Agorreta, el captor de una vida en retirada

José Ignacio Agorreta vuelve a exponer en la Ciudadela de Pamplona, ocho años depués, con medio centenar de óleos que evocan el paso del tiempo y sus huellas

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la Ciudadela de Pamplona, ocho años depués, con medio centenar de óleos que evocan el paso del tiempo y sus huellas
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José Ignacio Agorreta vuelve a exponer en la Ciudadela de Pamplona, ocho años depués, con medio centenar de óleos que evocan el paso del tiempo y sus huellasJosé Antonio Goñi
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José Ignacio Agorreta vuelve a exponer en la Ciudadela de Pamplona, ocho años depués, con medio centenar de óleos que evocan el paso del tiempo y sus huellas / José Antonio Goñi

Ion Stegmeier

Actualizado el 22/07/2017 a las 06:00

José Ignacio Agorreta ya es quincuagenario pero cuando empieza un cuadro es como si rejuveneciese varias décadas, hasta convertirse en el niño que salta una tapia para explorar una casa abandonada y en ruinas. Son esos escenarios que albergaron vida en su día, una existencia que se esfumó pero dejó rastro, los que le estimulan. La obra de Agorreta capta esas marcas de sus antiguos moradores y responde con un lienzo de una estética muy personal y reconocible.


Él es el único habitante de esos paisajes desoladores. Su mano y su mirada está presente, por ejemplo, en cada uno de los 45 óleos que expone hasta el final de verano en el Pabellón de Mixtos de la Ciudadela de Pamplona, a la que vuelve después de ocho años.


El artista pamplonés explicó el viernes en la presentación de la muestra que sus cuadros nacen de impulsos, incluso en su propia casa, en la que llega un día que la taza donde desayuna a diario de repente se revela como inspiración para un cuadro. No hay una composición previa, ni una planificación. Son impulsos, intuiciones, que activan su capacidad pictórica y que le hacen imposible predecir cuál será su cuadro de mañana.


Agorreta no tiene la pretensión de hablar de algo en concreto, aunque después, como espectador, ve que hay un hilo en su obra: el paso del tiempo. Todos esos edificios semiruinosos son escenarios que se ha encontrado azarosamente, pero los elementos antiguos que albergan - teléfonos, ollas, enchufes- suelen pertenecer más o menos a la época de su infancia, los años 60 y 70, por lo que le retrotraen al Agorreta niño. De hecho, se ha dado cuenta a posteriori de que cada época pictórica suya responde a un momento vital concreto, pero se ha dado cuenta a posteriori. Fue en una mesa redonda de 2012 en el Centro Huarte. Antes de participar ordenó cronológicamente los cuadros y los relacionó con las cosas que le habían ocurrido importantes en su vida; observó que coincidían. “Dejar de trabajar, el nacimiento de los hijos, la enfermedad de los padres, la muerte de los padres, el duelo... todo correspondía más o menos con cambios en la temática en los cuadros”, expuso el viernes. Es su teoría, como espectador, de su propia obra.


La exposición de Pamplona se divide en tres series, Traslados, con lugares abandonados; Huellas, donde se refleja esa ausencia con elementos de la vida cotidiana que sus moradores se dejaron allí, como teléfonos, perchas, enchufes o una olla, y Equilibrios, donde se asoma la naturaleza y las ramas y elementos naturales que llevan con él desde toda su vida, y que entraron en sus cuadros cuando pintaba tapias.

 

LOS OBJETOS QUE HABLAN


Esos lugares deshabitados cada vez le resultan más difíciles de encontrar. A veces le avisan amigos, tiene uno que es constructor y que antes de tirar edificios le manda fotos por whatsapp. Son sitios que pueden surgir en Navarra pero también a medio camino de un viaje a Madrid, por ejemplo, en el que se para a echar un café y mira por la cerradura de un muro. “Increíblemente la gente deja los elementos de su vida en la casa que abandona”, explica el autor. “La señora de esta casa [Agorreta señala un cuadro] se fue a una residencia de ancianos y ni siquiera recogió la cocina”, apunta. “A veces lo paso mal porque siento que violo la intimidad, pero no abro armarios ni nada”, asegura. Suele respetar la posición de los objetos como se los encuentra y saca muchísimas fotos para trabajar después en ella. Luego, muchas veces el cuadro surge en elementos que estaban ocultos, como el enchufe que se aprecia en la esquina de una foto.


Aparentemente sus cuadros son bastante monocromáticos, ocres, blancos rotos y poco más, pero Agorreta cree que hay una importante riqueza cromática dentro de cada cuadro. “Son pequeñas vibraciones, aportaciones, variaciones que consiguen crear una atmósfera real, que no realista, y sobre todo que sea evocadora”, explica. Eso es lo más importante para él, la capacidad de evocar las emociones.


Agorreta se ha dado cuenta que tiende a un tipo de dibujo cada vez más riguroso en su perspectiva o forma, pero es un dibujo que él deliberadamente hace imperfecto para mantener esa carga emocional y evocadora.


Es lo que escribe el poeta Luis García Montero en el poema que ha cedido al artista para incluirlo en el catálogo, sobre saber escuchar a los objetos: “El idioma dormido de las cosas/ exige un corazón subtitulado/ para contar los sueños./ Míralas,/ hablándote despacio,/ igual que a un extranjero”.


También ha observado el pintor que últimamente utiliza más el pincel y que está introduciendo elementos de su propia casa, tijeras de cocina, la taza aludida antes o unas sábanas. “Dentro de unos años os diré lo que quiere decir”, explicó ayer en la presentación.


+ José Ignacio Agorreta. Pabellón de Mixtos de la Ciudadela. Hasta el 24 de septiembre. De martes a viernes, de 18.30 a 21 horas; sábados, de 12 a 14 horas y de 18.30 a 21 horas; domingos y festivos, de 12 a 14 horas. Habrá dos visitas guiadas con el autor, los domingos 27 de agosto y 24 de septiembre a las 12 horas.

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