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OPINIÓN

Noches insomnes, Elisabeth Hardwick

Avatar del undefinedIgnacio Lloret20/10/2019
Hay libros difíciles de clasificar en los que, sin embargo, se advierte el propósito del autor. Una intención artística. Se nota que, más allá de su lenguaje bello y de la mezcla de géneros con que están construidos, se proponen algo diferente. Una búsqueda peculiar. Siguen el rastro de la vida, de todo lo que señale alguna forma de vida, y tratan de reflejar ese esfuerzo por escrito.
Yo me siento cómodo en su interior. A pesar de su dispersión inevitable. Al margen del desorden que impone lo fragmentario. Empiezo a leerlos, reconozco las virtudes de su tono, y a partir de entonces ya no tengo prisa por llegar al final. Desde el momento de la revelación, ya no me importa equivocarme de página al retomarlos. Ni saltarme un pasaje que me aburra. Ni dejarlos a medias por cualquier motivo ajeno a la lectura.
Ocurre con el de Elisabeth Hardwick. Con este conjunto de recuerdos y reflexiones de la escritora norteamericana. En él hay una mirada hacia el pasado, pero también una observación de lo cotidiano, de lo que está pasando mientras ella escribe. Hay referencias a su infancia en Kentucky, a sus años de formación en Nueva York, a sus estancias en Europa, a sus sucesivos domicilios en Nueva Inglaterra. Y, como decía más arriba, lo singular de la obra no es el recurso a los distintos registros con los que se narra, sino el hecho de que en lo narrado se aprecie el deseo de encontrar. La necesidad de levantar los acontecimientos como piedras húmedas para descubrir larvas que palpiten debajo de ellos. Hardwick se mueve hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. Indaga en episodios propios y ajenos con el afán de hallar embriones literarios, conatos de historias dignas de contarse, destinos corrientes capaces de emocionar.
Si antes he mencionado los géneros es porque aquí va alternándose entre el relato, la entrada de diario y la carta. Se diría que la autora no sólo palpa el terreno a la caza de contenidos, sino que se deja susurrar por su propia escritura para saber qué conviene a continuación. Cómo debe contarse lo siguiente. Qué formato es el más adecuado. Se calla unos segundos al principio de cada capítulo, de cada párrafo, y escucha el hilo frágil del texto, la vocecilla que habla entre líneas. Es consciente de que unas veces es oportuna la evocación al cabo del tiempo; otras, regresar al instante en que se visitó ese lugar o se conoció a esa persona y recoger en presente el ánimo de entonces. Pero también remitirse a la descripción que se hizo de esos asuntos a un tercero en el ámbito de una correspondencia mantenida con él.
Uno de los motores de la literatura es la curiosidad. Pero, como dice Amos Oz, no la que sentimos por la vida de los demás, que es más bien territorio del chismorreo, sino la que nos empuja a averiguar cómo ven ellos el mundo y, sobre todo, cómo nos ven a nosotros. El libro de Hardwick responde a esa idea. En el retrato que ella hace de los individuos con los que se cruzó, le importa precisamente esa segunda parte. Le interesa la manera de entender las cosas por parte del muchacho homosexual con quien compartió habitación en el Hotel Schuyler de Manhattan en los años cuarenta, o el resentimiento que cierta compañera de carrera, hija de un jardinero de Long Island, sentía hacia la élite para la que trabajaba su padre. Y en la mirada de la autora estadounidense se nota ese respeto que uno debe al prójimo en general y a los personajes que uno crea o recrea en particular. Un respeto en el que también hay algo de estupor. Esa perplejidad que nos causa la gente a la que no amamos ni llegamos a conocer del todo.
Se me ocurre un último apunte. En relación con Noches insomnes y con el universo autobiográfico en sentido amplio. Pienso que otro modo de contar nuestra vida, otra estrategia para abordarla a través de un libro, es haciendo referencia a los hombres y a las mujeres que han aparecido en nuestro camino. Contrastando su existencia con la nuestra. Tratando de comprenderla mientras escribimos. He ahí, en definitiva, una forma indirecta pero eficaz de aislar nuestra identidad, de llegar humildemente hasta nosotros.
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