Corto sobre Ripagaina

Leire Iribarren filma cómo el confinamiento apiñó a sus vecinos

‘La movida, el balcón y las pompas de jabón’ recoge el día a día de la llamada ‘Movida de Ripa’

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Ion Stegmeier

Actualizado el 05/12/2020 a las 06:00

Leire Iribarren lleva siempre una cámara de vídeo en el bolso. Es un aparato pequeñito que le regalaron por su comunión y al que le tiene mucho cariño por su tamaño y porque graba con una textura que define como “vintage”. Cuando queda con sus amigas, a veces la saca y se pone a grabar, o cuando ve algo que le llama la atención en la calle. Hace dos años terminó la carrera de Audiovisual en la Universidad de Navarra y se marchó a Barcelona, donde trabajó sobre todo en comunicación corporativa. Pero este mes de marzo, viendo el chaparrón que se avecinaba, cogió el tren y se plantó en casa de sus padres, Belén e Iñaki, en el barrio pamplonés de Ripagaina. Su hermana Itsaso hizo lo mismo desde Latinoamérica, donde llevaba ocho meses, y así se produjo un reencuentro familiar que además iba a ser de gran intensidad: juntos las 24 horas del día durante una buena temporada.

Iribarren (en realidad se llama Leire Jiménez Iribarren pero utiliza su segundo apellido para firmar sus proyectos) empezó a hacer el ejercicio diario de grabar con su cámara desde el balcón. Los primeros días de confinamiento todo parecía normal, pero poco a poco los vecinos empezaron a sacar las luces de Navidad, crearon un grupo de Facebook del vecindario y fue tomando cuerpo un programa espontáneo de actividades en las que participaba cada uno desde su balcón: desde clases de pilates a un chico que tocaba flamenco, otro el acordeón o celebraciones sanfermineras los días de escalera. Y luego la música por megafonía, después de los aplausos de las ocho, que se prolongaba durante una hora diaria. Aquello, que se bautizó como “La movida de Ripa”, y que fue recogiendo Iribarren con su cámara, se convirtió en el cortometraje documental La movida, el balcón y las pompas de jabón, su primera película.

“Lo más complicado ha sido no pasarse de 30 minutos”, cuenta la directora, de 23 años, gran admiradora de Jonas Mekas y su cine de lo cotidiano. “Tenía horas y horas, grababa todos los días”, explica. “Al principio en la calle había poco movimiento, alguien que sacaba al perro, o el vecino que iba a comprar el pan, pero intentaba meterme en las ventanas, en los balcones de los vecinos, a ver qué conseguía ver”, recuerda. Y fueron pasando cosas, también en la plaza. “Un día empezó viniendo un coche de policía, yo creo que por curiosidad porque empezaron a rular vídeos del vecindario, y luego poco a poco venían más policías, venía la Foral, la Nacional, la Guardia Civil, los municipales, todos los cuerpos, vino la villavesa -que no pasa por aquí-, el camión de la basura, ambulancias... vino todo el mundo”, explica. Aquello generó polémica en el vecindario, que debatía sobre si iban a que les aplaudieran o iban a aplaudir. “Al final esto es un barrio con muchos niños y los niños veían a la policía con las sirenas y lo flipaban, estuvo muy guay”, opina ella.

También hubo otros policías, los llamados “policías de balcón”. “Uno de los primeros días había un par de señoras sentadas en un banco y en cuanto la gente empezó a gritarles una de ellas se fue enseguida pero la otra, que tenía más carácter, se quedó aquí hasta que llegó la policía”, relata sobre uno de los momentos más tensos que recoge el corto.

Las pompas de jabón, por su parte, aparecen y desaparecen todo el rato. Ella no quiere pronunciarse sobre su significado, cada uno que interprete lo que quiera, le han dicho desde que ven ahí una metáfora sobre la fragilidad de la vida a que era una forma de comunicación. “Veías a un niño arriba lanzando pompas y al rato te llegaban a tu balcón”, recuerda. Como con las luces, las pompas se fueron contagiando y al final eran más de diez los balcones que las lanzaban.

La película intercala escenas del interior de la casa, videollamadas, bizcochos amateurs o incluso tintes de pelo caseros. “He reflejado lo que han hecho muchas familias; al final el espectador en vez de a mi familia va a ver a su familia”, expresa.

Iribarren presentó el corto a los Encuentros de Arte Joven del Gobierno de Navarra y cuando lo proyectó vio que asistían varias vecinas que habían formado cuadrilla durante estos meses. “Eran la vecina del primero, del segundo y del quinto, que empezaron la cuarentena hablando de balcón y balcón y ahora se van los sábados a echar el vermú”, apunta. Su idea ahora es mover el corto por festivales. Ojalá en el Punto de Vista, dice. “Sería lo máximo”, asegura. Allí ha estado tres años como jurado joven y no falta desde que empezó la carrera. “Todo lo que he aprendido del cine documental un poco menos comercial, más experimental, menos narrativo, lo he aprendido en Punto de Vista; no solo con la programación, sino con toda la gente que he conocido ahí”, expresa.

Hace solo dos años que se graduó y se fue a Barcelona, como muchos otros optaron por Madrid. “Lo hacemos mucho porque crees que en Navarra no hay mucho movimiento pero cometemos un grave error, porque aquí cada vez hay más cine y más rodajes”, explica. Actualmente Leire Iribarren trabaja en una productora de cine educativo y social, Tus Ojos 2030, con la que están rodando una película en la Ribera.

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