He leído que no mueren las almas, Anna Ajmátova

Publicado el 21/09/2018 a las 10:32
Me he encontrado con la autora rusa en uno de los puentes sobre el Neva. Es una tarde soleada de julio. Ahora estamos apoyados en la barandilla mirando hacia el agua y hacia los confines de la ciudad. Desde aquí, San Petersburgo es un lugar magnífico. Como aún es temprano y todavía no hay mucho tráfico, la señora Ajmátova y yo podemos conversar tranquilamente sobre su poemario.
Tuve que contenerme desde el principio. Llevaba conmigo demasiado dolor. Con un exceso de sentimiento no es posible escribir. Ni relatos ni poemas. O, mejor dicho, hay un ánimo propicio para ello, pero al mismo tiempo uno debe distanciarse del objeto, del contenido, del fondo trágico que desea transmitir.
Usted incluye en el volumen dos textos distintos, motivados por impulsos diferentes y, sin embargo, el lector advierte en ambos una misma manera de cantar.
Estoy de acuerdo en que se trata de un conjunto uniforme. Quizá se distingan en que en la primera parte del libro lloro a mi país, Rusia, su existencia miserable, su destino desgraciado, mientras que en la segunda tengo suficiente con ocuparme de mi hijo. Su encarcelamiento me llevó a las puertas de la prisión todos los días durante diecisiete meses. Pregunté por él cada mañana. Supliqué su liberación sin descanso y más tarde, ya acostumbrada a rogar desde el otro lado del muro, decidí escribir sobre esa experiencia con serenidad.
Supongo que, tal como recoge el prólogo de Réquiem, en ese diálogo que usted mantiene con otra mujer, hay cierto consuelo en el hecho de que puedan describirse estas situaciones.
No sólo porque entonces queda un testimonio de lo vivido, de lo sufrido, sino porque eso significa que aún permanecen en el ámbito de lo humano. Dentro de lo posible. En los confines de lo comprensible. No rebasan del todo el umbral del horror. Desde el instante en que un escritor es capaz de trabajar sobre ellas y convertirlas en un fragmento legible, en un poema, albergamos la esperanza de que no vayan más allá.
Al emplear varias formas personales, yo, tú, ella, nosotros, usted parece repartir la carga de lo dramático entre diversas voces.
Fue algo deliberado. Necesitaba afrontar las cosas desde perspectivas diferentes. A menudo, cuando nos observamos y a continuación narramos por medio de otros pronombres, logramos alejarnos del suceso. De la enormidad de lo que ocurre. De algún modo, ya no somos los únicos en padecerlo, ya no estamos solos en la adversidad.
También me convenía la fórmula de dirigirme a otro. A un interlocutor. A alguien que estuviera pasando por lo mismo, o por algo parecido. En ese sentido, yo era feliz dedicando algunos de los poemas a colegas míos como Ossip Mandelstam o M. A. Bulgakov, escritores que habían sido confinados o ejecutados. Me sentía más cerca de ellos que nunca. Y si por una parte les añoraba como los seres queridos que habían sido para mí, por otra les agradecía que me acompañasen en aquel universo doloroso.
Me gustan los textos donde usted no se ciñe a una métrica rígida, a una estructura tan esquemática, y consigue versos que bien podrían ser frases de un relato.
Entiendo lo que dice. No sé si entonces fui consciente de eso. En todo caso, es verdad que me salieron con mayor facilidad. Creo que hoy perseveraría en esa forma. Intentaría un tipo de estrofa libre en la que ya no me importara la rima, ni la longitud de los versos, ni siquiera el ritmo habitual de la poesía. Creo que no me preocuparía el asunto de los géneros literarios. Buscaría la emoción de la palabra y luego dejaría que otros le pusieran un nombre al resultado.
Empieza a oscurecer en San Petersburgo. Ahora el ruido de los coches nos impide seguir con esta conversación. Antes de despedirme de la señora Ajmátova, de ver cómo se aleja hacia el otro extremo del puente, le pregunto de qué asuntos es imposible escribir, en qué punto enmudece la literatura.
Se calla ante lo obvio. Ante lo previsible. Ante lo demasiado violento. Pero también es bueno que guarde silencio en el fragor de la vida, cada vez que nos baste vivir.