Pamplona Negra
Primera impresión en 100 milisegundos
Daniel Tubau vino a contar cómo ser Sherlock Holmes, experto en observar, acumular datos y sacarlos en el momento idóneo, convirtiendo sus deducciones en “asombrosas”, mientras que muchas veces no somos capaces de observar lo que ocurre alrededor...


Actualizado el 27/05/2021 a las 06:00
Unos minutos antes de que Daniel Tubau empezara a explicar al público cómo ser Sherlock Holmes, un hombre salió al escenario para dejar sobre la mesita del atrezo una lata roja y un par de botellines de agua. “¿Nadie se ha fijado en el técnico?”, se sorprendía el escritor y guionista de televisión. “Eso es lo que dice Sherlock Holmes: ‘Watson, usted mira pero no ve”, recitó Tubau. Y no, nadie se había fijado en el hombre, ni en sus botas de punta puntiaguda ni en que llevaba colocados unos cascos “bastante aparatosos” cuyo cable colgaba sin estar enchufado a ningún lado cuando, sin embargo, parecía que hablaba con alguien. “Pensaba que no pasaba tan desapercibido...”, hizo reír al público al descubrirse que él era el técnico. Tubau utilizaba esta fórmula para introducir a los espectadores en cómo ser Sherlock Holmes y en la importancia de la observación en la que tantas veces se basó el detective para resolver sus casos.
De hecho, es en lo que Tubau insiste con los alumnos en sus clases de guion invitándoles a este ejercicio: sentarse en una terraza, fijarse en una persona y anotar y deducir todo de ella a partir de sus gestos, su forma de vestir, sus movimientos... Y al final del ejercicio, acercarse a esa persona para tratar de averiguar si lo que los alumnos habían deducido era cierto. También lo hace Sherlock con sus casos, explicando después “sus observaciones y deducciones asombrosas”, que, en ocasiones tan lógicas, hacían desaparecer el misterio y casi prefería no haberlas detallado. “Porque la cuestión”, añadió Tubau, “es que a veces no observamos muchas cosas que pasan a nuestro alrededor”.
Acumular observaciones y guardar los datos para sacarlos en el momento adecuado, “impresionando”. Así actuaba Holmes “y lo hacen mucho quienes leen cartas, los adivinos, etc”. Y se remitió Tubau a un programa de cámaras ocultas en el que trabajó como guionista cuando en una ocasión prepararon uno sobre “un médium, que era un actor, que leía la mente”.
¿TAN ELEMENTAL?
Se desarrollaba en un bar. Y otro actor, o incluso alguno de los guionistas, se acercaba a alguien que estuviera en la barra, iniciando una conversación. “Esa persona a la que no conocíamos de nada nos iba contando cosas, información que, a través del micro que llevábamos puesto, le llegaba al actor-médium que estaba en otro lugar”. Al cabo del rato, el cebo se marchaba, dejaba a la persona en la barra y se acercaba a ella el supuesto médium, que iniciaba otra conversación. “Le explicaba que echaba las cartas y le empezaba a adivinar todo lo que poco antes había dicho” al cebo. “Y el señor no caía en la cuenta de que lo acababa de contar. Es lo que ocurre: lo poco que podemos recordar, ni siquiera lo que acabamos de contar”, reflexionó Tubau.
Pero es un hecho que ser Sherlock Holmes puede resultar hoy en día algo más complicado que en su época, finales del siglo XIX. Por la sencilla razón de cómo ha cambiado el mundo en cuestiones tan habituales como la vestimenta. Maestro del disfraz y experto en moda, en tiempos del detective las clases estaban más estratificadas y las diferencias en el vestir eran significativas. “Pero hoy no, y la ropa que se utiliza es parecida, de modo que no es tan fácil descubrir por sus ropas cómo es una persona”.
No obstante, existe otra manera de asegurarlo, afirmó el escritor: Internet, “y navegar en las redes sociales porque la gente lo cuenta ahí todo”. No hablaba por hablar: fue un juego televisivo que pusieron en marcha en Francia en el que hackers obtenían información de personas que se sentaban delante de un médium que solo les preguntaba su nombre y apellidos. “Automáticamente, los hackers se ponían a buscar información sobre esa persona en las redes y sacaban hasta la cuenta bancaria”.
RETRATO ROBOT
La primera impresión es la que cuenta “y además cuenta para mal”: hacemos un retrato robot de esa persona y, a partir de ese momento, todo lo que observamos de esa persona es solo lo que se ajusta a nuestro retrato robot, y no prestamos atención a lo que no coincide, de modo que ese retrato se va reafirmando a pesar de que nos vayan dando testimonios y razones para no pensar lo que pensamos.
Pero es así, continuó Tubau. Tenemos prejuicios incluso sin querer tenerlos, y añadió que lo estudió la Universidad de York, en Gran Bretaña: hacemos un juicio acerca de una persona que tenemos delante en 100 milisegundos. “Yo he intentado hacer los 100 milisegundos en un cronómetro de Internet [pulsando al comienzo y al final] y he conseguido 267 milisegundos, así que 100 son realmente poquísimos”.
Errónea es también la sensación sobre nuestra intuición, reveló. “Creemos que es fantástica, y no: el 90% de las veces va bien, pero hay un 10% en que no, que son los casos que investiga Sherlock Holmes, los que resuelve el doctor House o los guiones que escribimos los guionistas”.
Pero se produce luego una paradoja. Y se refirió al libro del periodista inglés Malcolm Gladwell 'Hablar con extraños: Por qué es crucial (y tan difícil) leer las intenciones de los desconocidos' (2019), con varios ejemplos, como el de Hitler, “bastante espectacular”.
Porque cuenta Gladwell en el libro qué pensaban de él las personas que le conocieron, como el primer ministro británico Chamberlain, que fue a visitarle porque se temía que Hitler iniciara una guerra y que regresó diciendo: “Hitler es un hombre de paz, podemos estar tranquilos. No va a empezar una guerra”. “Y quien no le conocía de nada, como Churchill”, siguió Tubau, “vio claro que invadiría todo lo que se le pusiera por delante”. Es decir, menos conocimiento ofrece de pronto más conocimiento.
Pero si antes era lo contrario con la intuición, ¿qué hacer? “No es tan elemental ser Sherlock Holmes: hay que pensar las cosas con mucha más profundidad y darse cuenta de todos los sesgos y prejuicios que impiden que pensemos bien”, concluyó.