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ENTREVISTA

Eduardo Laporte: “No escribes un diario para quedar bien, sino para mostrar tus flaquezas”

El autor pamplonés vuelca sus inquietudes y sentimientos de los últimos cuatro años en ‘Tiempo ordinario’, donde ha encontrado su carril en “un viaje de las zozobras a una liberación”

Eduardo Laporte reside en Madrid desde 2005.
    Publicado el 02/06/2021 a las 06:00
    Eduardo Laporte Miqueleiz ha vuelto a publicar un diario. Y al igual que el anterior, 'Diarios' (Pamiela), que recogía los años 2015 y 2016, reconoce que “en el fondo es poco diario” y “más bien una serie de retazos de vida, una especie de caja de resonancia de obsesiones y rumias de cada época”. Sobre los años 2017 a 2020 y titulado 'Tiempo ordinario', está presente una búsqueda espiritual, la instalación en un barrio nuevo como Vallecas, un paisaje humano distinto, las luchas profesionales de siempre, una indagación en su posición como escritor...
    En mis diarios hay ante todo una defensa de la libertad personal y de ser dueño de tu destino, a veces un poco contra corriente, a veces contra el sistema y contra convicciones de lo que hay que hacer a cierta edad”. Lo ha publicado con Papeles mínimos, una editorial “muy artesana” y en cuyo editor, Imanol Bértolo, ve “un cómplice”. Amante confeso de la literatura del yo, reconoce que se ha hecho “un converso en la ficción que antes denostaba”. “Veo en ella una realidad mejorada que la autobiografía no te da por su dependencia de los hechos”.

    ¿Por qué escribir?
    Para leer por primera vez de verdad, como si el propio hecho de escribir te detuviera y te hiciera ver tu pensamiento con una atención plena. Para realizar una introspección relativamente plena, para alcanzar una intimidad. Y también porque uno se considera capacitado o autorizado para decir lo que piensa, como si su pensamiento tuviera algo de valor. Esto suena soberbio, pero escribir es también hacer política, en sentido muy amplio: querer comunicar algo por considerar que hay que decirlo.

    Usted ha trasladado al papel sus pensamientos, pero filtrados.
    Decía Pedro Huarte que un buen diario es una inteligencia en movimiento, que me gusta como definición de este proyecto a largo plazo. Son filtrados y, a veces, los que la mente recupera. No soy de tomar notas: va al diario aquello que vuelve, como si el diario fuera una especie de tabla de salvación o un rescate de situaciones o pequeñas revelaciones cotidianas. Antes se me ha ocurrido algo un poco cursi: el diario puede ser una especie de radiografía del alma de una época concreta y de un estado mental concreto.

    ¿Por qué le parece cursi?
    No sé. La palabra alma no está de moda...

    Pues, leyéndole, el alma parece una palabra unida a usted.
    Porque yo tampoco estoy de moda [ríe]. Soy consciente de eso y me siento cómodo en esa marginalidad. Aunque hago cosas sin una estrategia, sino con mera honestidad creativa y sin saber si luego eso puede o no encajar, me gusta salir del armario de ciertos tabúes y romper estereotipos. En el diario se ve una inclinación hacia temas religiosos que hoy pueden sonar un poco estrafalarios en alguien que tampoco pertenece a una tradición católica. ¿Y por qué? Porque busco el alma de las cosas, que puedes encontrar en lo sagrado y en lo profano. De ahí el nombre del diario, Tiempo ordinario, un tiempo en el que, a pesar de no haber fiestas ni grandes homenajes, uno sigue buscando el alma. Se trata de mirar el mundo con asombro, y eso tiene que ver con el alma de las cosas.

    Es un diario sin casi actualidad.
    Aunque al final se cuela un poco la pandemia porque es vida y muerte, hay poca actualidad. La cosa pública es un poco intrusiva y casi agresiva, así que el diario es un espacio de protección y salvaguarda contra ese mundo algo violento y con tragedias, golpes de estado, hambre y problemas. Es una especie de confort del alma, una pequeña torre de marfil en la que estás protegido y creando tu propio mundo, como un Twitter de uno en el que dices lo que quieres y nadie te discute, replica o lincha.

    En el diario se dice asimismo que no habla de sus estados de ánimo. Ya terminado, ¿se ha encontrado una evolución?
    Este libro es un intento de abandonar a cierto vagabundo que no tenía claro qué era o hacia dónde iba por un peregrino que no está tan desubicado porque ciertas luces le guían. Me ha costado pero poco a poco he encontrado mi carril. Todo diario tiene pretensión de ir hacia la luz y salir de tus nieblas, y este es un viaje de las zozobras a una liberación, a la conquista de una seguridad. El diario debe ser una especie de termómetro vital. No lo escribes para quedar bien, sino lo contrario: para desnudarte y mostrarte con tus vulnerabilidades y flaquezas. Un diario que fuera un cúmulo de éxitos sería insoportable.

    Dice que valora cada vez más ese tiempo ordinario en el que los días son igual de importantes porque es un periodo de felicidad tranquila. ¿Lo vive ahora?
    Antes de la pandemia anhelaba un periodo de retiro y tenía previsto desaparecer de la rueda social y tener muchos martes y días ordinarios sin fiestas ni jaleos. Y lo tuvimos todos Creo que nos ha venido bien porque necesitamos bajar las revoluciones. La gran conquista es que cualquier día tenga valor y que cualquier cosa que hagas, ya sea descanso o trabajo, suponga un placer: tanto la lectura como la escritura, lo físico como lo intelectual. Esto es como el corazón que late: vale tanto la sístole como la diástole.
    DNI
    Eduardo Laporte Miqueleiz (Pamplona, 19 de junio de 1979, 41 años) vive en Madrid desde 2005. Periodista “de título” por la UN, le gusta definirse como redactor. Soltero “militante”, escribe en Coverture y diferentes periódicos y revistas. Es autor de Postales del naufragio digital; Luz de noviembre, por la tarde; Habana 2009 (una editorial de EE UU va a publicar esta crónica en Miami con el título Dentro Habana); La tabla; Diarios (2015-2016), y Barojiano y todo lo contrario.
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