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ESTACIÓN DE LIBROS

Voces humanas, Penélope Fitzgerald

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 09/06/2019 a las 06:00
Hay editoriales que intentan aprovechar el éxito de un libro, de la obra concreta de un autor fallecido, para publicar a partir de entonces todo lo que pueden de él. Todo lo que logran adquirir en el mercado de títulos con derechos asociados o en el espacio más amplio de los que ya están liberados de servidumbres. Piensan que el buen resultado de una novela entre los lectores y la crítica se extenderá naturalmente a otras creaciones del mismo escritor.
Aunque esa estrategia sea legítima, a menudo no sirve de mucho. No cuando son obras muy cercanas en el tiempo. Y es que los fenómenos de este tipo ocurren sólo a veces, y cuando vuelven a suceder, recaen en autores diferentes. No es tanto una cuestión de justicia, de reparto del pastel entre distintos nombres, sino más bien de calidad. Es difícil que, en un margen de pocos años, alguien consiga escribir dos libros brillantes.
Penélope Fitzgerald publicó La librería en 1978 y Voces humanas en 1980. Más allá de lo que consiguiese con la primera, que no es objeto de este artículo, está claro que con la segunda no llega al lector. No universaliza en ningún momento el escenario elegido para la trama, la BBC en el contexto de la ciudad de Londres durante la guerra. No transmite la tensión ni la carga trágica inherentes a la época, esos meses de 1940 en que Gran Bretaña estuvo a punto de ser derrotada por la Alemania de Hitler. En definitiva, no rebasa los confines mentales dentro de los cuales existe una historia antes de que su autor la comparta con los demás.
Pero es verdad que la señora Fitzgerald conoce su oficio. Sus personajes son creíbles y los diálogos de éstos son adecuados y con frecuencia ingeniosos. Se nota que ya ha escrito muchas páginas antes de abordar éstas. Antes de inventar las que nos ocupan ahora. En ellas se da un elemento característico de la literatura inglesa. Me refiero a esa sensación agradable que genera en nosotros el encuentro literario con un grupo de figuras cuya naturaleza va perfilándose poco a poco sin necesidad de que haya sucedido nada todavía. Es un rasgo heredado de la novela costumbrista que nos hace sentirnos a gusto.
Entonces, ¿dónde fracasa el libro?, ¿cuándo empieza a fallar? Porque de eso se trata también en estas reseñas. De explicar lo que no funciona. En el caso de Voces humanas, hay una idea ambiciosa que no acaba de prosperar. La autora se propone reflejar a través de los comunicados y los programas de la Broadcasting House la situación excepcional que vivió el Reino Unido en aquellos días. También quiere crear un contraste entre la existencia real de la gente en la calle, en un país amenazado por los bombardeos de la Luftwaffe, y esa especie de vida virtual que llevan los empleados de la BBC.
He ahí el problema. El enredo en que incurre la novela. Ese lugar que en principio resulta original para una historia, las oficinas y estudios de grabación mencionados, se convierte en un laberinto para el lector. En una caja negra. No como un misterio o enigma por resolver, sino en el sentido de habitáculo incomprensible. De espectro burocrático al que no puede acceder. Por medio de siglas como DPG o DPP, de términos como Departamento de Programas Grabados o Director de Planificación de Programas, la autora construye el interior de una fiesta particular, el ámbito de un artefacto narrativo del que el lector se siente excluido.
Tampoco acierta con el conflicto. Con la invención de un relato que despierte curiosidad. Las dos o tres líneas argumentales que desarrolla, la joven embarazada que se esconde en el edificio, la becaria que se enamora de su jefe o el directivo cínico a quien sólo interesan los individuos como voces radiofónicas, no nos importan en absoluto. No nos afectan literariamente. No apreciamos en ellas ninguna dimensión dramática.
No siempre nos acompaña el Espíritu Santo. Hablo de nosotros, los escritores. Nuestras decisiones relativas al tiempo y al paisaje, al asunto y a los personajes no tienen por qué ser siempre las que convienen al libro en que nos hemos metido. Es verdad que nos gusta perseverar, terminar lo empezado, demostrar constancia en los momentos sin inspiración y, sin embargo, a menudo nos falta sobre todo el orgullo necesario para desechar los textos que no sirven.
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