Tribuna Cultural

Pensar la vejez, vivir la muerte

El autor comenta el último libro sobre la vejez y la muerte de Aurelio Arteta

Aurelio Arteta, ayer en Walden, donde mañana presenta su libro reeditado sobre la compasión.
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Aurelio Arteta, ayer en Walden, donde mañana presenta su libro reeditado sobre la compasión.Eduardo Buxens
Aurelio Arteta, ayer en Walden, donde mañana presenta su libro reeditado sobre la compasión.

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José María Romera

Actualizado el 02/11/2020 a las 06:00

Salvo para sus más allegados, los muertos por la pandemia no han existido. Se les ha condenado a un ominoso silencio, ocultados en las noticias, privados del derecho a la compañía y despedidos como a escondidas en unas exequias furtivas que han venido a culminar su extremo desamparo. Dar la espalda a la muerte es sin duda un mecanismo social de defensa en tiempos de calamidades, pero también una constante humana que ha venido a acentuarse en esta época nuestra, tan proclive a la distracción escapista: se nos ha dado a entender que somos personas más completas en la medida que alejemos de nosotros todo motivo de pesadumbre. La muerte es tabú y la vejez, su antesala, un fastidio del que conviene no hablar por si las moscas.

Contra esta corriente rema Y solo será el silencio, la tercera entrega de los Cuadernos de la vejez del filósofo Aurelio Arteta que publica la editorial Pre-Textos. Como en las dos anteriores, Arteta ha optado por huir de la exposición sistematizada y presentar sus reflexiones en un discurso fragmentario que no por ello pierde su cohesión interna ni se queda en la superficialidad de unos destellos fugaces. Antes al contrario, la acumulación de piezas breves le permite tejer un mosaico rico en matices en el que la vejez y la muerte se alejan del monotema.

Ambos pueden ser temas agotadores pero también resultan inagotables. Para comprobarlo basta pararse a meditar sobre ellos, que es el primer propósito de estos cuadernos: no quedándose en los “estereotipos o autoengaños habituales” ni en los “parciales enfoques psicológicos, sociológicos o de autoayuda” acostumbrados, sino atreviéndose a mirar de frente a la ancianidad desde dentro, y al final de la vida desde cerca. Para “aprender a despedirme”, dice el autor, sin que ello signifique adoptar una postura resignada, escéptica o de mera contemplación pasiva.

“Pedirle a un hombre que reflexione sobre su destino mortal -escribe Arteta- podría llevarlo ciertamente a la desesperación. Al deseo de apagarse cuanto antes. Sí, pero no menos puede (y hasta debe) animarle a insuflar un plus de energía para lo que le quede de vida”. Aunque la vejez sea el objeto de análisis del libro, opera también como observatorio, como punto de vista desde el cual se perciben mejor las realidades de la existencia. Si por un lado “la previsión de mi ruina me invita a sacar mejor partido de mi tiempo restante, a consumirlo con mayor deseo e intensidad, a administrarlo con todo esmero”, por otro “hay que habituarse a contemplar todo lo humano desde la perspectiva de su final”. Cabría decir, pues, que conforme se agudiza el sentimiento de finitud se adquiere una mirada más lúcida sobre el mundo. Se trata de “envejecer con sentido”, por tomar prestado el título del libro de Martha Nussbaum -con quien Arteta polemiza en más de una ocasión, dicho sea de paso-, y, aunque la mirada lleve “la impronta de un ánimo previo teñido de tristeza”, que no se pueda decir que se ha dejado una vida desaprovechada.

Buena parte del libro discurre entre frases tomadas de filósofos, pensadores y literatos que han meditado sobre el tema. Arteta entra en diálogo con ellos -”en conversación con los difuntos”- diría Quevedo- unas veces para asentir, otras para discrepar o apostillar, como si quisiera hacer al lector partícipe de un debate inmemorial tan recurrente como abierto. Más allá del centón de máximas y aforismos oportunos, se podría decir que las citas de autoridad actúan como palancas del pensamiento y, a la manera de Montaigne aunque sin la dispersión divagatoria de este, punto de partida de una reflexión renovada. “Reconocer mis deudas con tantos y tan sugerentes pensadores no me cuesta lo más mínimo -asegura nuestro filósofo-. Lo que me apoca es que ni con tantas referencias logre calmar la curiosidad inagotable que suscita el objeto particular de esta búsqueda”.

No es este un complaciente libro de autoayuda, pero tampoco una desconsolada invitación al derrotismo. Si alguien se pregunta si puede resultar amena una obra que insiste tan monográficamente en ponernos frente a frente con nuestro destino y recordarnos la verdad más sombría, a las pocas páginas de lectura hallará la respuesta. El libro de Aurelio Arteta es estimulante no solo por estar magníficamente escrito, sino también por el coraje intelectual de encarar con franqueza, sin ambages ni prejuicios, aquello que la conspiración de olvido dominante se empeña en mantener silenciado. Y es que, como sostiene el autor, “preguntar sobre el significado de la muerte no me hace su dueño, pero me permite conocerla mejor y atribuirle su valor aquilatado. Tampoco me libra de morir ni me privará de su horror, pero tal vez podría evitarme un final más absurdo y fortuito”.

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