

Carlos IV, el príncipe capturado (II)
Poeta, escritor, humanista, dejó como legado las Crónicas de los Reyes de Navarra. Su padre lo mantuvo dos años encerrado tras la derrota de Aibar, en 1451. Su hermana Blanca fue el único apoyo que tuvo por esa época.
Actualizado el 28/05/2021 a las 06:00
Don Juan, rey de Aragón y padre de Carlos, príncipe de Viana, permaneció en Olite un año en 1447, haciendo y deshaciendo a su antojo. Ordenó elaborar un estudio minucioso de las finanzas del reino y siguió colocando a sus afines en los puestos más relevantes del reino, relegando a cuantos simpatizaban con su hijo.
Las Cortes de Navarra le concedieron veintisiete mil florines. Aprovechando que Juan tenía que ausentarse para ir a Aragón, el príncipe también hizo una petición a las Cortes con la excusa de unirse a su padre. Consiguió mil florines, pero en vez de seguir la estela de su progenitor, huyó a Guipúzcoa y se puso bajo la protección del rey castellano.
Apoyaban al joven príncipe Luis de Beaumont, el tesorero Juan Ibáñez de Monreal, Martín de Monguelos, Jimeno de Unzué y Juan de Luxa, quien se sublevó en San Juan de Pie de Puerto.
Incómodo con la situación, a don Juan solo le preocupaba tener a su hijo bajo control. Para ello envió a fray Ochoa de Gascue y fray Ochoa de Ochagavía para convencer a su hijo de su retorno. Sin embargo, los frailes fueron asaltados por el camino y nunca llegaron a su destino. Envió después al notario de Pamplona, Rodrigo de Amix.
Mientras esperaba su respuesta, don Juan preparó a sus ejércitos y ordenó que se pusiera sitio a San Juan de Pie de Puerto. Luis de Beaumont tomó Oteiza en nombre del príncipe. La situación estaba llegando a un punto de fuerte presión cuando Carlos, convencido por Juan Ibáñez de Monreal, decidió poner fin a su exilio. En abril de 1450, después de nueve meses, Carlos regresó a Navarra.
Las tropas castellanas, tras la reconciliación entre Juan II de Castilla y su hijo Enrique, asomaron por las fronteras de Navarra y penetraron hasta Estella, ciudad a la que pusieron sitio. Mientras don Juan partía hacia Aragón para conseguir tropas y dinero y continuar con su guerra, Carlos se entrevistaba con Enrique para firmar la paz. Carlos la refrendó el 7 de septiembre y los castellanos lo hicieron al día siguiente desde su campamento de Puente la Reina. “Según este tratado, los castellanos se irían de Navarra, pero auxiliarían a Carlos en su enfrentamiento inminente con su padre, a quien expulsarían del reino”, explica Eloísa Ramírez.
Las consecuencias de esta decisión fueron durísimas para Carlos.
DERROTADO EN AIBAR
Los castellanos abandonaron Navarra sabiendo que acababan de prender la llama de un largo conflicto. Don Juan, con las tropas que había reclutado en Aragón para enfrentarse a los castellanos, se dispuso a atacar a los propios navarros, preparando el enfrentamiento contra su hijo a conciencia. Los agramonteses se alinearon al lado de don Juan y los beaumonteses arroparon al Príncipe de Viana .
Don Juan envió mensajeros a Castilla para enterarse de lo que había firmado Carlos con el rey y nombró a su esposa, Juana, lugarteniente del reino. Ramírez llama la atención de la diferencia de caracteres entre padre e hijo. Carlos era pacífico, huía de los conflictos, intrigas y luchas de poder, mientras que su padre era belicoso por naturaleza y llevaba muchos años de conflictos armados. No es de extrañar que el Príncipe de Viana intentara llegar a una negociación antes de entablar batalla. Solicitó una entrevista y envió una embajada para negociar un perdón. “El príncipe solicitaba una amnistía total para él y sus seguidores, la devolución de todo lo confiscado y la aceptación, por parte del rey, del tratado firmado con los castellanos”. También insistía en el hecho de que fuera él el único lugarteniente del reino y apelaba a la presencia del rey de Castilla y de su hijo Enrique como garantía del compromiso. Parece que don Juan estuvo dispuesto a aceptar las peticiones de su hijo, pero no toleraba la presencia de los castellanos.
Mientras se disponía la tinta para firmar la paz, los agramonteses y beaumonteses, temerosos de quedarse sin enfrentamiento, se lanzaron unos sobre otros en el campo de Aibar. El ataque beaumontés fue terrible, pero los agramonteses se impusieron gracias a su mayor experiencia militar. El Príncipe de Viana tuvo que rendirse. “Afírmase por algunos que el príncipe no se quiso rendir sino a don Alonso de Aragón, maestre de Calatrava, su hermano, y que a él dio el estoque y una manopla; y el maestre se apeó del caballo y besó la rodilla del príncipe”, se lee en los Anales de Aragón.
PRISIONERO
Las consecuencias de la derrota costaron a Carlos su libertad. El príncipe fue hecho prisionero y retenido en Tafalla, después en Tudela, Mallén, Monroyo y Zaragoza. Mientras estaba en prisión nació su hermanastro Fernando. Juana Enríquez, que se encontraba en Navarra poco antes del alumbramiento, corrió a Aragón para que su hijo naciera allí, pues codiciaba para él el trono aragonés. Fernando nació nada más cruzar la frontera, en Sos, que a partir de ese momento tomaría el nombre de Sos del Rey Católico.
El confinamiento le resultó al príncipe muy duro. Él mismo calificó su estancia en Monroyo de cruel. Llegó a escribir que hubiera dado cuanto poseía a cambio de su libertad. Aunque se entretuvo leyendo historia y programando lo que sería una de sus joyas literarias, las Crónicas de los Reyes de Navarra, fue sin duda esta, una etapa de aislamiento, soledad y pobreza en la que llegó a temer por su vida, hasta el punto de redactar su testamento. En él se quejaba porque su padre lo había privado del reino que le pertenecía por herencia de su abuelo y de su madre, y de su libertad. “Yo, el príncipe Charles, temiendo morir, mientras tengo lugar, ordeno y hago este mi testamento de mi propia mano escrito, el cual quiero que haya entero efecto: y pues de mi sepultura ha de ser lo que quieran los que tienen mi persona, en esperanza de la bondad y fe de aquellos parientes, criados y súbditos míos que mi justicia y servicio siguen y en el dicho reino de Navarra están a la obediencia mía, y lo que en nuestro Señor Dios y en mi buena justicia espero que los otros han de reconocerse especialmente, pues allende mis otros derechos, saben que la reina mi señora, al tiempo de su muerte, de su mano les escribió que, ella fenecida, me levantasen luego por rey y señor suyo, la cual escritura, hecha por mí notificar al rey mi señor, sin la dejar publicar, en perjuicio mío, fue mandada rasgar por su Alteza”. En él, dejaba como heredera a su hija ilegítima Ana de Navarra, a quien destinaba como esposa del duque de Berry y la ponía bajo la protección del rey de Francia, su tío, para que le ayudara en sus reclamaciones sobre el reino.
LA GUERRA CONTINÚA
Durante el cautiverio del príncipe, los beaumonteses no depusieron las armas y continuaron con su lucha. San Juan de Pie de Puerto resistió hasta comienzos de 1452. El reino se dividió hasta tal punto de crear dos administraciones paralelas.
La libertad de Carlos se trató de manera apremiante en las Cortes aragonesas. Una cosa era que Aragón ayudara militarmente a don Juan en sus pretensiones castellanas; otra muy distinta que este usara la fuerza aragonesa contra su propio hijo, que era el heredero de la corona. El acuerdo estuvo a punto de lograrse, pero hubo dos hechos que lo interrumpieron. El primero, la petición de don Juan de ser él quien nombrase a los consejeros del príncipe y de exigir la entrega de todas las plazas beaumontesas. El segundo, el ataque beaumontés a la villa de Ejea, lo que supuso que las Cortes aragonesas se negaran a seguir como intermediarias entre padre e hijo.
Las conversaciones se retomaron al cabo de unos meses, quedando Carlos bajo la autoridad de las Cortes. El acuerdo definitivo se firmó el 24 de mayo de 1453. Carlos consiguió la libertad, mientras Luis de Beaumont, sus dos hijos y otros siete caballeros se quedaron como rehenes. Este acuerdo llegó justo cinco días antes de producirse la caída de Constantinopla, un hecho que, según muchos historiadores, marcó el final de la Edad Media.
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REORGANIZACIÓN EN PAMPLONA
Tras recobrar su libertad, Carlos se instaló en Pamplona. Allí convocó cortes e hizo sus propios nombramientos para la parte del reino que le era fiel. Los beaumonteses no estaban dispuestos a aceptar los términos del pacto de liberación del príncipe y siguieron haciendo la guerra por su cuenta.
El único apoyo verdadero que encontró el príncipe durante esos años fue el de su hermana, Blanca. La infanta navarra regresó al reino por esos días tras divorciarse de Enrique de Castilla. Después de una breve estancia en Mallén, se dirigió a Pamplona para acompañar a su hermano.
Mientras, el diligente don Juan se dirigió a Castilla con el único fin de firmar la paz definitiva con Enrique, quien acababa de asumir la dirección del reino tras el fallecimiento de su padre. Su objetivo era anular al único aliado exterior de su hijo.
Don Juan siempre fue un paso por delante del Príncipe de Viana . En 1455, se reunió con su hija Leonor y con su yerno, el conde de Foix, para proponerles un trato. A cambio de la ayuda de las tropas de Foix, don Juan les proclamaría herederos de Navarra a su muerte, saltándose de una manera desleal la línea sucesoria, puesto que el infante de Aragón apartaba de su legado no solo a su hijo, sino también a su hija Blanca “que ha favorecido y ayudado al dicho príncipe con todo su poder, a pesar de las órdenes del rey, residiendo y permaneciendo junto al dicho príncipe y participando de su desobediencia”, dijo don Juan, quien juró que los consideraría “como si naturalmente fuesen muertos”, si no se rendían en el intervalo de un mes.
EXILIO EN NÁPOLES
El príncipe de Viana se encontró solo y aislado de nuevo. Ya no tenía el respaldo de Castilla, los agramonteses, con Martín de Peralta a la cabeza, iban rindiendo plazas y poniéndolas bajo su autoridad y su padre le había dado un ultimátum. Así que decidió jugar sus últimas bazas. Por un lado se encaminó a París para tratar el asunto con Carlos VII, mientras enviaba una carta a su tío Alfonso V de Aragón para que hiciera rectificar a su padre. Alfonso le hizo una invitación a su corte en Nápoles. Carlos decidió visitar primero al papa Calixto III.
En enero de 1457, fracasadas sus embajadas en Francia y en Roma, Carlos llegó a Nápoles. La estancia en la corte de su tío se convirtió para él en un continuo enriquecimiento cultural ya que le permitió entrar en contacto con personajes destacados de las artes y las ciencias. “Es mérito indiscutible, pues, de la magnificencia del rey, que gastaba unos 2.000 florines anuales en las tareas de mecenazgo, que su sobrino tuvo el privilegio de compartir”, escribe Eloísa Ramírez Vaquero en la obra Leonor de Navarra. Carlos entró de lleno a formar parte del tan conocido Quattrocento. Se codeó con poetas, músicos y literatos y entabló una buena relación con Ausías March. Su tío le aconsejó que “aunque la razón y la justicia estuviesen claramente de su parte, debía obedecer y sujetarse al que le engendró, y disimular el dolor que tenía, por más justo que fuese, para arreglarse a las leyes divinas, que en esto especialmente nada discrepan de las humanas”.
Carlos intentó reconducir su situación a través de su tío Alfonso, mientras mantenía el contacto directo con sus partidarios en el reino. Así se iniciaron varias rondas de conversaciones a través de embajadas y cartas. En una de ellas, el príncipe se dirigió a Juan de Beaumont lamentándose de la grave situación en que lo había colocado al proclamarlo rey: “Havemos sentido por cierta la novedat ante dicha: e se escribe, que vosotros nos haveis elevado por rey con aquellos actos e celebraciones de los reyes de Navarra”, le dijo, pidiéndole poco después que rectificara. Sin embargo, Juan no le hizo caso y siguió intitulándolo rey. La muerte del obispo Martín de Peralta supuso otro punto de fricción entre las dos facciones enfrentadas en Navarra. Mientras los beaumonteses propusieron a Juan de Beaumont como candidato y el príncipe a Carlos de Beaumont desde Nápoles, don Juan se les adelantó a todos, como siempre, y colocó en el cargo al sobrino del anterior, de nombre también Martín de Peralta.
Alfonso, al final, logró que su hermano aceptara su arbitrio. Ambas partes estaban a la espera de la sentencia del rey aragonés cuando este enfermó gravemente. Alfonso V fue trasladado al castillo del Ovo (Nápoles), donde murió el 27 de junio de 1458. Alfonso legó Sicilia a su hermano y Nápoles a su hijo ilegítimo, Ferrante.
La noticia de su muerte llegó a Navarra el 15 de julio. Don Juan se encontraba en Tudela, desde donde asumió inmediatamente la corona aragonesa. Tras la ampliación de los poderes de don Juan, los beaumonteses temieron que aquel decidiera integrar el reino de Navarra en la corona de Aragón.