Desde el Kursaal

La combustión de la ira

La audiencia acompaña a un escritor en su ascenso a la cima de la notoriedad y asiste a su inmediato descalabro

Presentación de la película 'Arthur Rambo'
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Presentación de la película 'Arthur Rambo'
Presentación de la película 'Arthur Rambo'

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Asier Gil

Publicado el 20/09/2021 a las 06:00

Todos sabemos que, desde hace años, Twitter se ha convertido en un campo minado al que se accede por puro apego al riesgo: o esperas descubrir a qué alma en pena le estallará la siguiente polémica, o miras bajo tus pies para comprobar si te ha llegado el turno de arder. Con las mimbres de esta tesitura, el francés Laurent Cantet urde en Arthur Rambo una trama que, en el primer nivel de lectura, entronca con la denominada cultura de la cancelación, aunque resulta mucho más sugestivo su acercamiento a la profusión del odio que se expande como un virus a través de las redes sociales.

En apenas cinco minutos, la audiencia acompaña a un escritor en su ascenso a la cima de la notoriedad y asiste a su inmediato descalabro después de revelarse que, en su época de adolescencia, incendió el mundo digital escondido tras un pseudónimo que vertía mensajes hirientes y ávidos de controversia; precisamente, aquello contra lo que arremete en su fulgurante libro. Con esta premisa, el filme capta con efectividad el clima que acontece cuando quienes conducen a la opinión pública señalan con el dedo, y la turba de perfiles anónimos sacude a continuación la dimensión paralela en la que cohabitamos, consiguiendo que las consecuencias del terremoto traspasen el cristal de los móviles y causen estragos en la vida real.

El respetable queda atrapado por esta espiral de destrucción, gracias a que la cinta reproduce la tensión de una forma muy meritoria, incrementando una sensación de asfixia que salta con facilidad del plano laborar al de las amistades y, finalmente, al familiar. Sin embargo, la confrontación y el ahogo que sufre su protagonista se llevan a extremos demasiado radicales, lo que provoca la pérdida de esa veracidad que transformaba en relevantes las secuencias iniciales. Tal límite se atraviesa que, en un desenlace maniqueo, el cineasta galo echa a perder sus pretensiones de sentar cátedra acerca de los peligros de la exaltación. El boquete de artificio se manifiesta tan excesivo que el largometraje al completo renquea y termina desmoronándose.

Al menos, atesora en su comienzo una proposición atractiva, al contrario que As in Heaven, la ópera prima de la danesa Tea Lindeburg. Por alguna razón, en Dinamarca existe cierta predilección por asomarse al poder casi omnipotente y con aura amenazadora que ha poseído la religión en períodos pasados para influenciar el devenir de las personas. Así que cuando uno se percata de que la película se sitúa a finales del siglo XIX en una granja dominada por la superstición y donde una niña ha de experimentar en sus carnes la congoja de alcanzar la edad adulta, se pueden anticipar los temas, su tratamiento, las reiteraciones, la puesta en escena, la elección de planos, su duración y, en definitiva, la serie entera de pasos que van a señalizar el camino.

No se atisbaba, en cambio, que la propuesta fallara estrepitosamente en el desarrollo y la evolución de la condición de la joven. Como cabía aguardar, las imágenes pronto abandonan el tono bucólico para penetrar en esa atmósfera sobrecogedora en la que los designios de Dios y los sueños marcan el trazado a seguir, según la tradición fílmica escandinava. También comparece el alegato que subraya el papel femenino en la familia, ya que a los hombres se los empuja fuera del argumento y en los capítulos solo aparecen mujeres pariendo, criando, alimentando y sosteniendo el peso de la comunidad. El problema radica en que la pretendida maduración que padece el rol principal se antoja falseada, ya que en la antesala del fundido a negro aún conserva los impulsos de la niñez.

El Zinemaldia cerró la jornada con Blue Moon, el debut de la directora rumana Alina Grigore, que para su primer trabajo intenta captar la deshumanización de una veinteañera que trata de escapar del violento seno de un clan desestructurado y salir en busca de una educación superior.

El objetivo anterior, no obstante, cae preso de un caos narrativo fenomenal, que impide al espectador empatizar con ella y comprender los dislates agresivos de un hogar purulento. La cámara al hombro que emplea la realizadora de Bucarest para potenciar las sensaciones de vorágine de las peleas cumple su misión de enardecer las ansias de liberación, pero las situaciones suscitan semejante volumen de irrealidad y se ven lastradas por comportamientos tan absurdos que la pantalla se vuelve una frontera infranqueable.

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