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El Castillo de Olite, un palacio de ensueño

Carlos IV, el eterno Príncipe de Viana (I)

A los 20 años debió convertirse en rey de Navarra, pero su padre puso todas las trabas para cerrarle el acceso a la corona. Sumiso al principio, no paró de elevar quejas que nadie parecía escuchar

  • DIARIO DE NAVARRA
28/05/2021
Debió haber sido Carlos IV de Navarra y I de Aragón. No fue el destino el que lo privó de ello, sino su padre. Perjuro y desleal a la corona de Navarra, se enfrentó a su hijo hasta provocar su muerte. Aunque algunos textos resalten su naturaleza sumisa (Lacarra destaca su carácter apocado, frente a la personalidad arisca de su padre. Y Alberto Aceldegui, en Blanca I de Navarra, ¿1385? - 1441. Consorte, Heredera y Reina, lo califica de timorato), reducir la excelente figura del Príncipe de Viana a esos calificativos sería privarnos de conocer a un hombre ilustre, que sufrió como nadie, que se vio acorralado y que, salvo el apoyo de su hermana Blanca y los Beaumont, casi siempre se encontró solo. En su partida, le faltaron peones.
Carlos, príncipe de Viana , o más bien Charles, nombre que siempre utilizó al igual que había hecho su abuelo, fue el heredero de la corona navarra y aragonesa. Nació en Peñafiel, el 29 de mayo de 1421. Fueron sus padrinos Juan II de Castilla, y Álvaro de Luna (sobrino nieto del papa Luna, condestable de Castilla y valido del mencionado rey).
Un año después de su nacimiento, su madre viajó con él a Navarra para que se criara en el reino, según mandaba la tradición y se había estipulado en las capitulaciones matrimoniales. Escoltados por Pierres de Peralta, llegaron a Navarra a principios de junio de 1422. Carlos III convocó cortes el 11 de junio para realizar el juramento al nuevo miembro de la familia y reconocerle como heredero.
El 20 de enero de 1423, Carlos III, siguiendo el modelo del delfinado de Vienne francés o del principado de Gales inglés, creó para él el Principado de Viana, que abarcaba las poblaciones de Viana, Aguilar Genevilla, San Pedro, Cabredo, Laguardia, San Vicente y Berneo; las aldeas de Val de Campezo y los castillos de Toro, Fitero, Ferrera, Burandón y Marañón. Territorio al que se añadieron Corella, Peralta, Cadreita y Cintruénigo. La educación del príncipe se confió a los mejores tutores. Juan de Beaumont, prior de la orden de San Juan de Jerusalén, el obispo Martín de Peralta, Luis de Beaumont, Carlos Martín Fernández de Sarasa, el franciscano Daniel de Belprat, quien fue su confesor particular, el bachiller Alfonso de la Torre, el poeta Pedro Torréllas y el maestroescuela Fernando de Cialdiano fueron algunos de sus preceptores.
EN LA CORTE DE OLITE
Carlos creció en la exquisita corte de Olite donde había enanos, bufones, prestidigitadores, equilibristas, astrólogos y malabaristas. Durante su infancia y adolescencia disfrutó del hermoso zoológico del palacio, que él mismo amplió con cuatro búfalos (regalo de Juan de Mur, señor de Alfajarín) y un ciervo y un jabalí (obsequio de su padre) y poseyó juguetes muy modernos. “En el mes de diciembre de 1433, comenta Eloísa Ramírez en el libro Blanca, Juan II y Príncipe de Viana , hay, entre los gastos del tesoro real, unas compras un tanto singulares; se trata de diversos materiales, encargados por la reina Blanca, para la construcción de un gran dragón de madera que debía ir forrado de tela en brillantes colores (verde, azul, rojo, blanco) y que había de contar con un mecanismo de movimiento”.
Aficionado a la caza, tenía una gran colección de halcones. De su rama Evreux heredó la pasión por la lectura, las letras, la filosofía, la teología, la cultura en general y su amor por el teatro, en el que llegó a participar como actor en la representación de algunas obras dramáticas. Y como buen Valois disfrutó y se rodeó de todo lo más exquisito. Le gustaba vestir con las mejores telas y sedas que, según indica Ramírez llegaban de Ypres o Courtrai y que se hacía adornar con bordados y pieles. Apenas pasó tiempo con su padre, siempre alejado de Navarra, pero Vicens Vives dice que heredó de él “el gusto por la intriga, el garabateo diplomático, la subterránea carrera de obstáculos. […] y también el autoritarismo y el deseo de mandar, de lo que dio buenas pruebas en Navarra, Sicilia y Cataluña”.
La fisonomía y carácter del príncipe son fáciles de imaginar, puesto que hasta nuestros días han llegado descripciones suyas bastante precisas. Se sabe que tenía el pelo castaño, los ojos grises y la tez pálida. Gonzalo García de Santa María dijo de él: “Era de estatura mediana o un poco mayor, de cara delgada y aspecto sereno y grave, con una expresión melancólica, tan magnífico y espléndido, según lo había educado su madre, que cada día daba a quien quería cinco áureos. Se deleitaba mucho con la música, gozaba con la compañía de literatos y cultivaba toda clase de disciplinas, especialmente la filosofía moral y la teología; con un ingenio muy dispuesto para las artes mecánicas, lo tuvo para la pintura mucho más de lo que pudiera creerse”.
Y el capellán de Alfonso V lo describió como: “Muy bello, muy sabio, muy agudo y muy claro de entendimiento, gran trovador y buen músico, danzante y cabalgador”. Lucio Marineo Sículo destacó que: “No le faltaba nada para ser el príncipe perfecto”.
De su abuelo Carlos III heredó sus emblemas, divisas y símbolos: el lebrel blanco, el trifolio, la hoja de castaño, Bonne foy… a los que añadió otros con los que identificó sus estados de ánimo y suerte. Al llegar a la corte de su tío Alfonso en Nápoles tomó el emblema de un libro abierto. Más tarde, adornó sus símbolos con frases muy expresivas: ¡Las! (¡Ay!), Utrimque Roditur (Por todas partes me roen), Qui se humiliat exaltabitur (Quien se humilla será ensalzado), Pacientia opus perfectum habet (La paciencia tiene su obra perfecta) y Iustitia Dei (Justicia de Dios).
AGNES DE CLEVES
El matrimonio del Príncipe de Viana , aun siendo el primogénito, se negoció después del de sus hermanas. Ramírez llama la atención sobre el hecho de que, en esos momentos, no había infantas en edad de casarse ni en Castilla, ni en Portugal, Francia o Foix. La elegida fue Agnes de Clèves, sobrina del duque Felipe de Borgoña, hija de María de Borgoña y de Adolfo de Clèves. Era de edad parecida al príncipe y llegó a Navarra acompañada de su hermano Juan. “Un brillante séquito salió a buscarla, presidido por el prior de Roncesvalles, y el prior de San Juan de Jerusalén, seguidos de 60 personas y 120 caballos. La futura princesa traía también una escolta a la altura de las circunstancias: 200 nobles con sus 200 caballos, 30 de los cuales acompañaron a su hermano en peregrinación a Compostela, después de celebrada la boda”, detalla Ramírez.
Los esponsales tuvieron lugar el 30 de septiembre de 1439, en Olite. Contaba el heredero con 18 años y su esposa 17. Desde ese momento, su madre le permitió firmar letras de pago, descargos y otras provisiones en su nombre. En 1440, al desplazarse su madre a Castilla, para acompañar a su hermana a casarse con Enrique de Castilla, Carlos se quedó por primera vez a cargo del reino.
CARLOS, ETERNO LUGARTENIENTE
Carlos recibió la noticia de la muerte de su madre en Olite. No consta que viajara a su funeral, pero sí que acatara los deseos de su madre de manera fiel. El príncipe acababa de cumplir los 20 años, edad reconocida en el testamento de Blanca para que pudiera recibir la corona sin necesidad de tutelaje. Pero Blanca había incluido una cláusula en su legado: “… el dicho príncipe nuestro muy caro y muy amado hijo, por su herencia y derecho (debido se) puede intitular y nombrar rey de Navarra y duque de Nemours. Empero, por guardar la honor (del dicho) señor rey su padre, rogamos (encarecidamente) que los dichos títulos quiera tomar por benevolencia y bendición del dicho señor rey su padre”. Para cumplir esta última voluntad, se dirigió a Santo Domingo de la Calzada, a finales de noviembre de 1441, donde se encontraba don Juan. Se le olvidó a Blanca incluir una cláusula en la que rogara encarecidamente a su esposo que, habiendo solicitado su hijo la benevolencia y bendición de su padre, tuviera este la decencia de consentir su coronación y recibir así su herencia.
En un claro desplante, don Juan se marchó de Santo Domingo de la Calzada sin contestar a su hijo. En diciembre le envió su decisión por carta a Los Arcos, donde Carlos recibió la notificación de que su padre lo nombraba lugarteniente general del reino en su representación. En su respuesta, Carlos remarcó “el perjuicio del derecho de propiedad que tenía del reino, como señor propietario y que no tenía intención de usar ni de esta provisión ni de ningún otro poder emanado del rey, sino de su propio poder y de la autoridad de Dios y la naturaleza que su derecho de sucesión y descendencia le daban y reservaban en el reino”. Sin embargo, Ramírez señala que el príncipe se avino a utilizar el título de lugarteniente general del reino en los documentos públicos porque era un hijo respetuoso.
A partir de ahí, don Juan despreció todos los puntos expresados en las capitulaciones matrimoniales referentes a la herencia de Carlos. “En supuesto que ante nos tuviésemos criatura o criaturas de mi dicha mujer la Reyna Doña Blanca y aquellas fuesen llegadas a perfecta edad. Y que a la dicha Reina Doña Blanca, mi mujer, no le haremos licencia de hacer donación, rendición ni alienación, cambio o unión del dicho Reyno de Navarra con otro Reino ni tierra, ni haremos, ni le daremos licencia de hacer estatuto, fuero ni ley perjudicable a la herencia de los hijos que serán herederos del dicho Reyno de Navarra, Y si lo hacemos o si ella lo hace de su naturaleza, todo será nulo y de ningún valor. Y queremos y nos place que si en lo sobredicho que jurado habemos y en partida de aquello viniésemos en contra de los dichos tres estados y del pueblo del dicho reyno de Navarra en aquello, que seamos venidos en contra y no sean tenidos a obedecernos en manera alguna”.
En otra parte decía: “que el hijo o hija mayor que placiendo a Dios descenderá del dicho matrimonio y heredará el dicho Reyno de Navarra y el dicho ducado de Nemours, haya de heredar todas las tierras, rentas y derechos y señoríos que el dicho señor infante tiene y posee por mayorazgo y tendrá y poseerá en adelante por mayorazgo en los Reinos y señoríos de Castilla y Aragón y en cualquiera de ellos y en cualquier otra parte”.
Las desavenencias entre Juan y Carlos se fueron profundizando a lo largo del tiempo. No era solo el hecho de que don Juan le impidiera recibir la corona, sino también la utilización que hacía de los recursos del reino en su propio beneficio, para financiarse su guerra particular con Castilla. Con su política, don Juan desestabilizó la hacienda del reino y puso en peligro a sus habitantes, puesto que Castilla castigaba las localidades fronterizas cada vez que él hacía una incursión.
Carlos consultó con sus consejeros en varias ocasiones sobre la tensa situación que vivía. Estos siempre le recomendaron prudencia y que hiciera a su padre solo quejas privadas. Y el príncipe obedecía.
LA REBELIÓN DE CARLOS
Hubo un hecho que marcó un antes y un después en la vida de ambos y que supuso el inicio de la deriva del reino. Ese hecho fue la grave derrota que sufrió don Juan en 1445, en Olmedo, tras la cual perdió todos sus bienes en Castilla a excepción de Atienza y Torrijos. Para más humillación, el rey de Castilla atacó Atienza en agosto de 1446, rompiendo la tregua que se había pactado. Don Juan preparó todo para contraatacar y pidió ayuda a las fuerzas gasconas. Pierres de Peralta se posicionó a su lado. Mientras, en Navarra, el príncipe se preparaba para defender las fronteras, prohibiendo a los gascones que atravesaran el reino, sabedor de los desmanes que cometerían a su paso. Luis de Beaumont se quedó junto al príncipe para ayudarle en su cometido. A excepción de alguna población aislada, Carlos y Luis consiguieron salvaguardar la integridad del reino.
El infante de Aragón siempre jugó a varias bandas a la vez. Mientras sacaba a sus ejércitos, proyectó su matrimonio con Juana Enríquez. Esta dama era descendiente de los reyes castellanos por vía ilegítima. El enlace le interesaba para asegurarse el respaldo de una importante familia castellana en su lucha por sus reivindicaciones en aquel reino. La boda fue aplazada en dos ocasiones, pero acabó formalizándose en julio de 1447.
Don Juan no tuvo la deferencia de consultar este matrimonio con su hijo ni con Navarra. Y, para mayor agravio, siguió sin renunciar a la corona de Navarra, algo que debía haber hecho tras la muerte de su esposa y, ahora, con más razón, puesto que un nuevo enlace le obligaba a renunciar a cualquier usufructo sobre las propiedades de Blanca. Don Juan no solo se pasó todo esto por alto, sino que abandonó su residencia en Aragón y se instaló en la corte de Olite junto a su hijo ilegítimo, Alonso de Aragón. A su servicio tenía setenta personas a las que mantenía la corona de Navarra. A ellas hay que sumar todas las que trajo poco después Juana Enríquez. Para controlar todos los mecanismos de gobierno, don Juan destituyó a todos los funcionarios y nombró a hombres afines a su gestión, que se había traído consigo. Quebrantaba así otra de las estipulaciones matrimoniales en las que se decía expresamente que los cargos relevantes del reino debían estar en manos de gentes de Navarra.
Otro acontecimiento jugó a favor de don Juan. La muerte de su nuera, Agnes, en 1448, sin haber tenido descendencia con el Príncipe de Viana , abría a don Juan la posibilidad de pactar un nuevo matrimonio de su hijo a su propia conveniencia, sin prisa. Se pensó en que se desposara con la hija del señor de Haro, algo que no se llevó a efecto. También se proyectaron otros matrimonios para él en años posteriores. Una de las candidatas fue Isabel de Castilla (la Católica), pero don Juan puso todas las trabas posibles para que no se oficializara, aparte de la diferencia de edad, don Juan no podía soportar la idea de que su hijo tuviera más poder que él. Sin embargo, más tarde, Isabel sí le pareció la candidata ideal para el hijo que tuvo con Juana: Fernando el Católico.
Carlos había sobrellevado la situación hasta ese momento con cierta elegancia y dignidad. Pero la presencia de su padre en el reino fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. A partir de 1449, las hostilidades se abrieron de verdad hasta derivar en una guerra civil en 1451.
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