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Memoria histórica

Historias que la tierra salvaguardó

Alkibla ha editado junto con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) un libro sobre los objetos que han aparecido estos últimos años en las exhumaciones de fosas comunes de personas asesinadas por la represión franquista

Alkibla ha editado junto con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) un libro sobre los objetos que han aparecido estos últimos años en las exhumaciones de fosas comunes de personas asesinadas por la represión franquista
El sonajero de Martín | Catalina Muñoz fue asesinada en septiembre de 1936 y enterrada con el juguete de su hijo de nueve meses, Martín de la Torre Muñoz. El sonajero fue recuperado en 2011 de una fosa común en el Parque de la Carcavilla (Palencia),
Fotos de algunos de los objetos aparecidos en de fosas comunes 6 Fotos
Fotos de algunos de los objetos aparecidos en de fosas comunes
Alkibla ha editado junto con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) un libro sobre los objetos que han aparecido estos últimos años en las exhumaciones de fosas comunes de personas asesinadas por la represión franquista
Actualizada 13/01/2021 a las 06:00

Quisieron borrarles del mapa, y lo hicieron, pero la represión franquista se olvidó de los objetos que llevaban sus víctimas, los botones, hebillas, mecheros, pendientes, gafas, prótesis dentales, botas, lápices, peines, relojes, cepillos de dientes o las pipas de fumar; decenas de enseres que han esperado ochenta años bajo tierra. Todos esos objetos han emergido de nuevo con las exhumaciones de los últimos años, y lo primero que han hecho ha sido hablar, de sus dueños. Las horquillas que entregaron a María Anunciación Martínez Neira cuando tenía 92 años, por ejemplo, no resuelven la incógnita de si su madre fue fusilada junto a su padre o por separado, aquel 9 de septiembre de 1936 en el que ella se quedó huérfana, pero sí cuentan que la mujer, Lina Neira Francés, de profesión cacharrera, llevaba moño aquel día en Castromocho (Palencia).

El libro La voz de la tierra, publicado por la editorial navarra Alkibla para la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), ha recogido esos testimonios en blanco y negro, todo un ajuar funerario pero accidental, según precisa Isaac Rosa en el texto que aporta a la publicación. Todos los beneficios de esta tirada de 1.500 ejemplares serán para la ARMH.

20 AÑOS DE MEMORIA

José Antonio Robés (Villafranca del Bierzo, León, 1964), fotógrafo y artista visual, lleva muchos años comprometido con la memoria histórica. En los últimos tiempos se había percatado de que actualmente a fuerza de consumir tantas imágenes éstas están perdiendo su carga simbólica. “Estamos tan acostumbrados a ver por ejemplo las imágenes de las pateras que no nos damos cuenta que dentro de ellas van personas”, pone por ejemplo. Por eso se planteó darle una vuelta de tuerca al tema: “Sacar esos objetos de su contexto y de toda contaminación visual, ya que vi que estábamos muy acostumbrados a verlos, y hacer que hablaran por sí mismos”, apunta. Suyas son las fotografías del libro, realizadas en las exhumaciones de asesinados por el franquismo en los últimos cuatro años, y luego llamó a 39 amigos para que escribieran un relato por cada uno de los objetos. Así se involucraron en el proyecto periodistas como Rosa María Artal, Fernando Berlín, Antonio Maestre, Marta Nebot y Olga Rodríguez; músicos como Santiago Auserón, Guille Galván (Vetusta Morla), Rozalén y Miguel Ríos; actores como Juan Diego Botto; poetas como Juan Carlos Mestre, y escritores como el premio Cervantes Antonio Gamoneda, Edurne Portela, Isaac Rosa o Marta Sanz, entre otros.

El libro nació para conmemorar el 20 aniversario de la fundación de la ARMH. Diez años más tarde nació en Pamplona Alkibla, una editorial y empresa de proyectos culturales que desde el principio mostró interés por los temas de la memoria histórica.
“Qué mejor manera de conmemorar ese aniversario que situándonos en la zona cero del trabajo de la ARMH, que son las fosas, pero no tanto con los huesos sino con algo tan importante como los objetos, que están cargadísimos de historias, de emociones, de vida y de muerte”, señala Clemente Bernad (Pamplona, 1963), fotógrafo, documentalista y editor de Alkibla, que es, además, uno de los tres navarros que aportan un texto en la publicación -en su caso sobre cinco balas sin percutir encontradas en una exhumación de Concud (Teruel)- junto con el músico y poeta Enrique Villarreal, El Drogas, y el propio presidente de la ARMH, Emilio Silva Barrera, nacido en Elizondo en 1965.

Para Alkibla fue determinante que el proyecto fuera colectivo, algo que suelen hacer habitualmente en sus colecciones, y que de algún modo lo veían como un reflejo de una exhumación. “El libro casi es una exhumación. Hay un montón de gente que participa en ella, que es lo que pasa en las exhumaciones: suele haber voluntarios, forenses, arqueólogos, periodistas, fotógrafos... y aquí es lo mismo, es situarnos al borde de una especie de fosa y un montón de gente reflexionando y escribiendo sobre esa historia”, sitúa Bernad.

Para los textos, hay quien ha optado por la poesía, otros por la prosa; algunos con un tono más periodístico, otros más literario. Los participantes han tenido libertad absoluta dentro de un espacio limitado, excepto Antonio Gamoneda, que abre el libro con el sonajero que llevaba en su mandil Catalina Muñoz, labradora, cuando fue fusilada en septiembre del 36 y que se devolvió a su hijo Martín, realmente su dueño, tras recuperarla de la tierra en 2011. Los objetos que aparecen en las exhumaciones son restaurados, fotografiados, a veces investigados y, en el caso de que su aparición se haya asociado directamente a una persona identificada, se entregan a sus familias.

Para Clemente Bernad el propio libro, como objeto, es muy importante. “Este libro para mí es como un sagrario, porque contiene lo más sagrado que llevaban estas personas cuando fueron asesinadas, cosas que formaban parte de su personalidad y que, al fin y al cabo, se llevaron a la fosa”, apunta. Por eso se ha editado también con una portada agradable al tacto, que remite a la tierra. Bernad también quiere tener un recuerdo especial para una de las autoras, Guadalupe Grande, que falleció la semana pasada.

TRISTE AZAR

El fotógrafo e impulsor del libro se ve incapaz de elegir uno. “Todos son absolutamente estremecedores, detrás de cada uno de los objetos hay una historia”, apunta. Pero sí le viene a la mente uno: la llave. “Pensar que esa llave fue lo último que esa persona tocó, y que esa llave no ha vuelto a abrir su puerta, e iba a pasar 80 años metida en el bolsillo de esa víctima, me sigue conmoviendo”, señala.

También hay algunas que remiten al azar, o que se convierten en amuleto, como un dado, o una ficha de dominó. “En el fondo hay un componente de suerte o mala suerte, qué numero te ha tocado en esa ficha, o en ese dado, para que esa noche a las dos de la mañana lleguen, llamen a tu puerta, te cojan, te lleven y ya no vuelvas a entrar nunca más por esa puerta”, se pregunta Robés. La ficha de dominó era del sargento de la República Francisco González Mayoral, condenado a muerte junto con otras personas tras la toma del pueblo de Labajos (Segovia) por las tropas franquistas. Aquel 12 de octubre de 1936, Francisco González se vistió con su uniforme de gala, con una ficha de dominó en el bolsillo, el tres doble. “Me niego a pensar que esa ficha de dominó estaba en el bolsillo por casualidad, quiero pensar que la cogió como amuleto, como a algo a lo que se tenía que agarrar”, concluye Robés. El texto de la ficha de dominó es del Drogas: “Ochenta años hablando/ tierra y boca enmudecida/ a una la dejaron sin lengua/ por la otra habló la ficha”.


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