El príncipe don Carlos de Viana (1881), de José Moreno Carbonero, que puede verse en el Museo del Prado.
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El príncipe don Carlos de Viana (1881), de José Moreno Carbonero, que puede verse en el Museo del Prado.

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Carlos IV, el perfecto príncipe (y III)

Tras la muerte de su tío Alfonso V, abandonó Nápoles y se refugió en Sicilia. Regresó a Mallorca por expreso deseo de su padre. Recaló en Barcelona, de donde llegó a ser lugarteniente. Fue encarcelado de nuevo y llevado a Morella, donde se le trató de manera infame. Murió en Barcelona. Tras su muerte, lo consideraron santo y esperaron su canonización

DIARIO DE NAVARRA

Actualizado el 28/05/2021 a las 06:00

La presencia de Carlos en la corte de su primo se hizo incómoda, por lo que el príncipe de Viana abandonó Nápoles y se trasladó a Sicilia, donde estuvo desde el 15 de julio de 1458 hasta el 23 de julio de 1459. Residió en el convento benedictino de San Plácido de Mesina. Durante su estancia conoció a la hermosa Capa, de la que se enamoró y con la que tuvo un hijo, Juan Alfonso, que sería abad de San Juan de la Peña y obispo de Huesca. Zurita señala en sus Anales de Aragón que para don Juan “era peor tener al príncipe en Sicilia con su voluntad que en el reino de Navarra por enemigo”.

El parlamento de Sicilia, por iniciativa propia, nombró embajadores para pedir a don Juan que rehabilitara a su hijo. El rey de Aragón envió entonces a Juan de Moncayo con una propuesta de acercamiento y puso como condición para iniciar las negociaciones que el príncipe se trasladara a Mallorca. Mientras le tendía la mano por un lado, don Juan apuñalaba a su primogénito por otro, al otorgarle a Fernando, que entonces tenía siete años, los títulos de duque de Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer que le correspondían a Carlos. Además, comenzó a planificar el matrimonio de Carlos con Catalina de Portugal, y presionaba para que Fernando se casara con Isabel, hermana de Enrique IV de Castilla.

LLEGADA A MALLORCA

La historiadora Eloísa Ramírez señala que Carlos embarcó desde Palermo en una flota de siete galeras. Pero el príncipe, en vez de dirigirse directamente a Mallorca, recaló en Salou con la intención de enviar una delegación a su padre. Al frente de ella puso a Lope Jiménez de Urrea. El príncipe ofrecía a su progenitor la sumisión completa a cambio del indulto para todos sus seguidores, reclamaba la primogenitura y la devolución de sus posesiones para él y para su hermana Blanca, aceptaba el matrimonio propuesto con Catalina de Portugal y proponía la unión de Navarra y Aragón. Tras enviar la embajada, Carlos se retiró a Mallorca y se instaló en el palacio Real. Hubiera preferido hacerlo en Bellver, pero su progenitor no se lo permitió, por considerarlo una plaza fuerte bien defendida y prefería tener a su hijo indefenso.

Don Juan dilató su respuesta todo lo que pudo en lo que Ramírez llama una “guerra psicológica”. Hasta noviembre de 1459 no movió ficha. Y esperó hasta el 13 de enero del año siguiente para hacer públicos los acuerdos. Fue entonces cuando el príncipe viajó a Barcelona.

HASTA BARCELONA

El príncipe recaló en la playa de Barcelona el 22 de marzo de 1460 y se dirigió al convento de Valdoncellas. Tres días después, fue recibido con gran alboroto en Barcelona. En realidad, no es que estuvieran realmente entusiasmados con su persona, pero dentro de la situación que vivía Cataluña en esos momentos, pensaron que podía ser un aliado para reforzar sus intereses frente a don Juan. La estructura comercial catalana estaba muy bien desarrollada gracias al tráfico por el Mediterráneo. Pero la población estaba dividida. Por un lado, la burguesía se había escindido en la llamada Biga, que aglutinaba a la oligarquía de la ciudad, y la Busca, donde se agrupaban los mercaderes, artistas y artesanos. Frente a ellos, tierra adentro, los payeses de remensa (llamados así porque debían pagar un dinero o especia para lograr su libertad) buscaban la exención de los numerosos gravámenes a que estaban sometidos. Cada grupo peleó por atraerse al príncipe.

Mientras, en Navarra, las gestiones para la reconciliación seguían adelante. Consta que en febrero de 1461, Juan de Beaumont hizo el correspondiente juramento y se fueron unificando los cargos y la hacienda.

Al saber don Juan que Carlos había viajado a Barcelona sin su consentimiento, escribió una carta al obispo de Gerona en la que le ordenaba que nadie tratara a Carlos como primogénito hasta que él no diese su consentimiento. A diferencia de Navarra, en Aragón el ser el hijo primero no iba vinculado a la primogenitura y en eso se escudaba don Juan para retrasar su decisión.

Don Juan llegó a Cataluña por fin en mayo. En vez de recibir directamente a su hijo, el día 13 envió a su esposa a Igualada como embajadora. Padre e hijo se vieron al día siguiente. “Si haces hechos de buen hijo, te daré hechos de buen padre”, le dijo. El 15 de mayo, toda la familia, (habían llevado también a Fernando) se instaló en Barcelona. Convivieron durante tres meses en lo que Ramírez llama un estado de “aparente felicidad”.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Cuando la situación parecía encauzarse, todo saltó por los aires. Manteniéndolo en compás de espera, don Juan reactivó la liga castellana contra Enrique IV de Castilla y convocó Cortes en Barcelona y Fraga (24 de octubre), llamando al príncipe a estas últimas. Los más allegados al príncipe le aconsejaron que no acudiera. Carlos evitó hacerlo, pero recibió el ultimátum de su padre, quien le dio de plazo hasta el 9 de noviembre. Aún demoró el inicio del viaje hasta el 26 de noviembre.

Enrique, al que no convenía el matrimonio del príncipe con la infanta portuguesa porque le iba a permitir a don Juan tenerlo maniatado entre Portugal y Aragón, envió una embajada al encuentro del príncipe para retomar las conversaciones sobre el matrimonio entre Carlos e Isabel. Los castellanos le dijeron, además, que se anduviera con cuidado, que su padre le quería quitar Navarra, que nunca cumpliría sus promesas de devolverle la primogenitura, que Fernando terminaría llevándoselo todo y que andaban intentando envenenarlo.

Es complicado saber qué hecho hizo explotar la situación. Pero la realidad es que, tras estos acontecimientos, el 2 de diciembre, con don Juan como testigo, Carlos fue detenido en Lérida y llevado a Aitona y después a Morella, donde fue encerrado en una celda húmeda y fría, sin ningún tipo de privilegios y con muy poca ropa de abrigo.

DEMASIADO TARDE

“La insigne torpeza del rey”, como califica el historiador catalán Vicens Vives la actuación de don Juan, tuvo consecuencias graves en Cataluña y en Navarra. Don Juan ignoró las reprobaciones de las Cortes catalanas y aragonesas en este asunto. En respuesta, la diputación de Cataluña asumió las competencias en el conflicto y acusó al rey de haber infringido cuatro privilegios de la Corte. El embajador catalán, espada en mano le dijo al rey: “Cataluña entera te recuerda el juramento que le prestaste, y no te obedecerá en nada, ya que cuanto juraste no mantienes”. En rebeldía, las Cortes proclamaron primogénito a Carlos el 8 de febrero y se levantaron en armas.

En ese mismo momento, con el príncipe y Juan de Beaumont encarcelados, Luis de Beaumont se lanzó sobre Borja. Enrique IV mientras tanto, llevó a su ejército cerca de las fronteras con Navarra. En Mallorca, Cerdeña y Sicilia también hubo alzamientos y en Zaragoza requirieron la libertad de Carlos. Ante el caos general, el 25 de febrero, don Juan dio su brazo a torcer y liberó a su hijo. Pero todo fue una maniobra para ganar tiempo y Carlos ya no disponía de él. Don Juan se encargó de zanjar el frente abierto en Navarra, mientras Juana entablaba conversaciones con los catalanes y se le reconocía a Carlos la lugartenencia de Cataluña.

En abril, el príncipe intentó un último golpe de mano; envió emisarios a Castilla mientras las tropas de Enrique se acercaban a Logroño y tomaban Laguardia, San Vicente, Los Arcos y Viana en los meses siguientes. En Navarra, solo Lumbier y el castillo de Orzórroz (Baztán) se levantaron para apoyar a Carlos. Casi todas las plazas beaumontesas habían sido rendidas y estaban en manos de los simpatizantes de don Juan.

Adelantándose como siempre a los acontecimientos, el astuto don Juan negoció directamente con Enrique IV, logrando la paz el 26 de agosto. Con la retirada del apoyo castellano, la fidelidad de Luis XI de Francia puesta en el conde de Foix y las fuerzas beaumontesas mermadas, Carlos se encontró solo, con el lastre que le suponía la lugartenencia de Cataluña.

Hundido bajo el peso de los acontecimientos y en soledad, Carlos murió el 23 de septiembre de 1461 en la cámara alta del Palacio Real de Barcelona. Durante bastante tiempo, su fallecimiento se atribuyó a alguna clase de veneno suministrado por su madrastra. Investigaciones posteriores atribuyen a la tuberculosis la causa de su muerte, diciendo que el príncipe debió enfermar durante su estancia en Italia. Los disgustos, los enfrentamientos y, sobre todo, las condiciones insalubres de su último encierro habrían agravado su enfermedad.

Sin embargo, las últimas palabras de Carlos escritas en varias cartas, además de mostrar el resentimiento hacia su padre, son bastante esclarecedoras: “¿Llamaremos padre o seguiremos a quien poco ha nos tuvo en prisión y decidió ponernos de nuevo en manos de Martín de Peralta, nuestro mortal enemigo, para privarnos de la vida? ¿A este Martín, que sabemos tenía preparado el veneno para matarnos? ¡Oh iniquidad!”.

En su testamento, Carlos dividió los 366.000 florines recibidos de su madre en tres partes iguales, para cada uno de sus hijos: Juan Alfonso, Felipe de Beaufort y Ana de Navarra. Y nombró heredera de todos sus bienes a su hermana Blanca y, a los hijos de esta. A su padre le dejó 1.000 florines.

ENTIERRO

Carlos fue enterrado en la catedral de Barcelona en olor de multitudes. Durante algún tiempo se le consideró un santo y esperaron su canonización. Existe un cuadro que lo representa imponiendo las manos a un joven y curándolo de lamparones. En 1472, don Juan decidió trasladar su cuerpo al monasterio de Poblet, panteón de los reyes de Aragón. Su tumba, como la del resto de las familias reales que allí se encontraban, fue profanada durante el siglo XIX como consecuencia de la desamortización de Mendizábal.

Durante una visita realizada por Alfonso XIII al monasterio en 1926, viendo el estado de las tumbas ordenó que se hiciera un estudio y que se organizaran los restos que se guardaban en la catedral de Tarragona. El trabajo fue encargado al arqueólogo Eduard Toda. Este reconstruyó supuestamente el cuerpo del príncipe y Carlos fue enterrado de nuevo. Sin embargo, en 2008, la historiadora Mariona Ibars, junto al antropólogo Marcos Miquel, como cabezas de una investigación conjunta de las Universidades Autónomas de Barcelona y Granada, abrieron la tumba con el propósito de determinar cuál había sido la causa de su muerte. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que en esa tumba había restos de tres personas diferentes, una de ellas una mujer.Parece ser que Toda apañó una momia en la que la columna vertebral estaba cortada con una sierra para encajar adecuadamente y que contaba con ocho vértebras lumbares en vez de con cinco. Al comparar los restos de esta momia con los de Ana de Jagellón-Foix, tataranieta materna de Blanca I y sobrina en cuarto grado del príncipe, llegaron a la conclusión de que ni los restos atribuidos al príncipe, ni los de su madre eran los verdaderos. Dónde reposan y qué fue de ellos, sigue siendo un misterio.

La vida del eterno Príncipe de Viana , del príncipe encarcelado y solitario, del perfecto príncipe, como lo llamó Lucio Marineo, estuvo siempre marcada por el testamento de su madre, que pesó en él como una losa, terminó apartándolo de la corona y le llevó a la muerte. “Por mano del rey mi señor fuimos perseguido, desterrado y corrido, lanzado y expelido de este nuestro reino y materno herencio”, Charles, Príncipe de Viana

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