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Literatura

Clara Usón: “Sentí mucho tiempo que era una impostora, y ya estoy en paz”

Clara Usón, en el club de lectura de Diario de Navarra

Clara Usón, en el club de lectura de Diario de Navarra

Actualizada 26/10/2018 a las 19:03
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Clara Usón -que fue abogada antes que escritora- ha querido tratarse como personaje en El asesino tímido, una novela en la descubre un pasado de drogas, recaídas y autodestrucción y una relación con su madre muy compleja desde niña. “Quería evitar la lagrimilla y la autocompasión y he optado por el humor y la distancia”, explica la catalana, de 57 años, para justificarse como personaje en un libro donde comparte páginas con otros reales, entre ellos, Sandra Mozarovski, una joven actriz del cine del destape “supuestamente relacionada con las más altas esferas en la España de la Transición” y cuya muerte es aún hoy un episodio oscuro. El asesino tímido es el destape de Clara Usón, con ganas de hablar, también en esta entrevista, en la que enlaza temas sin preguntas.

Si bien su novela no es una autobiografía por haber episodios de ficción, sobre los que son reales, ¿no le ha dado pudor mostrarse así, desvelarse de ese modo?

¿Debería darme vergüenza? No sé. Según Borges, no todos los ateos son iguales: hay ateos católicos, ateos protestantes, ateos musulmanes... Yo soy una atea católica. El catolicismo es la culpa y la idea de que la confesión, de alguna manera, purga la culpa, y durante mucho tiempo tuve la sensación de andar ocultando un secreto, de que era una impostora, de que nadie conocía una parte de mi vida de la que no estaba en absoluto orgullosa.

[sobre aquella etapa]

Fue una etapa en la que me metí en una espiral de autodestrucción. Por hacer un paralelismo con Sandra Mozarovski, protagonicé una película de terror como las suyas, pero sin erotismo. Las suyas eran de terror erótico y la mía, de terror puro y duro. Lo fue para mí y para todos los que me rodeaban, pero no de manera voluntaria: el pasado de drogas, de descontrol y de más cosas que se explican en la novela me llevó ahí.

[sobre por qué la novela]

A mi edad, cuando tengo ya más pasado que futuro y parece que lo mejor que tenía que llegar ya ha llegado, me pregunté qué he hecho con mi vida. Eché la vista atrás, hice balance, ajuste de cuentas, reflexión. Y ahí estaba esta etapa de mi vida. Decidí contarla y dejar de mantenerlo en secreto. La novela me ha servido para perdonarme y comprender lo mucho que mi madre ha hecho por mí, lo en deuda que estaba con ella [murió en 2005]. Es un personaje muy importante en la novela. Tuve una relación muy mala con ella durante muchos años. La vida te enseña que con el tiempo alcanzas a comprender lo que de niña y joven ves y sientes. ¿Sirve para algo comprender cuando ya es muy tarde? No lo sé, pero en mi caso es así.

[sobre las mujeres en el Franquismo]

Al escribir esta novela he reflexionado, por ejemplo, en lo mal que lo tenían las mujeres bajo el Franquismo. Fueron las principales víctimas. Lo peor de una dictadura es que llega a determinar la vida de las personas, que no les da opción. Y en el caso de las mujeres fue terrible. Mi madre fue de las que padeció la Guerra Civil cuando era muy pequeña, después la atroz postguerra y luego el Franquismo. Casi toda su vida, o la parte que ella podía haber orientado, se desarrolló en unas circunstancias en las que no se lo permitían. Sin permiso del marido, hasta 1977 una mujer no podía abrir una cuenta corriente, ni comprar un piso, ni viajar al extranjero, ni trabajar... Durante el Franquismo una mujer era propiedad de un varón, que tiene que ver también con el hecho de que la mujer que entonces debía ir tapadísima fue sobre la que después decidieron destapar para indicarnos que las cosas cambiaban. Se la veía siempre como objeto.

[sobre su madre]

Mi madre, que se casó enamorada, lo hizo para huir de la autoridad paterna, y descubrió de pronto que tenía otro jefe, su marido. Todos los maridos eran así: jefes. Y como tampoco había anticonceptivos ni la posibilidad de abortar, relativamente joven mi madre está cargada de hijos y su capacidad de maniobrar y decidir su destino es nula. Hacía todo lo que tenía que hacer: era buena ama de casa, buena esposa, pero las cosas no las hacía con alegría, sino con resentimiento y amargura. Durante mucho tiempo tuve la impresión de que mi madre me detestaba, y fue cuando sufrí esa crisis y cuando una y otra vez ella se empeñó en salvarme y sacarme del hoyo, que comprendí que sí que yo le importaba. Por eso esta novela es un homenaje a mi madre también.

Y sólo le he hecho una pregunta...

[ríe] Normalmente me tienen que decir “¡Clara, para!”.

Su madre murió hace unos años.

Si no, probablemente no habría escrito esta novela.

Pero su padre está vivo.

Le pedí permiso. En aquella época, los padres, todos, eran ausentes en las familias. El mío ganaba dinero para mantener a los suyos y cuando volvía a casa nadie podía molestarle. Trabajaba y de vez en cuando se relacionaba con nosotros pero a través de mi madre. Y fue justo la muerte de ella lo que propició un acercamiento a él de todos los hijos. Desde ese momento lo he comprendido mucho más, me apoya muchísimo y le estoy muy agradecida. Cuando estuve mal, mis padres, los dos, me demostraron que me querían, y aguantaron de mí lo inaguantable. Llevé la novela a mi padre y le pregunté qué le parecía, si podía publicarla. Me dijo que sí. La verdad es que he tenido mucha suerte con ellos. No eran unos padres típicos, lo explico en el libro, y estoy encantada de que sean los míos.

En la novela cita la frase del escritor serbio Danilo Kis “cuando uno no tiene nada que perder empieza a escribir”. ¿Sentía usted esto?

Tenía la sensación de culpa que llevaba arrastrando y la sensación de que me tenía que haber muerto -si no lo hice fue por la obstinación de mi madre-. Cuando salí de aquello, decidí liberarme de muchas obligaciones y responsabilidades. Para empezar, de pensar en el futuro. El pasado son las cenizas que dejamos, el presente es algo que vamos quemando y el futuro es siempre lo que cuenta. No tendría que estar viva. Esto es un regalo que me han hecho y he decidido que los años que me quedan voy a vivirlos como quiero y dedicándome a lo que de verdad me gusta, que es la escritura. Fue la manera de poder hacer las paces con la vida. Camus decía que la decisión crucial que tomamos cada día es la de no suicidarnos. En mi caso es cierto.

Con las primeras páginas de la novela pensé que nos iba a descubrir el secreto de la muerte de Sandra Mozarovski: si se suicidó, si la asesinaron o si fue un accidente. Luego vi que no. ¿Ha sido su vía para hablar de usted?

En parte sí, pero está todo mezclado porque también quería hablar de ella. Sandra murió de forma trágica a los 18 años. No se sabe si cayó por el balcón -parece muy difícil porque la barandilla estaba muy alta y las jardineras que supuestamente regaba a las tres de la madrugada estaban en el suelo-, si se tiró -y estaríamos hablando de suicidio- o si la tiraron -y estaríamos hablando de su supuesta relación con el rey Juan Carlos I-. Pero todo esto son especulaciones, rumores, y por eso Sandra debe ser objeto de ficción: su vida está envuelta en esas incertidumbres que la convierten en pura ficción. Lo que se sabe de ella está en las hemerotecas de las revistas del corazón, entrevistas en las que se inventaba muchas cosas. Y todo me interesa porque refleja una época de la que hablo en la novela. Es la crónica de una generación, la mía.

La de los setenta-ochenta.

Sandra era un poco mayor que yo [se llevaban tres años]. Fuimos la generación que pensó que bastaba con quitar el retrato de Franco y poner el del rey para ser la democracia perfecta y dedicarnos a lo más urgente, modernizar España. Y eso pasaba por ir mucho de fiesta y tomar drogas. Fue la generación hedonista, la de la movida y la de los yonquis. Sandra fue protagonista de un fenómeno de aquella época, el cine del destape, un fenómeno muy español que para mí tiene un trasfondo político: ese cine tan frívolo, en el que el argumento está al servicio de las secuencias en las que una chica joven se abre la blusa y lo enseña todo, fue la manera del Régimen de anunciarnos que iban a cambiar las cosas y que venía la democracia.

De los ochenta usted dice que era “una década de fiesta y entierros, cada vez más entierros”.

Fuimos temerarios, una generación suicida. Si el Franquismo era miedo a todo -salvo que te dijeran que estaba permitido, todo estaba prohibido-, decidimos que éramos libres para hacer lo que quisiéramos. Éramos como nuevos ricos de libertad, y fuimos muy cafres. No sabíamos qué eran las drogas porque no habíamos tenido las experiencias de los países de nuestro entorno, a los que admirábamos y queríamos equiparar.

Escuchándole ahora me cuesta pensar en la Clara que, como escribe en la novela, “solo intoxicada era capaz de soportar la vida”.

Aunque ya no estoy intoxicada, siempre está ahí. Lo dejé todo. Llevo veinte años sin probar alcohol, ni ningún tipo de drogas, benzodiazepinas, que fueron mi problema. En aquella época prácticamente no hablaba porque las pastillas me dejaban en estado catatónico y no podía articular palabra. Me decían en el centro de rehabilitación que solo me quedaba media neurona, pero la he estado mimando mucho [ríe].

Me ha dicho al inicio que hubo un tiempo en que se sintió impostora. ¿Cómo se siente hoy?

Una siempre es impostora en la vida. Uno siempre finge. Pero en ese sentido sí que tengo la sensación de que he llegado a aceptar esa parte de mi vida. Escribir sobre ella me ha servido. No me gusta la idea de novela como terapia. Pero es verdad que para ella he pensado en algo sobre lo que no quise pensar durante muchos años y me aterraba. Porque el miedo a la locura y a aquello lo tengo, está indeleble. Ha sido una manera de hacer las paces conmigo misma.

A mí me ha parecido valiente.

Gracias, gracias. Quizás he sido temeraria. Todos los seres humanos nos parecemos y pienso que quizá mi novela puede ayudar a alguien.

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