Filósofo, profesor y escritor

Javier Blázquez: “Vivíamos en una especie de burbuja y ahora nos hemos caído del caballo”

Filósofo experto en ética y derechos humanos, Javier Blázquez aporta algunas claves de lo que podría suceder tras la crisis del coronavirus. Él desea que se produzca un “despertar cívico”, aunque también teme que la seguridad acabe imponiéndose a la libertad

Francisco Javier Blázquez  es profesor de Filosofía del Derecho en la UPNA y patrono y secretario de la Fundación pro Derechos Humanos Jaime Brunet.
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Francisco Javier Blázquez es profesor de Filosofía del Derecho en la UPNA y patrono y secretario de la Fundación pro Derechos Humanos Jaime Brunet.CORDOVILLA/ARCHIVO
Francisco Javier Blázquez  es profesor de Filosofía del Derecho en la UPNA y patrono y secretario de la Fundación pro Derechos Humanos Jaime Brunet.

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Nerea Alejos

Actualizado el 13/04/2020 a las 06:00

La crisis del coronavirus ha hecho que los filósofos y pensadores recobren un protagonismo que estaba relegado en una sociedad sin tiempo para detenerse a pensar en las grandes preguntas, hasta que llegó el confinamiento. Doctor en Filosofía y profesor titular de Filosofía del Derecho en la UPNA, patrono y secretario de la Fundación pro Derechos Humanos Jaime Brunet, firma habitual en las páginas de opinión de Diario de Navarra, Francisco Javier Blázquez (Castejón, 1955) comparte sus reflexiones en una situación insólita que podría convertirse en una oportunidad para “recuperar el sentido cívico”, aunque también alerta del peligro de que los gobiernos aprovechen las circunstancias para “limitar las libertades individuales y los derechos cívicos”. Durante la conversación, Blázquez salpica su discurso con citas de otros pensadores y filósofos. Estudioso del nazismo, es autor de las novelas Las huellas del silencio, sobre las prácticas eutanásicas realizadas bajo el régimen de Hitler, y Cartas para no olvidar, ambientada en la Alemania de 1950.


Hace 75 años, Ana Frank escribía estas frases en su famoso diario: “Desde la mañana del domingo hasta ahora parece que hubieran pasado años. Han pasado tantas cosas que es como si de repente el mundo estuviera patas arriba”. Parecen palabras escritas anteayer...

Ella hizo reflexiones muy válidas para este tiempo que estamos viviendo. Ahora tenemos la oportunidad de ver la vida desde otra perspectiva y pararnos a pensar qué es lo más esencial y significativo, analizar la escala de valores y dar prioridad a lo importante, frente a otros aspectos que lo único que hacen es entretenernos. Me viene a la mente esta frase de Goethe: “Quien pensó lo más profundo, amó lo más vivo”. Y para profundizar en lo interior hace falta tener tiempo y detenerse, dejar de atender a tantos estímulos externos. Nos hemos concentrado en el tener y no en el ser.


Ahora nos enfrentamos a una sensación nueva, la de haber perdido el control de nuestra vida.

Nuestro estilo de vida se rige por criterios que vienen del mundo de la tecnología y de la economía: productividad, eficiencia, rentabilidad, seguridad… Antes todo era previsible, pero ahora estamos en una situación de imprevisión. Ya nos lo venían advirtiendo filósofos y sociólogos como Zygmunt Bauman, que decía que las cosas son cada vez menos sólidas y consistentes. Ahora somos conscientes de nuestra fragilidad. Precisamente la palabra enfermedad (del latín ‘infirmitas’) significa “falto de firmeza”. Nos hemos caído del caballo y hemos visto que necesitamos la ayuda de los demás, que tenemos que confiar en los poderes públicos... Vivíamos en una especie de burbuja donde el individualismo hacía que las personas se creyeran dioses.

Costará tiempo volver a la normalidad, y todo apunta a que viviremos en un mundo donde las personas estaremos cada vez más vigiladas. ¿Estamos más cerca que nunca de la distopía que imaginó George Orwell en 1984?

Ese es un riesgo por el uso político que se puede hacer de ese conocimiento tecnológico. Los autores de la Escuela de Fráncfort, que surgió en Alemania en los años veinte, ya denunciaban que aplicar la racionalidad a la dimensión tecnológica podía ser perversa para el ser humano. Hoy en día, en el tema de la inteligencia artificial, las grandes corporaciones tecnológicas se muestran preocupadas por la privacidad y la confidencialidad de los datos, cuando están haciendo lo contrario. Esas grandes corporaciones están invirtiendo dinero en partidos políticos para evitar la regulación jurídica. Y mientras se mantenga abierto ese debate ético, consiguen evitar esas restricciones. Estas corporaciones han estado vendiendo el sistema de reconocimiento facial, algo que en Europa se ve de otra manera porque priman los derechos de los ciudadanos.


Pero podría suceder que, a raíz de esta situación tan excepcional que estamos viviendo, Europa deje de ser tan reacia a esos sistemas de control…

Claro, ¿qué pasó en Estados Unidos a raíz del atentado contra las Torres Gemelas? La dialéctica entre la seguridad y la libertad atraviesa la historia de la humanidad. El poder te ofrece seguridad, pero a cambio te quita la libertad. Y una vez que te la quita, luego es más difícil recuperarla. Creo que esta experiencia va a permitir que, en el plano político, los ciudadanos seamos más conscientes de a quién elegimos y para qué. Espero que también nos demos cuenta de la importancia que tienen la investigación, la ciencia y la sanidad. También creo que los ciudadanos estaremos más despiertos y activos para que no se produzca una regresión en nuestros derechos y libertades. Por ejemplo, ya se está produciendo la pérdida de confidencialidad. Tú haces una búsqueda de un libro en Google y al día siguiente tienes en tu pantalla una oferta enorme de títulos.


A nivel económico, esta crisis podría tener consecuencias devastadoras, similares a la Gran Depresión del 29. ¿Ese empobrecimiento generalizado le daría alas a la extrema derecha?

Cada situación tiene su especificidad respecto a otras, pero conviene aprender de experiencias anteriores. Existe el riesgo de que los gobiernos vean la oportunidad de perpetuarse y de limitar las libertades individuales y los derechos cívicos. El malestar económico y la crisis social van a provocar, probablemente, que la gente cambie su voto respecto a lo anterior. En Europa y en nuestro país corremos el riesgo de que grupos de extrema derecha quieran canalizar ese malestar. Lamentablemente, hay grupos políticos que piensan que cuanto peor esté la situación, mejor para ellos. No es lo más patriótico, precisamente, pero esa es la pobreza de los líderes políticos que no tienen principios éticos, solo expectativas electorales.


Los más optimistas creen que esta crisis nos hará mejores. ¿Aprenderemos a ser más solidarios, o volveremos a nuestra burbuja?

Me da la impresión de que probablemente no aprenderemos mucho. De aquí a seis meses, la gente intentará olvidar. Habrá tres tipos de actitudes: unos se volverán más conscientes del aspecto cívico o político, otros caerán de nuevo en lo anterior y también habrá personas que comenzarán a pensar más altruistamente. Yo espero y deseo que haya gente que quiera ir de voluntaria a los comedores sociales o contribuir a los bancos de alimentos. Creo que sí podría darse un fenómeno positivo, un despertar cívico. Y me parece fundamental que eso suceda. Si nos vuelve a pasar otra vez una crisis como la del coronavirus, la pregunta sería: ¿Qué hemos aprendido?


En los últimos años todo se ha ido individualizando cada vez más, incluido el ocio.

El filósofo Jean Beaudrillard decía, de manera provocativa, que somos una cultura de eyaculación precoz. Lo queremos toda ya, prima la satisfacción inmediata e individual, sin pensar en el otro. Rousseau decía que el reto de la modernidad es que los individuos se conviertan en ciudadanos. Yo diría que somos individuos consumidores, y no tanto ciudadanos cívicos con un compromiso social. En Grecia, el buen ciudadano era el que pensaba en lo público, en lo común, pero nuestra sociedad ha antepuesto lo individual a lo colectivo.


El psiquiatra Viktor Frankl, que estuvo preso en cuatro campos de concentración, concluyó que la vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por falta de significado y propósito. ¿Es una buena reflexión para estos días?

Necesitamos encontrarle un sentido a la existencia. ¿Para qué nos sirven ahora un coche de gama alta, un teléfono impresionante o un apartamento en la playa? Decía Susan Sontag que la enfermedad es el lado oscuro de la vida, y hay que estar preparados para encarar esa sombra. Decía Ortega y Gasset que la vida es un quehacer diario, porque la tenemos que hacer cada día. Por su parte, Sartre afirmaba que estamos condenados a elegir permanentemente, a tomar decisiones. De hecho, las grandes ideas surgen de las crisis. Una crisis es una oportunidad para pensar, reflexionar, cambiar de actitud, darle un nuevo enfoque a la vida y buscar alternativas.

“Es hora de que la gente deje de maltratar a los médicos”

Presidente del Comité de Ética del Complejo Hospitalario de Navarra, Javier Blázquez destaca la “entregada y encomiable” labor de los médicos y de todo el personal sanitario en esta situación de emergencia, así como su “atención y sensibilidad” hacia los pacientes. “Ya va siendo hora de que la gente deje de maltratar a los médicos en sus consultas, tanto verbal como fisícamente. Eso es propio de una sociedad enferma. Ya va siendo hora de que nos demos cuenta del valor que tienen la investigación, la medicina, el conocimiento o la ciencia. Ahora necesitamos una vacuna contra el coronavirus y precisamos que los investigadores consigan encontrar la respuesta a este problema”, señala.

Tres libros para pensar

‘El mundo de ayer’ de Stefan Zweig. “Una obra maravillosa que cuenta cómo era Europa antes de que hubiera fronteras y papeles. Cuenta qué se aprendió con la Primera Guerra Mundial, cómo llegó la Segunda Guerra Mundial...”, resume Javier Blázquez.

‘Modernidad líquida’ de Zygmunt Bauman. Explica los fenómenos sociales de la era moderna y qué es lo que nos diferencia de las generaciones anteriores. El filósofo polaco también es autor de obras como Amor líquido y Tiempos líquidos: vivir una época de incertidumbre.

‘Creer en Hitler. Por qué los alemanes renunciaron a su libertad’, de Carlos Alarcón. Basado en la obra El miedo a la libertad del filósofo y psicólogo social Erich Fromm, habla del temor de los ciudadanos a hacer ejercicio de su libertad y de cómo se pueden poner en manos de poderes que acaban siendo totalitarios. “Hitler era una persona sin principios, sin formación y sin experiencia política, un nihilista y un destructor, pero era un manipulador nato”, recuerda Blázquez.

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