principio de vivir fuera. Los diques ya plantea la mirada de quien ha estado un tiempo fuera y regresa a su pueblo. Me interesaba ese girar la mirada allí de donde vienes y me di cuenta de que podía contar historias universales y trascendentales y que apelen y conecten con lectores de todo el mundo, pues creo que cuanto más específico, más universal. Y Canto yo y la montaña baila parte de mis ganas de investigar, de explorar, de aprender y de reflexionar alrededor de ideas muy universales: el antropocentrismo, la voz, la perspectiva, quién cuenta las historias y desde dónde, el concepto de naturaleza...
¿Qué aprendió en Reikiavik?
Por un lado, algo que había empezado a aprender en Barcelona: producir tus propias ideas sin que nadie te haya pedido que lo hagas; agarrarte a un interés que es solo tuyo, dedicarle todo tu tiempo y energía y convertirlo en lo que tú quieras. Además, hay mucho de historias, cuentos, narrativa oral, folclore, canciones..., y me encantaba que mis amigos islandeses me contaran historias de elfos y de gnomos, de fantasmas y gigantes, y cómo lo hacían: con mucha naturalidad, sin vergüenza, con un punto de orgullo y felicidad. Decidí que iba a formar parte de lo que yo escribiera.
Una novela con 18 voces, unas humanas, otras las de un corzo, unas setas, unas nubes, la montaña... ¿Esto es la libertad imaginativa por excelencia?
[ríe] Te diría que me di mucha libertad al escribir este libro. Lo hice desde el juego y la diversión y me lo pasé muy bien. Quise intentar mirar un trozo de mundo desde todas las perspectivas posibles, pasearme por él, contarlo y entenderlo desde todas estas voces, y por eso no iban a ser solo voces humanas. Además quise intentar imaginar a la vez todo lo que había ocurrido en un mismo sitio, humano o no, real o no, literario o no. Esto me ha permitido dar perspectiva a hablar de la muerte, de la violencia o del tiempo desde maneras de entenderlos muy distintas. Esta novela está escrita para que cada lector elija hasta qué punto quiere escarbar: se puede leer solo intentando entender la historia o parándose en ciertos sitios y reflexionando sobre algunas idea.
¿Y cuánto escarba usted?
Cuando trabajo, mucho. Estudié Bellas Artes y mi manera de trabajar bebe mucho de las metodologías del arte contemporáneo, y eso significa que empiezo por el escarbar e investigar mucho antes que con la construcción de la novela. No qué voy a escribir, cómo la voy a estructurar, qué personajes va a haber en ella y qué les va a pasar, sino intentando entender qué me interesa, qué quiero aprender, qué preguntas quiero hacer, qué ideas y conceptos quiero macerar durante los meses y años que voy a tardar en escribir la novela.
“Los de ciudad vivimos rebajados con agua, pero aquí se vive todos los días”, dice una de esas voces, un excursionista llegado a Camprodon desde Barcelona.
Para mí era interesante este personaje porque da la información de que uno de los protagonistas ha muerto. Pero está tan desconectado de lo que tiene delante y se relaciona con ese lugar desde otro tan bucolizado y romantizado que no es capaz de entender lo que de verdad está pasando, un funeral. Y quise dejar en evidencia que esto pasa muy a menudo. Este capítulo es ironía pura: estoy señalándonos a todos cuando viajamos y vemos los lugares como decorados, no entendiendo ni queriendo entender que son reales, en ellos viven personas reales y el paso de turistas por ellos tienen consecuencias reales.
En el libro hay tragedia, dolor y drama pero no se conocen por quien los sufre, sino por esas otras voces. Las distintas percepciones...
Aquí está la idea de cómo se construyen las historias y quién las cuenta. A veces tenemos que narrativizar lo que tenemos a nuestro alrededor para entenderlo, para fijar, para que quede. En el caso de las mujeres acusadas de brujería, supe que debía estar aquí este capítulo, que permite reflexionar sobre qué historias han llegado hasta nosotros, qué voces hemos escuchado y cuáles no. Se conservan muchísimos documentos, pero todos están escritos por señores que detuvieron a estas mujeres, las torturaron y asesinaron. Y me pregunto, ¿es así o es lo que estos señores quisieron que nos llegara?
DNI
Irene Solà Saez (Molla, Barcelona, 17 de agosto de 1990, 31 años) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona y tiene un Máster en Literatura, Cine y Cultura Visual por la Universidad de Sussex. Autora de las novelas Los diques (Premio Documenta 2017) y Canto yo y la montaña baila, su libro de poemas Bèstia (Galerada, 2012) recibió el Premio de Poesía Amadeu Oller y ha sido traducido a varios idiomas. Sus textos y obras se han expuesto y leído en el CCCB, la Whitechapel Gallery y el Jerwood Arts Centre, el Bòlit, el ACVIC, la Galería JosédelaFuente y el Festival Poesia i +, entre otros.