Deporte y salud
Hipotiroidismo ¿A qué se debe su potencial?
Artículo escrito por Naiara Isla (bajo mi supervisión) Graduada en Nutrición Humana y Dietética por la Universidad de Navarra. Actualmente realiza 550 horas de prácticas en el centro Esportrium Nutrición.


Actualizado el 14/04/2026 a las 15:51
El hipotiroidismo es un trastorno endocrino que se produce cuando la glándula tiroides no genera la cantidad suficiente de hormonas tiroideas, esenciales para el adecuado funcionamiento del organismo. Este déficit hormonal reduce la actividad metabólica, provocando una ralentización general de múltiples procesos corporales. Como resultado, pueden aparecer diversos síntomas que afectan negativamente a la calidad de vida, entre ellos un cansancio persistente, dificultades de memoria, alteraciones del estado de ánimo, fragilidad en uñas y cabello, piel seca, aumento de peso, estreñimiento y somnolencia excesiva, entre otros.
La prevalencia del hipotiroidismo es mayor entre los 40 y 60 años y resulta significativamente más elevada en mujeres que en hombres. En España, se estima que afecta aproximadamente al 2 % de las mujeres, mientras que en los hombres su presencia es considerablemente menor, situándose en torno al 0,2 %.
En la actualidad, una de las causas más frecuentes de hipotiroidismo es la tiroiditis de Hashimoto, una enfermedad de origen autoinmune en la que el sistema inmunitario ataca de forma errónea a la glándula tiroides. Este proceso inflamatorio crónico provoca un deterioro progresivo del tejido tiroideo, lo que compromete su capacidad para producir hormonas tiroideas de manera adecuada.
¿Qué es la glándula tiroides? La glándula tiroides es una glándula endocrina situada en la parte anterior del cuello. Su función principal es producir hormonas, la T3 (triyodotironina) y la T4 (tiroxina), fundamentales para la regulación del metabolismo. Estas hormonas influyen en múltiples procesos del organismo, como los niveles de energía, el peso corporal, la frecuencia cardíaca y la temperatura.
La actividad de la tiroides está controlada por la TSH (hormona estimulante de la tiroides), que estimula la producción y liberación de T3 y T4. Esta hormona se secreta en la hipófisis anterior, también conocida como adenohipófisis. El proceso de regulación comienza en el hipotálamo, que libera la TRH (hormona liberadora de tirotropina). Esta hormona actúa sobre la hipófisis anterior, estimulando la secreción de TSH. A su vez, la TSH viaja a través del torrente sanguíneo hasta la glándula tiroides, donde induce la producción de las hormonas tiroideas (T3 y T4). Este sistema forma un eje de regulación hormonal conocido como eje hipotálamo–hipófisis–tiroides, esencial para mantener el equilibrio metabólico del organismo.
El estilo de vida es uno de los factores que más influyen en la función tiroidea y, al mismo tiempo, el ámbito en el que mayor capacidad de intervención tenemos. Sin embargo, con frecuencia es también donde más se cometen errores, ya que depende directamente de nuestros hábitos cotidianos. En este contexto, el estrés crónico desempeña un papel especialmente relevante. Su presencia sostenida eleva los niveles de cortisol, una hormona que puede interferir en el correcto funcionamiento de la tiroides. Cuando el cortisol se mantiene elevado durante periodos prolongados, dificulta la conversión de la hormona T4, metabólicamente menos activa, en T3, que es la forma biológicamente activa y responsable de regular el metabolismo.
Asimismo, determinados hábitos alimentarios pueden contribuir a alterar el equilibrio de la función tiroidea. Dietas basadas en el picoteo constante y ricas en azúcares, harinas refinadas y alimentos ultraprocesados pueden afectar negativamente al equilibrio hormonal del organismo. El consumo prolongado de este tipo de alimentos se ha asociado con diversas alteraciones metabólicas, entre ellas la resistencia a la insulina. Esta condición puede impactar de forma significativa en el hígado, favoreciendo la acumulación de grasa y el desarrollo de inflamación hepática, lo que puede derivar en hígado graso. Dado que el hígado es uno de los principales órganos responsables de la conversión de la hormona T4 en T3, una alteración en su funcionamiento puede disminuir esta capacidad. Como consecuencia, pueden aparecer síntomas compatibles con el hipotiroidismo, incluso cuando los niveles de TSH se encuentran dentro de los valores considerados normales.
El consumo de alcohol influye de forma significativa en la función tiroidea, especialmente cuando su consumo es frecuente o excesivo. Por un lado, el alcohol tiene un efecto depresor sobre el sistema endocrino, lo que puede reducir la producción y liberación de hormonas tiroideas. Además, puede interferir en la comunicación entre el cerebro (hipotálamo e hipófisis) y la glándula tiroides, alterando el eje que regula su funcionamiento. También puede afectar a la conversión de T4 en T3, disminuyendo la disponibilidad de la forma activa de la hormona tiroidea, agravando síntomas como el cansancio, la lentitud mental o el aumento de peso. Por otro lado, el consumo crónico de alcohol puede dañar el hígado, órgano clave en el metabolismo hormonal, lo que repercute indirectamente en el equilibrio tiroideo. Asimismo, puede favorecer estados inflamatorios y afectar al sistema inmunitario, lo cual es especialmente importante en enfermedades autoinmunes como la tiroiditis de Hashimoto. En resumen, un consumo moderado y ocasional suele tener un “impacto limitado” en personas sanas, pero el consumo habitual o elevado puede alterar la función tiroidea y empeorar los trastornos existentes.
Por otro lado, los déficits de micronutrientes como el yodo, el selenio y el zinc pueden comprometer el correcto funcionamiento de la glándula tiroides. El yodo es esencial para la función tiroidea; su déficit reduce la producción hormonal, aumenta la TSH y puede provocar bocio e hipotiroidismo, ocasionando cansancio, debilidad, aumento de peso, intolerancia al frío, piel seca, alopecia, lentitud mental, depresión y una enorme ralentización de la actividad metabólica. El selenio desempeña un papel clave en la conversión de la hormona tiroidea T4 en T3, proceso que se lleva a cabo mediante enzimas denominadas deiodinasas. Además, forma parte de sistemas antioxidantes, como la glutatión peroxidasa, que contribuyen a proteger la tiroides frente al daño oxidativo y a procesos inflamatorios y autoinmunes, como los que ocurren en la tiroiditis de Hashimoto. Por su parte, el zinc interviene en la síntesis y el metabolismo de las hormonas tiroideas, así como en la regulación del eje hipotálamo–hipófisis–tiroides, influyendo en la liberación de la hormona estimulante de la tiroides (TSH).
Como acabo de indicar, el yodo es un nutriente clave para la función tiroidea, aunque su papel en el hipotiroidismo es complejo. Su deficiencia puede provocar bocio y disminuir la actividad metabólica al dificultar la síntesis de las hormonas T3 y T4. Sin embargo, cuando no existe un déficit de base, la suplementación con yodo no solo resulta ineficaz, sino que puede ser perjudicial. En el caso de la tiroiditis de Hashimoto, un aporte elevado puede intensificar la respuesta autoinmune contra la glándula, favoreciendo la inflamación y el deterioro del tejido tiroideo. Por ello, el uso de suplementos sin supervisión puede agravar el cuadro clínico en lugar de mejorarlo.
Entre los alimentos ricos en estos micronutrientes destacan las nueces de Brasil, las semillas de calabaza, los mariscos, el pescado graso, las carnes magras, el pollo, los huevos y los cereales integrales.
La vitamina D tiene un papel regulador del sistema inmune. Cuando sus niveles son bajos, aumenta la probabilidad de que el organismo ataque sus propios tejidos, como ocurre en la tiroiditis de Hashimoto. Niveles bajos de vitamina D se han relacionado con una mayor presencia de anticuerpos antitiroideos y una mayor actividad autoinmune, por lo que hemos de tener muchísimo cuidado en presentar un déficit, tan común hoy en día, de esta vitamina.
En el contexto actual de Navarra, donde en 2022 las alteraciones tiroideas afectaban ya al 10% de la población, surge una pregunta obligada: ¿a qué se debe este incremento tan notable en nuestra comunidad?
Más allá de la nutrición y del estilo de vida, el aumento de casos de hipotiroidismo en regiones específicas se vincula también a factores ambientales y contaminantes externos. Elementos presentes en el tratamiento de aguas, como el cloro o el flúor, pertenecen a la misma familia química que el yodo (los halógenos) y, en contextos de déficits nutricionales, podrían competir por su transporte hacia la tiroides, dificultando su absorción. Asimismo, en zonas con alta actividad agrícola o industrial, la presencia de nitratos o restos de disruptores endocrinos en el agua de consumo puede interferir en la capacidad de la glándula para captar el yodo necesario. Estos compuestos químicos, presentes en plásticos y productos cotidianos, actúan alterando el equilibrio hormonal del organismo.
No obstante, parte del crecimiento de estas cifras no se debe exclusivamente a un empeoramiento de la salud poblacional, también está relacionado con una mayor capacidad médica para monitorizar y detectar cualquier desviación en el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides desde sus fases iniciales. Las herramientas de diagnóstico de hoy en día son mucho más sensibles y accesibles que hace unas décadas. El incremento en la realización de analíticas y pruebas de imagen avanzadas permite identificar alteraciones en etapas muy tempranas. Esto ha llevado a un aumento en el diagnóstico del hipotiroidismo subclínico (casos donde la TSH está ligeramente elevada pero los síntomas son leves o inexistentes) y a la localización de pequeños nódulos tiroideos que antes pasaban desapercibidos.
Es importante tener en cuenta que ciertas secuencias de aminoácidos presentes en proteínas del gluten, especialmente en la gliadina, pueden presentar similitudes con fragmentos de proteínas propias de la glándula tiroides. Este fenómeno, conocido como mimetismo molecular, implica que el sistema inmunitario, al reaccionar frente al gluten, puede confundir estas estructuras con componentes del propio organismo y dirigir también su respuesta contra la tiroides. No obstante, este mecanismo adquiere relevancia principalmente en personas con predisposición genética o inmunológica a desarrollar enfermedades autoinmunes.
El ejercicio y el sedentarismo influyen de forma notable en la función tiroidea, principalmente a través de su impacto sobre el metabolismo, el equilibrio hormonal y la sensibilidad de los tejidos a las hormonas tiroideas. El ejercicio ayuda a mejorar la sensibilidad a las hormonas tiroideas, favorece un metabolismo más eficiente y contribuye a regular el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides. Además, puede mejorar la conversión de T4 en T3 y reducir factores que interfieren en esta función, como el estrés crónico o la inflamación. También es clave para controlar el peso corporal y mejorar síntomas frecuentes del hipotiroidismo como el cansancio, la lentitud o el bajo estado de ánimo. En cambio, el sedentarismo tiende a tener el efecto opuesto. La falta de actividad física se asocia con una menor tasa metabólica, mayor riesgo de resistencia a la insulina y aumento de la inflamación de bajo grado, factores que pueden afectar negativamente al funcionamiento tiroideo. Además, puede favorecer el aumento de peso y empeorar la sintomatología en personas con alteraciones tiroideas. No obstante, es importante matizar que el exceso de ejercicio, especialmente cuando es muy intenso o no se acompaña de una adecuada recuperación, puede generar un aumento del cortisol y del estrés fisiológico, lo que también podría interferir en la conversión de T4 a T3. En resumen, un nivel de actividad física moderado y adaptado a cada persona favorece la función tiroidea, mientras que el sedentarismo y también el sobreentrenamiento pueden perjudicarla.
A continuación, se presenta un ejemplo de menú semanal diseñado para aportar los micronutrientes clave en esta patología. Incluye, además, recomendaciones de ejercicio, pautas orientadas al control de la resistencia a la insulina y un adecuado suministro de todos los nutrientes esenciales que el organismo no puede sintetizar por sí mismo.


Algunos alimentos del menú, como el brócoli o las espinacas, contienen sustancias bociógenas que pueden interferir con el yodo. Sin embargo, no es necesario eliminarlos ya que el proceso de cocción (hervido, vapor o salteado) inactiva estas sustancias casi por completo, permitiendo disfrutar de sus beneficios sin afectar a la tiroides.