“Álvaro D'Ors no contaba las cosas en las que él quedara bien”

El periodista y doctor en Comunicación ha publicado la biografía ‘Álvaro D’Ors. Sinfonía de una vida’, sobre el jurista premio Príncipe de Viana de 1999 y padre de su esposa, Paz D’Ors

Gabriel Perez Gómez: “Álvaro D'Ors no contaba las cosas en las que él quedara bien”
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Gabriel Perez Gómez: “Álvaro D'Ors no contaba las cosas en las que él quedara bien”José Antonio Goñi
Gabriel Perez Gómez: “Álvaro D'Ors no contaba las cosas en las que él quedara bien”

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Paloma de Albert

Actualizado el 14/11/2020 a las 06:00

El premio Príncipe de Viana de la Cultura de 1999, Álvaro D’Ors, era poco dado a hablar sobre los sucesos que marcaron historia, en especial los de la Guerra Civil. Destacado jurista romanista y profesor de la Universidad de Navarra, también sobresalió en el campo de la filosofía del derecho y la filología. A su muerte, en 2004, uno de sus yernos, el periodista Gabriel Pérez Gómez, se apresuró a tomar unos apuntes para no olvidar lo que “había vivido a su lado”.

Casado con Paz D’Ors Lois -la tercera de los nueve hijos del catedrático de Derecho-, Pérez lleva más de cuatro décadas afincado en Pamplona. El antiguo director de Televisión Española en Navarra empezó a profundizar en en la trayectoria vital de su suegro a través de su correspondencia, sus cuadernos de trabajo y entrevistas con su entorno. La investigación le permitió completar su biografía, una composición estructurada en cinco tiempos musicales y titulada Álvaro D’Ors. Sinfonía de una vida.

Álvaro D’Ors era su suegro. Después de la investigación ¿ha cambiado la imagen que tenía de él?

El haber trabajado sobre su vida ha hecho que descubra o refuerce más la idea que ya tenía de él. He tenido la suerte de vivir cerca de un personaje extraordinario en muchos sentidos. Pero él era muy humilde y no contaba cosas en las que él quedara bien. De esas me he ido enterando un poco de tapadillo por amigos y otros familiares. Estar a su lado era todo un privilegio. Le preguntaras lo que le preguntaras, si sabía sobre ello, realmente era una lección particular la que te daba sobre tantas cosas: sobre la vida, sobre la ciencia que él hacía…

¿Cómo era él en la intimidad?

Una persona muy cariñosa, muy volcada en los suyos y muy amante de su mujer. No le vi nunca perder el tiempo. Cuando descansaba, decía: “Voy a hacer esto para descansar”. Pero siempre se medía qué es lo que quería hacer: voy a poner un disco de música clásica, voy a hacer esta manualidad que tengo pendiente, o voy a ver con mis hijos este programa o dar tal paseo. El resto del tiempo siempre estaba trabajando: preparando clases y conferencias, escribiendo o atendiendo a alumnos. Así hasta el final de su vida.

¿Cómo influyó en él ser hijo del filósofo Eugenio D’Ors?

Él tuvo una educación muy especial. No tanto porque su padre o su madre, que también era una mujer excepcional, se ocuparan especialmente, como por el ambiente en el que se vio desde muy pequeño, con una biblioteca impresionante y la gente que iba allí a su casa; hubo en ella un recital de Federico García Lorca, y allí estaba él. Luego va a un centro experimental muy influido por la Institución Libre de Enseñanza. Y tiene compañeros excepcionales de niño: están Julio Caro Baroja o Gregorio Marañón Moya. Sus padres de algún modo han sido el vehículo para adentrarse en este mundo.

Cuando es joven, combate en la guerra, algo de lo que él no quería hablar...

El período de guerra es impresionante. Me ha costado bastante rastrear todos sus movimientos y al final he quedado bastante satisfecho.

No querer hablar de esos años es un fenómeno extendido entre la gente que la vivió. En el caso de Álvaro D’Ors ¿a qué lo achaca?

Es bastante habitual. No sé por qué, si es una reacción lógica de alguien que ha visto los horrores de una guerra. Con todo, yo destacaría cuando él está en la campaña del Ebro como requeté y se encuentra con un soldado republicano muerto. La obligación que tenían era registrar los cadáveres por si había información. Mi suegro se encontró con un macuto del que salía un devocionario. Él se quedó hecho migas: este es un republicano, está en el bando de los que estaban matando curas e iglesias, y resulta que tiene un libro de oraciones en el frente. Se dio cuenta de lo que dice el Evangelio de amar al enemigo. Y dice, igual este republicano era un tipo mucho más rezador o cercano de Dios que yo, que voy con mi boina de requeté. Todo esto no me lo contó él, sino un amigo suyo al que, a su vez, se lo contó un hermano de mi suegro. Luego he visto el libro en cuestión en su biblioteca.

Sorprende esa impresión; él no era ajeno a los republicanos. Su madre era amiga de la esposa de Juan Negrín y habían recibido a Lorca.

Él no había tenido conciencia política alguna, no había querido militar en ninguna organización. En su época de estudiante veía las tensiones que existían desde los sindicatos de estudiantes de izquierdas y los de derechas, pero no se metió nunca en esas historias. Lo que le interesaban eran sus libros y estudiar. Pero en la guerra tenía que tomar partido y se alistó con los que en ese momento estaba más de acuerdo en sus ideales.

¿Por qué se decanta por el Derecho Romano?

No tengo muy claro por qué se dedicó al derecho y no a la filología; es muy posible que influyera cómo estaban las cosas justo después de la guerra, que fuera circunstancial. Él estudiaba a la vez Derecho y Filología Clásica, y se queda sin sus profesores de una y otra disciplina, catedráticos que habían muerto en la guerra. Lo primero que le piden es que se haga cargo de unas clases de Derecho Romano en la Central -la Complutense-, y entonces deja Filología. En un momento en que ya daba esas clases va alguien a ver si puede dar de griego o latín, pero dice que ya no le da la vida.

¿Cómo recibió el premio Príncipe de Viana?

Ni se esperaba ni quiso nunca ninguno de los muchos premios y distinciones que recibió. Siempre terceras personas, discípulos sobre todo, promovieron su candidatura. Cuando le dieron el Príncipe de Viana, ese año la Universidad de Navarra había promovido la candidatura de otra persona, y él no estaba al tanto de nada. Reaccionó diciendo una frase muy suya, que era: “A la vejez te llegan los honores como a los muertos las flores”.

Parece que no tenía una visión muy positiva de la vejez.

Sí, incluso creo que íntimamente le hubiera encantado dejar Pamplona, cuando ya terminó su vida activa, porque no quería estar en un sitio que le recordara que había estado trabajando tan intensamente. Pero era mi suegra la que le decía que cómo se iba a ir de Pamplona, si es donde mejor estaban y tenía a sus amigas. A él le hubiera gustado hacer una ruptura grande entre su lugar de trabajo y su lugar de retiro. Llegaron a una especie de compromiso para pasar medio año en Galicia y medio año en Pamplona.

¿Por qué ese símil musical tanto en el título como en los capítulos del libro?

Cuando le dieron el premio Eusko Ikaskuntza [de la Sociedad de Estudios Vascos] le pidieron un resumen autobiográfico y empezaba así: “Mi vida ha sido como una sinfonía”. Un adagio de juventud, el allegro de la guerra, el andante... Como me pareció una idea bonita dije, voy a seguir el esquema que él hizo. Lo que he pretendido es dejar que sea él quien, en la medida de los posible, hable de los hechos y circunstancias, y ahí mi labor es más de buscar el hilo conductor entre unas cosas y otras.

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