Entrevista
Jesús María Usunáriz, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Navarra: “El parto era un acto muy comunitario; hoy es, ante todo, un hecho médico”
El catedrático e historiador pamplonés lanza el 26 de agosto un nuevo libro acerca del embarazo, el parto y el nacimiento en la España del Siglo de Oro, y todas las consideraciones culturales y sociales que se derivan


Publicado el 02/08/2026 a las 05:00
Jesús María Usunáriz (Pamplona, 1964), catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Navarra, publica 'Parir en la España del Siglo de Oro: apuntes para una historia cultural', un ensayo que pone en valor el sentimiento de “comunidad” en torno al parto en los siglos XVI y XVII así como la figura trascendental del padre en los cuidados de la embarazada. El historiador, ayudado en múltiples bases de datos, autores de la época y documentos de todo tipo, desmonta mitos sobre las comadronas y demuestra que muchas de las inquietudes que hoy rodean a la maternidad ya estaban presentes en la Edad Moderna.
El subtítulo habla precisamente de una “historia cultural”. ¿Qué significa mirar el parto desde esa perspectiva?
Significa entender que el parto es mucho más que un acto médico. Yo no soy médico y nunca quise escribir un manual de obstetricia. Es verdad que los tratados médicos son una fuente imprescindible, pero porque hablaban de mucho más que de medicina. Exponían asuntos clave como la alimentación, las costumbres, los rituales o las relaciones familiares. A eso se suman documentos muy variopintos que trataban sobre procesos judiciales de la época, relatos de milagros, canonizaciones o pleitos en los que aparecían las comadronas como grandes protagonistas. Son fuentes extraordinarias porque describen con muchísimo detalle cómo era un parto, quién acompañaba a la mujer, qué miedos existían o cómo reaccionaba el entorno familiar. Ahí es donde la historia cotidiana cobra vida.
Una de las ideas más sugerentes del libro es que antes se nacía y se moría en casa. O, por lo menos, a eso se aspiraba. ¿Hemos ganado seguridad médica, pero perdido cierto componente comunitario?
En parte, sí. El parto era un acontecimiento profundamente comunitario. La mujer estaba rodeada por la comadrona y por otras mujeres de la familia o de la comunidad, mientras el marido esperaba fuera de la estancia. Era un momento compartido con conocidos, familiares y vecinos. Hoy el nacimiento se desarrolla, sobre todo, en un entorno hospitalario. Evidentemente hemos ganado muchísimo en seguridad, y eso es indiscutible. La emoción por la llegada de un hijo sigue siendo la misma, pero el protagonismo ha pasado del ámbito doméstico al sanitario. Quizá esa dimensión comunitaria tenga hoy menos peso que entonces.
¿Ese cambio responde a una transformación más profunda de la sociedad?
Creo que sí. Ha sucedido con otros grandes momentos de la vida. El matrimonio sigue siendo una celebración pública, si bien cada vez tiene una dimensión más privada. Con la muerte ocurre algo parecido. Algunos autores hablan de la “muerte escondida” de los siglos XX y XXI frente a la presencia constante que tenía en siglos y épocas anteriores. Con el nacimiento sucede algo similar: no ha cambiado su importancia, sino el contexto social en el que se vive.
El libro está lleno de detalles sorprendentes. Uno de ellos es la importancia que se daba al caldo de gallina... e incluso al vino.
¡Es una de las cosas que más me llamó la atención! Muchas de las recomendaciones que todavía escuchábamos a nuestras abuelas ya aparecen en los tratados del Siglo de Oro. El caldo de gallina era considerado un alimento ideal para fortalecer a la embarazada y a la mujer que acababa de dar a luz. Aunque el papel del vino puede ser lo que más sorprenda al lector. ¡Hoy sería impensable recomendarlo durante el embarazo! Sin embargo, en esos años se entendía como un alimento que proporcionaba fuerza a la parturienta.
¿Algo le sorprendió al respecto?
Más allá de esas diferencias, lo que me impresionó especialmente fue la enorme preocupación por la alimentación. Los médicos dedicaban muchas páginas a explicar qué debía comer una mujer antes del embarazo, durante la gestación y después del parto porque estaban convencidos de que de ello dependía tanto la salud de la madre como la del bebé.
Si hay una figura rodeada de tópicos, esa es la de la comadrona.
Sin duda. La imagen que ha llegado hasta nosotros es la de una mujer supersticiosa, próxima a la brujería o incluso sospechosa de prácticas delictivas. Sin embargo, la documentación expone una realidad distinta. Una buena comadrona era una profesional imprescindible y gozaba de un enorme prestigio. Declaraban como testigos en procesos judiciales y en causas de canonización porque eran consideradas personas de confianza y conocían perfectamente su oficio. Es verdad que algunos tratados demonológicos las relacionan con la brujería, pero esa imagen ha terminado pesando mucho más que la realidad. Lo que muestran las fuentes documentales es que las comadronas desempeñaban un papel esencial en la sociedad.
A partir del siglo XVII, los médicos empezaron a ganar protagonismo en los partos. ¿Fue un avance científico o una forma de desplazar a las comadronas?
Probablemente hubo un poco de ambas. Tradicionalmente se ha interpretado como una pugna por controlar un ámbito que hasta entonces había estado en manos de las parteras, pero la realidad fue bastante más compleja. Al mismo tiempo que los médicos empezaban a intervenir con más frecuencia, también se impulsó la formación de las comadronas. Primero se les exigían conocimientos religiosos, sobre todo relacionados con el bautismo de urgencia, y poco a poco comenzaron a incorporarse exámenes con contenidos médicos. Es decir, se produjo una verdadera profesionalización, y eso reforzó su prestigio.
Utiliza el arte como una fuente histórica más. ¿Qué revela un retablo sobre cómo se vivía un parto?
Muchísimo más de lo que parece. En realidad, las pinturas no representan el momento del parto, sino el puerperio, el periodo inmediatamente posterior. En escenas como el nacimiento de san Juan Bautista o el de la Virgen vemos a la madre descansando, a una mujer llevándole un caldo, a otras bañando al recién nacido o envolviéndolo. Son imágenes que reflejan la vida cotidiana y muestran hasta qué punto el nacimiento era un acontecimiento compartido.
El miedo está muy presente a lo largo del libro. Dar a luz era un momento de enorme incertidumbre, bastante más que ahora.
Sin duda. La mortalidad infantil era muy elevada y, aunque la mortalidad materna no alcanzaba las cifras que a veces imaginamos —hablamos aproximadamente de un 0,1 o un 0,2% de los partos—, detrás de esos porcentajes había muchas tragedias familiares. Era lógico que existiera un miedo constante a que algo saliera mal. Por eso los tratados médicos están llenos de recomendaciones y también cobra tanta importancia la dimensión espiritual. La devoción a determinadas vírgenes o santos, las reliquias o las oraciones respondían, en el fondo, a una necesidad humana.
La salud mental también estaban presentes hace quinientos años.
Es uno de los aspectos que más me interesan. A veces creemos que la depresión o el sufrimiento psicológico ligados al embarazo o a la pérdida de un hijo son preocupaciones muy recientes. Sin embargo, las fuentes hablan de mujeres que atravesaron profundas tristezas o episodios de melancolía tras perder a sus criaturas durante el embarazo o poco después del parto. Eso nos recuerda que muchas experiencias humanas que hoy consideramos contemporáneas siempre han existido; lo que ha cambiado son los conocimientos médicos y la forma de comprenderlas y tratarlas.
Otro de los intentos del libro es rescatar el papel del padre.
Es cierto que el parto pertenecía al universo femenino y que los hombres no estaban presentes en el momento del alumbramiento. Pero eso no significa que el padre desempeñara un papel secundario. Los tratadistas del siglo XVI insisten en que el marido debía cuidar especialmente de su esposa durante el embarazo. Además, la figura paterna resultaba esencial en cuestiones como el reconocimiento de la paternidad o los procesos judiciales relacionados con hijos nacidos fuera del matrimonio. Me parecía importante devolver al padre el lugar que realmente ocupó en las fuentes históricas.
El libro cruza el Atlántico y muestra que el conocimiento viajaba en ambas direcciones. ¿Existían algunas diferencias entre la Península y la América hispana?
Solemos pensar que Europa llevó todo el conocimiento a América, pero la realidad fue mucho más rica. Los conquistadores trasladaron la tradición médica europea, basada en autores como Hipócrates, Galeno, Avicena o Aristóteles. De hecho, los primeros tratados de ginecología publicados en el continente americano aparecieron en México a finales del siglo XVI por parte del cirujano Alonso López de Hijosos (1595) y el médico Juan de Barrios (1607). Pero, al mismo tiempo, médicos y cirujanos aprendieron de los conocimientos indígenas. Descubrieron plantas y remedios que facilitaban el parto o ayudaban a expulsar la placenta, y toda esa experiencia terminó regresando a Europa. Es un magnífico ejemplo de intercambio cultural.
¿Cómo termina un catedrático especializado en la Edad Moderna dedicando varios años a investigar algo tan concreto y a la vez natural como el parto?
Todo empezó casi por casualidad. A finales de los años noventa me interesé por los llamados ritos de paso como el matrimonio, la muerte o el nacimiento. Al acercarme a este último descubrí que, al menos en España, era un campo muy poco explorado. Aquello despertó mi curiosidad. Poco después contacté con el profesor Wolfram Aichinger, con quien compartía esa misma línea de estudio, y empezamos a estudiar todo lo que rodeaba al nacimiento: el embarazo, el parto, el posparto, los cuidados de la madre y del recién nacido, el papel del padre... En definitiva, se trataba de acercarme a la historia cultural y a la vida cotidiana, sobre todo de los siglos XVI y XVII, una realidad que con frecuencia queda en un segundo plano.
¿En qué momento pensó: “Aquí hay un libro”?
No hubo un momento concreto. Fue una construcción lenta, pero cada investigación abría una puerta nueva. Empecé estudiando a las comadronas; ellas me llevaron a los tratados médicos; los tratados, a la alimentación de las embarazadas; después aparecieron los cuidados del recién nacido, las creencias religiosas, los mitos... Poco a poco fui reuniendo piezas de un mismo puzle hasta comprender que todas formaban parte de una historia mucho más amplia que merecía contarse.
¿Percibió cierto vacío historiográfico en este campo de estudio?
Sí. Había estudios muy valiosos, pero casi todos abordaban el nacimiento desde la historia de la medicina o de la ginecología. Echaba en falta una investigación que analizara el parto desde una perspectiva cultural: cómo se vivía, qué rituales lo acompañaban, qué papel desempeñaban la familia, la religión o el vecindario. Mientras en países como Francia o Inglaterra esa línea de investigación lleva años desarrollándose, en España apenas hay trabajos de conjunto.
Si tuviera que quedarse con un mito que este libro ayuda a desmontar, ¿cuál sería?
Creo que hay dos especialmente importantes. El primero es la imagen de la comadrona como una mujer ignorante o supersticiosa. Esa caricatura no resiste el contraste con la documentación. Las parteras eran profesionales respetadas, con autoridad y una función esencial dentro de la comunidad. El segundo tiene que ver con el padre. La historiografía prácticamente lo había dejado al margen, cuando las fuentes muestran que tenía responsabilidades muy concretas y una implicación mucho mayor de la que solemos pensar.
Después de estudiar durante tantos años cómo se nacía en la España del Siglo de Oro, ¿qué lección cree que sigue siendo válida en pleno 2026?
Me quedaría con la atención que recibía la mujer embarazada. Había una preocupación constante por cuidarla en todos los aspectos: el físico, el psicológico, el espiritual y también el comunitario. Hoy disfrutamos de una medicina infinitamente mejor y eso es un privilegio incuestionable. Pero quizá aquella mirada más integral, ese convencimiento de que la mujer necesitaba sentirse acompañada y arropada durante todo el proceso, siga teniendo mucho que enseñarnos. Al fin y al cabo, más allá de los siglos y de los avances científicos, el nacimiento continúa siendo una de las experiencias más profundamente humanas que existen.
FICHA TÉCNICA
Título: 'Parir en la España del Siglo de Oro: apuntes para una historia cultural'
Autor: Jesús María Usunáriz Garayoa.
Editorial: Sílex Universidad.
Número de páginas: 263.
Fecha de lanzamiento: 26 de agosto.
Precio: 20.95 euros.
El libro forma parte del proyecto 'The interpretation of Childbirth in Early Modern Spain' y está financiado por la FWF Austrian Science Fund, organismo dirigido por Wolfram Aichinger, autor del prólogo.

