Periodista y escritora
Anna Pacheco: "Me fascina cómo Vivian Gornick encuentra las fisuras del ser humano"
Encontró un espejo en la escritora estadounidense cuando escribía su primera novela. Ayer habló de ella en Pamplona, en el ciclo ‘Oh, diosas amadas’


Actualizado el 26/03/2021 a las 16:18
Anna Pacheco dice que sus obsesiones son muy parecidas a las de la periodista, escritora y activista femenina estadounidense Vivian Gornick, considerada una de las mejores memorialistas de los últimos cincuenta años: el amor, las relaciones sociales y la clase social. Que, a pesar de separarles 56 años, en ella encuentra una familiaridad hacia unas sensaciones y un contexto. De hecho, el manual de Gornick sobre escribir narrativa personal que Pacheco leyó hace diez años, olvidando después quién era la autora, fue central para ella, y al ponerse a escribir no dejaba de preguntarse si sus ideas serían dignas de aparecer en aquel manual. El libro de referencia de Gornick, Apegos feroces, la arrolló. Coincidió que estaba escribiendo su primera novela, Listas, guapas, limpias, y Pacheco se encontró un espejo. La periodista y escritora catalana habló ayer de Gornick en el ciclo de Letraheridas Oh, diosas amadas.
El título de su charla sobre Gornick, Apegos todo el rato, es un guiño al título Apegos feroces. ¿Qué quiere decir usted?
Lo comenta la periodista Laura Ferrero sobre la obra de Gornick y lo comparto al cien por cien: su tema central es el amor, con todas sus tensiones, fricciones y heridas; el amor hacia su madre; el amor hacia esos hombres de los que luego se divorcia; el amor imposible, el que no acaba de encontrar -habla de la soledad como una postura política-. Empleo mucho el “todo el rato” porque me da la sensación de que hay mucha insistencia en algunas cosas. Y eso me pasa en los apegos: siento que estamos envueltos de ellos, que no podemos escapar y que hace que estemos ahora tú y yo hablando y que luego cada una se vaya a casa pensando en cómo han ido o cómo no han ido esos apegos, esas conexiones o esa imposibilidad también de conectar. Es una obsesión que comparto con Gornick. Es una observadora nata de la realidad, disecciona la cotidianidad, y me pasa lo mismo. De hecho, cuando leo algo suyo, digo: “Jo, ya lo ha dicho” [ríe].
“Observadora nata de la realidad”, cualidad de periodista.
Pasó del género del periodismo de la primera persona a la narrativa personal que expone en un manual de escritura [Escribir narrativa personal]. Me gusta de ella que está muy inscrita en esa ciudad de Nueva York que toma casi como un personaje más y cómo le interesa el comportamiento humano. Es una antropóloga extraordinariamente poética. Me fascina su sensibilidad para captar por qué dos amistades se han dejado de hablar, por qué dos personas afines no conectan. Me fascina encontrar todas esas fisuras en el humano.
Me habla de las obsesiones de Gornick, ¿y las suyas?
Son muy parecidas: el amor, las relaciones sociales y la clase social, algo que encontré muy bien definido en los tres libros de Gornick que editó Sexto Piso [Apegos feroces, La mujer y la ciudad y Mirarse de frente].
Oh, diosas amadas se ha creado para que autoras hablen de aquellas que han constituido icono, referencia y espejo. ¿Todo esto lo cumple Gornick en usted?
Bastante. No es un referente que arrastre desde la infancia o adolescencia, para empezar porque leí Apegos feroces cuando llegó a España, en 2017. Pero conecto con ese libro [Escribir narrativa personal] que, empezando la universidad, leí porque quería ser escritora y aprender a escribir. No era nada sencillo, primero porque se trataba de algo mucho más inteligente y denso que te enseñaba a leer. Cuando yo era adolescente, no había en mi casa libros de grandes autores y no los conocía. En Listas, guapas, limpias se habla de los que se compran en el Carrefour. Pues a través de Gornick entendí que comprarlos allí -para mí lo habitual y normal- era un marcador de clase. En Gornick encuentro una familiaridad hacia esas sensaciones y ese contexto a pesar de los años que nos separan.
¿Cómo le influyó aquel manual?
Olvidé que lo había escrito Vivian Gornick, pero fue central para mí porque lo recordaba como ese librillo azul que me había volado la cabeza sobre todo lo que le gusta a Gornick a través de otros autores, donde se cuestionaba la fiabilidad del narrador, desde dónde escribes, quién eres; que los sentimientos no son un tema, sino por sí solos pura confesión, un ejercicio narciso; que en todo caso son el instrumento para llegar al tema... Desde entonces, una parte de mí se preguntaba: “¿Esto saldría en el librillo azul?, ¿esto que estoy pensando es una idea digna del librillo azul?”. Hice la conexión cuando descubrí que Vivian Gornick era la Vivian Gornick de Apegos feroces y también la autora del librillo azul.
¿Qué ha encontrado sobre Gornick escarbando en su obra?
De alguna forma, cuando lees a alguien que te gusta mucho, quieres buscarle el truco, el cómo lo hace, por qué lo hace así, cómo construye esa narradora tan fiable, tan verdadera. He podido ir conectando todas esas preguntas tras leerme sus tres libros, y Escribir narrativa personal permite hurgar en cómo construye ese relato tan perfecto formalmente. A partir de este libro me pareció muy interesante permitirme ver cómo había hecho los siguientes y conseguía esa prosa tan concreta y elegante.
Gornick tiene ahora 85 años. Si fuera a entrevistarla, ¿qué pregunta no dejaría de hacerle?
Me interesa mucho su relación con el envejecimiento. Para un periodista austriaco superviviente de Auschwitz envejecer era peor que el campo de concentración, era una enfermedad crónica, le estaba consumiendo. Gornick no compartía esta visión, pero después contó que al cumplir 60 años fue como si le dijeran que le quedaban seis meses de vida. Quizá esa negatividad que decía que no iba a tener esté llegando, y, siendo una persona con tanta sensibilidad para captarlo todo, puede que este sea un momento muy interesante y devastador para ella. Me resultaría muy interesante conocer ensayos suyos sobre la vejez. Es un temas que me obsesiona.
¿Con 29 años?
De forma banal, te diría que es la crisis de los 30 [ríe]. Siempre me ha aterrado cumplir años. Desde niña, en esas fotos salgo o llorando o cabreada. No he sido capaz de disfrutar de ese día nunca. Llevo muy mal el paso de los años, el día del cumpleaños y el acto de... ¡es que todo está en Gornick! [sonríe]. Porque ella dice [en La mujer y la ciudad] que toda la vida se ha apañado con poco porque las cosas le ponen nerviosa. Pues me pasa algo parecido: me da pánico el momento de abrir un regalo, de tener toda la atención.