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Literatura

Cristina Fallarás: “Ana María Moix huía de lo frívolo y lo fatuo cuando casi todo lo era entonces”

Iba a participar este jueves en el ciclo de Letraheridas ‘Oh, diosas amadas’ para hablar de la poeta, novelista, periodista, traductora y editora catalana, pero la charla se suspendió a última hora por no poder acudir Fallarás. La entrevista se realizó el miércoles

Cristina Fallarás se marchó a vivir a Barcelona porque quería ser escritora. Era 1986 y tenía 18 años.
Cristina Fallarás se marchó a vivir a Barcelona porque quería ser escritora. Era 1986 y tenía 18 años.
Carlota Vidán
Actualizada 09/04/2021 a las 06:00

No tuvo dudas Cristina Fallarás sobre la autora de referencia de la que quería hablar en el ciclo de Letraheridas Oh, diosas amadas cuando las organizadoras le propusieron participar en él, y la pasión con la que habla de Ana María Moix lo demuestra. Fallecida por un cáncer en 2014, a los 66 años, autora de poesía, novela, libros de relatos y ensayos, de crítica literaria y artículos de opinión, además de haber sido traductora y editora, definen a Moix como “periodista, feminista, rebelde, curiosa, impertinente” en un libro recopilatorio de artículos periodísticos de los setenta y es considerada icono de toda una época e intelectual seria que se negó al mercantilismo a cualquier precio. La charla de Fallarás se suspendió este jueves a última hora por no poder acudir a Pamplona. Había titulado la conferencia Yo viví en casa de Ana María Moix. Esta entrevista la concedió el miércoles.

Cuando leí el título de su charla, me sonó a frase fetichista, la de la fan que admira a la ídolo. Pero he leído alguna cosa por Internet y me voy a aventurar: ¿tiene que ver con un piso de la calle Joaquín Costa de Barcelona?
¡Efectivamente! [ríe]. Nadie me lo habían preguntado aún [ríe]. Pero esa es la anécdota. Bueno, no solo la anécdota, porque hay algo maravilloso: llegué a un piso de alquiler, barato, muy modesto, que tenía un mural horroroso horroroso, una escena de caza en dorados y marrones donde se juntaban un yelmo, un perro... algo aterrador. Le dije a quien me atendió que, si no le importaba, le iba a poner una capa de cal -se podía quitar luego con agua-. Pero contestó que de ninguna manera, que ese mural tenía que permanecer. “Lo pintaron los Moix”, me dijo. Será una familia del barrio, pensé, y le pregunté sin tan importantes eran como para conservar un mural que no veía nadie. “¡Terenci y Ana María!”, me respondió. “Terenci que nació mujer y Ana María que nació hombre”, añadió [ríe]. Ese es el primer guiño del título.

¿Y eso cuándo ocurrió?
Que piense... Mi primera casa, mi segunda casa, mi tercera casa... Era la cuarta. Me fui a Barcelona con 18 años, así que debía tener 24 porque iba de piso en piso.

Me ha dicho que ese es el primer guiño del título, ¿el segundo?
Habitar la literatura: la literatura de Ana María Moix como una habitación propia, cuando a duras penas he tenido habitaciones propias. Y el tercer guiño es la sexualidad. Soy bisexual de toda la vida, cada vez más lesbiana, y Ana María crea algo que he descubierto con el tiempo: una casa común, como el espacio de las mujeres. Ahora, cuando narramos lo que nos pasa, vamos creando el espacio de las mujeres, un lugar donde no es que no entren los hombres. Soy feminista militante, de mani, de cuando el 8M salíamos siete. Ahora veo a las feministas veteranas que exigen al hombre que participe en el movimiento feminista y a las muchachas actuales que ya no cuentan con unos hombres que se declaran solidarios, una idea [la solidaridad] repugnante: nunca te solidarizas contigo misma, ¿verdad? Te solidarizas con otro que consideras que está en peor situación y es ajeno a ti. Si los hombres se solidarizan con nosotras, es que piensan que el problema es nuestro, y eso me parece insoportable y un insulto.

Y en todo esto, ¿qué papel ocupa Ana María Moix?
Estuvo en la revista Vindicación feminista en los años setenta, que no era fácil. Siempre me ha espantado que le llamaran La Nena. A partir de incluirla en los nueve novísimos [un grupo de poetas que el crítico Josep Maria Castellet consideraba los más renovadores de los años sesenta en España y en el que Moix era la única mujer] empezaron a llamarle así, también las mujeres. Te voy a decir una cosa y creo que los grandes literatos me matarán: Ana María era para mí muy superior a Pere Gimferrer, por ejemplo, que es el mayor de los nueve novísimos. Y era muy superior a él por una construcción de clase, que le hace escribir un tipo de lírica muy especial.

¿Cómo?
Ella era de clase obrera, pobre, del Raval, vecina de Vázquez Montalbán, Maruja Torres... hijos de migrantes que acabaron en el barrio chino. En Cataluña pasa una cosa muy interesante: rechaza la poesía social que se estaba haciendo en el resto de España. Y, de repente, aparece Ana María Moix -no solo ella, pero me interesa ella especialmente- que renuncia a hacer poesía social, literatura de corte social, y a lo rimbombante de la lírica: decide utilizar la palabra de la calle, y se convierte en algo único. Yo aspiro a eso, que no puedo porque mi familia es rica y necesitaría haber vivido ciertas cosas. Traté con ella sobre todo en la última época, y tenía una de las mejores cabezas que he conocido y una conciencia de lo que es la mujer y la sexualidad a la que creo que estamos llegando ahora, cuando ella ya la tenía desde los años setenta.

¿Cuándo la conoció? Porque la trató sobre todo en los últimos tiempos, pero un artículo que usted publicó el año pasado al morir Juan Marsé contaba que se sentaba de joven en el malecón, en Barcelona, y veía en la terraza de una taberna a varios escritores, Marsé, Ana María Moix...
Ana María estaba y no estaba.

¿Qué quiere decir?
Esta gente formaba parte de la gauche divine, una generación muy concreta en Barcelona que montaron los Regàs, sobre todo Oriol Regàs, y donde estaban Jorge Herralde, Marsé, Gil de Biedma... Estaban todos, músicos, escritores, editores... y Ana María, que era de una timidez enfermiza, siempre en un rincón, fumando -con el dedo índice y el corazón amarillos de tanto fumar- , un poco como el chico de barrio que se ha colado en la fiesta que no le tocaba. Pero era de una potencia... Podía haberles pisado a todos la cabeza.

¿Y cómo era ella? No sé cuánto tiempo compartieron...
Siempre poco. Era una mujer timidísima que no prestaba atención a lo social, por así decirlo; que huía de lo frívolo y de lo fatuo cuando entonces casi todo era frívolo y fatuo; con un sentido del humor extraordinario; tierna, dulce, culta, retraída... Siempre pensé que, cuando te incluyen entre los grandes autores de una época, cuando eres mujer y te llaman hombre y La Nena, ese dolor no es nuevo: viene de otro. Sin embargo, su ternura y su silencio... Me gustaba mucho su silencio. Ana María no tenía ni odio ni furia, que es una cosa que yo tengo todo el rato, pero detestaba la mediocridad, que entonces empezaba a fermentar en Cataluña.

¿De qué años me habla?
De los noventa.

Se lo he preguntado porque en Manifiesto personal que escribió en 2011...
¡Es extraordinario! Es casi como un epitafio, una despedida. Le llamó Manifiesto, pero no lo es, es un compendio. ¿Recuerdas aquel programa de televisión, Epílogo o Epitafio, con entrevistas a autores para cuando se murieran? Pues lo que hizo Ana María fue eso. Ella era como un caracol dentro de una concha, y poco a poco fue retorciéndose hacia su propia concha en un espanto silencioso. Era lo contrario que yo, que soy expansiva, grotesca. Este libro fue la narración y su legado sobre el horror de la vulgaridad que se estaba imponiendo y que ahora ya tenemos asumida. Si hubiera visto lo que estamos viviendo ahora, se moriría.

Lo pensé al leerle “hasta hace 40 años, un editor soñaba con el best-seller que le permitiera seguir con su negocio y, a la vez, publicar los libros literarios con los que creía hacer historia de la literatura. En la actualidad, ese tipo de editor está en vías de extinción [...]. En cuarenta años hemos pasado de ser un país culturalmente pobre desde el punto de vista económico a convertirnos en un país de nuevos ricos donde la creación artística ha sido tratada según las leyes que rigen la industria de los electrodomésticos o del sector de la alimentación”.
¡Exacto! Ella y yo hablamos alguna vez de cómo los superventas y los premios literarios -incluso el Planeta, que he defendido siempre- permiten que con lo que ganas publiques a los autores y autoras con los que pierdes. Pero lo artístico ha ido desapareciendo en aras de la industria cultural hasta el punto de que el libro es un objeto con páginas de entre 90 y 300 que no te publican si tiene menos de 90 o más de 300

Le he leído decir que son tantos los escritores que le han dado tanto... ¿Hasta qué punto ha sido fácil o no elegir a Ana María Moix como su autora de referencia?
No dudé en ningún momento. Primero, porque di por hecho que hablar de Mary Wollstonecraft, Virginia Woolf o Margaret Atwood era un básico. Y segundo, por una conferencia que di en la Complutense de Madrid a alumnos de Periodismo especializados en periodismo cultural: pocos conocían a Vázquez Montalbán y ninguno a Ana María Moix. En varias librerías en las que pregunté cuánto tiempo hacía que no vendían un libro de ella me contestaron que ni siquiera sabían si los había en catálogo. Por supuesto que los hay. En Negra y Criminal, de Barcelona, Paco Camarasa me admitió antes de cerrar [lo hizo en 2015] que hacía diez años que no vendían libros de Vázquez Montalbán. Se venden de Juan Marsé porque están en los planes de estudio, pero nadie sabe quién es Jaime Gil de Biedma. Es una barbaridad. Entiendo que a Marsé lo pongan en los planes de estudio, pero no que solo a Carmen Laforet y a Carmen Martín Gaite, y de Gloria Fuertes, la poesía infantil. ¡No puedes no poner a Ana María Moix en los planes de estudio!


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