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Tribuna Histórica

Amadeo I de Saboya, el rey olvidado

El autor recuerda la figura de Amadeo de Saboya, el monarca que llegó a España hace 150 años como una alternativa tras el exilio de Isabel II, pero que renunció dos años después. Los logros de su reinado, dice, se han desvirtuado hasta nuestros días

Amadeo con sus hijos, obra   de Giacomo Di Chirico fechada en 1880.
Amadeo con sus hijos, obra de Giacomo Di Chirico fechada en 1880.
Cedida
  • Gonzalo Fernández Jarne
Actualizada 11/01/2021 a las 06:00

Este año celebramos el sesquicentenario de la coronación como rey de España, el 2 de enero de 1871, del único monarca de la casa de Saboya que ha reinado en nuestro país: Amadeo I. Una vez hubo sido convencido, a pesar de su recelo, por el general Prim para aceptar el cargo, fue oficialmente elegido por las Cortes el 16 de noviembre de 1870 para ceñirse la corona después del exilio de Isabel II provocado por la revolución de 1868. Así, en las votaciones celebradas esa jornada a tal efecto, obtuvo 191 votos de los 229 que se decantaron por diferentes opciones monárquicas frente a los solo 63 sufragios que preferían la República. Por todo ello, podemos afirmar que Amadeo I es, hasta el día de hoy, el único monarca elegido democráticamente por un parlamento constituido, por primera vez, por sufragio universal.

Sin embargo, a pesar del respaldo parlamentario, su reinado fue un auténtico jardín de espinas que empezó con mal pie. Proveniente de Italia, quiso desembarcar en Barcelona, una ciudad moderna en la que, a pesar de que estaba sufriendo una epidemia de fiebre amarilla, bullía la vida, lo cual le hubiera permitido tomar el pulso del país que había venido a encabezar. Sin embargo, el gobierno se opuso por miedo al rechazo popular, y prefirió que tomara tierra en Cartagena, una localidad menos vibrante que la capital catalana, y en la cual, curiosamente, el cantonalismo, movimiento insurreccional de ideología republicana, más fuerza alcanzaría tres años después. A este hecho hay que sumarle que nada más arribar al puerto murciano se enteró del reciente magnicidio del general Juan Prim Prats, auténtico artífice de su proclamación y valedor del joven monarca. Amadeo se quedaba prácticamente solo, al menos desde el punto de vista político.

Tres días más tarde llegaría a Madrid donde sería coronado, dando comienzo así al auténtico calvario que supuso para él y su familia su reinado. Sorprende que esa mayoría de votos que obtuvo en las Cortes no se correspondiera con el apoyo del pueblo español. De hecho, el rechazo que sufrió el nuevo jefe de estado fue abrumador. Por un lado, políticamente, los moderados, más conservadores, preferían la opción del príncipe Alfonso, hijo de la recién exiliada Isabel II y futuro rey Alfonso XII; los carlistas, más tradicionalistas, optaban por su pretendiente, el autoproclamado Carlos VII; los republicanos, más exaltados, deseaban un cambio de forma de gobierno… Por otro lado, socialmente, la aristocracia española no podía soportar que el rey, cabeza de la nobleza, fuera tan sencillo y humilde hasta el punto de pasear por Madrid sin carroza e incluso sin escolta, como un ciudadano más; la Iglesia no asimilaba su tolerancia religiosa y mucho menos que su padre, Víctor Manuel II, rey de Italia, mantuviera al Papa encerrado en el Vaticano tras unificar su país; la burguesía recelaba de sus reformas económicas, entre ellas las que pretendían abolir la esclavitud en Cuba y Puerto Rico; y el pueblo en general, tan patriota, no aceptaba que su rey fuera extranjero…

A todas estas desavenencias habría que sumarle los conflictos abiertos en los que estaba sumida España. En primer lugar, la Guerra de Cuba que había estallado solo dos años antes, y en segundo lugar, la Guerra Carlista que estallaría durante su reinado. Al mismo tiempo, las disensiones políticas entre los grupos dirigentes, muy unidos para expulsar del trono a Isabel II, pero muy enfrentados para consolidar una monarquía democrática afín a sus diferentes intereses particulares, acabó por quebrar los débiles cimientos del reinado de Amadeo de Saboya. Así, en este contexto de inestabilidad política, social y militar, es fácilmente entendible que, a pesar de todos los intentos del monarca por conciliar un país tan enfrentado, y como él mismo afirmó “tan hondamente perturbado”, la situación se hiciera insostenible y terminara con su renuncia al trono. Concretamente, el detonante sería una confrontación a principios de 1873 entre el ejecutivo radical dirigido entonces por Ruiz Zorrilla y el rey debido a un incidente entre el arma de artillería y el gobierno. El monarca, entre la espada y la pared, y reacio a tomar cualquier medida anticonstitucional que quebrantase su juramento ante las Cortes dos años antes, no vio otra salida que su abdicación, decisión que tras meditarla y consultarla adoptó definitivamente el 10 de febrero de 1873.

Finalizaba así la que podría calificarse como primera experiencia democrática de la historia de España. Menos de dos años más tarde, tras el paréntesis que supuso para España la Iª República, regresarían a nuestro país los Borbones en la persona de Alfonso XII. A partir de 1875, los sucesivos gobiernos liberales y conservadores y muchos grupos de presión de la época empezaron una campaña de desprestigio contra Amadeo de Saboya y su reinado totalmente injusta e injustificada. Y lo peor no es eso, lo peor es que esa visión negativa de esos dos años de reinado y la desvirtuación de los logros conseguidos durante ese bienio ha durado hasta nuestros días.

Ahora que está la monarquía tan cuestionada en España deberíamos poner en práctica ese revisionismo histórico que tanto nos caracteriza y rescatar del olvido la figura y obra de Amadeo I y de María Victoria del Pozzo, reyes de España, que tanto bien hicieron aunque los españoles, una vez más, no supiéramos entonces ni sepamos ahora valorarlo. Él intentó reinar sin quebrantar en lo más mínimo la Constitución de 1869, tratando de establecer la alternancia política entre las principales facciones progresistas. Ella utilizó sus propios recursos económicos en mejorar las condiciones de vida de los madrileños más desfavorecidos, especialmente de las lavanderas que trabajaban a orillas del Manzanares. Todo fue inútil. No está claro si ellos querían o no ser los reyes de España, lo que no cabe duda es que, a pesar de todo su esfuerzo, la España del momento no les dejó que lo fueran y la España de ahora no les reconoce todavía su labor. Estos dos próximos años, coincidiendo con su aniversario en la jefatura del estado, puede ser un buen momento para desfacer el entuerto.

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