Transporte ferroviario
Madrid-Sevilla pasando por Adamuz: "Me he santiguado"
Viajamos a bordo del primer AVE de Renfe que cubre el trayecto directo entre Atocha y Santa Justa casi un mes después de la tragedia ferroviaria que ha mantenido parte de la línea cerrada


Publicado el 18/02/2026 a las 05:00
Cinco minutos después de la hora prevista, las 7 de la mañana de este martes 17 de febrero, ha partido desde la estación de Atocha el AVE 2070 con destino a la estación sevillana de Santa Justa. Es el primer tren de Renfe que cubre el trayecto entre Madrid y Sevilla de forma directa casi un mes después de la tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba) en la que el pasado 18 de enero fallecieron 46 personas tras colisionar un Alvia que se dirigía a Huelva con un Iryo que circulaba en sentido contrario. El tren va casi al completo, 250 pasajeros, alrededor del 80% de su capacidad. Muchos turistas chinos y japoneses, algunos periodistas que cubren este primer viaje tras el arreglo de las vías, y pasajeros que van a Córdoba o Sevilla a trabajar o a disfrutar de unos días de ocio. Como Renfe, también otras operadores han reanudado estos trayectos directos. De hecho, cinco minutos antes, a las 6.55, ha salido un Ouigo en la misma dirección.
El siniestro de Adamuz obligó a cortar una parte del trazado y desde entonces todos los viajeros debían usar el autobús para cubrir el trayecto entre Villanueva de Córdoba y Córdoba. Un recorrido que habitualmente ronda las dos horas y 50 minutos se llevaba cerca de cinco horas y media con el trasbordo del autobús. En ello incide un viajero, que lamenta las dificultades que eso suponía y agradece que ahora haya un tren directo.
Por eso este momento era tan esperado por los usuarios del Madrid-Sevilla, que también serán los primeros que atravesarán el punto kilométrico 318,693 del corredor de alta velocidad entre Madrid y Andalucía, donde se ubica oficialmente el lugar exacto del siniestro de Adamuz. Y claro. Lo están viviendo con una mezcla de inquietud ("nos sentimos un poco conejillos de indias") y profundo respeto por lo ocurrido y las víctimas.
"Siempre que sucede un accidente con tantos fallecidos te genera cierta preocupación y piensas que no me pase a mí, pero yo confío en las infraestructuras", dice Ignacio Gutiérrez, de 40 años, coordinador estatal del Comité de Ayuda al Refugiado (Cear), que se dirige a Sevilla a visitar a las delegaciones de Cear.
Sentado en el asiento 10C del vagón número 5, Ignacio está feliz de no tener que emplear más de cinco horas en llegar a Sevilla gracias a la reapertura de la línea, y, a su paso por Adamuz, dice que sentirá "un profundo respeto" por lo que allí pasó hace casi un mes, "y empatía por las familias de los 46 fallecidos", afirma con un punto de emoción.
"PENSAREMOS EN LOS FALLECIDOS Y EN LOS FAMILIARES"
En el vagón 6 viajan José Antonio Roldán y Paula Ruiz, un matrimonio donostiarra de 69 y 66 años que se dirigen a Sevilla a disfrutar de cuatro días de ocio en la capital hispalense. No ocultan que sienten un pellizco en el estómago. "Después del accidente te piensas si coger de nuevo un tren , pero no puedes pensarlo mucho tiempo, porque si no, el miedo te atenaza y no nos dejaría salir de casa", reflexiona Paula, mientras su marido mira el horizonte de encinas y olivares que se extiende tras la ventana. Estamos cerca de Adamuz y José Antonio quiere tener en silencio un recuerdo especial para los 46 fallecidos. "Es tremendo lo que pasó. Hostia, te imaginas a todas esas personas que segundos antes estaban vivas y luego...", dice sin poder acabar la frase. "Pensaremos en los fallecidos y en sus familiares aunque sea un instante", le ayuda su mujer.
Álvaro Alarcón, 20 años, se dirige a Córdoba, donde juega profesionalmente en un equipo de fútbol sala que milita en primera división. Coge con frecuencia este AVE para desplazarse a Madrid, donde tiene buenos amigos. De hecho, el 18 de enero tenía un asiento en el Alvia accidentado, pero pudo cambiar el billete y adelantarlo para el día anterior. Sin entonces saberlo se libró del siniestro. Está muy sensibilizado con lo ocurrido. "Me preocupa, pero no le he cogido miedo al tren porque si le cojo miedo pierdo un medio de transporte que utilizo mucho".
Justo en este instante, a las 9.15, el AVE cruza Adamuz, y muchos viajeros pegan los ojos a la ventanilla tratando de localizar algún resto del accidente. Impresiona ver uno de los vagones rojos del Iryo siniestrado, aún varado sobre una senda de tierra y semicubierto por una lona azul. También hay un amasijo de hierro que parece una rodadura, maquinaria pesada, algunos operarios yendo de un lado para otro... y una corona de flores que luce firme, silenciosa, digna.
Nuestro tren ha reducido la velocidad a 60 kilómetros por hora. Es una lentitud muy reveladora, podía ser en señal de respeto (como si la propia máquina reconociera el doloroso peso de ese terreno, la huella invisible de la tragedia), pero es por seguridad tras el arreglo acometido. En los vagones se contiene la respiración. El silencio abruma. Hay a quien se le escapa un suspiro. No hacen falta palabras para honrar las vidas perdidas . "Es imposible no conmoverse, es imposible no recordar lo que pasó aquí", dice Álvaro con un respeto casi reverencial.
Pascual, el veterano interventor del tren, asegura que pensaba que no le iba a hacer tanto efecto pasar por Adamuz, pero confiesa que se ha removido y que realmente ha sentido algo" Me ha dado mi cosita por dentro", describe.
A Juan Carlos, el maquinista de este AVE, apenas le ha dado tiempo a pensar en otra cosa distinta a las vías y el tren. "Hemos venido a unos 250 kilómetros por hora casi todo el rato, salvo en Adamuz, a 60, y en dos limitaciones a 30 que tenemos programadas entre Córdoba y Sevilla", detalla recién llegado a la estación sevillana de Santa Justa.
En su cabina cada indicador, cada botón, es un recordatorio de la responsabilidad que lleva en sus manos. Por eso Juan Carlos,que lleva 18 años conduciendo AVEs, se ha mantenido frío a su paso por Adamuz. Otros hicieron sonar la bocina. Él no. "Más que emoción es una sensación de respeto porque yo voy muy pendiente de la velocidad y la circulación". Antes del siniestro, recuerda, por ahí se circulaba a 200-210 kilómetros, "pero al ser una infraestructura nueva que necesita un periodo de asentamiento hemos reducido mucho la velocidad".
"AHORA ME SIENTO MÁS SEGURA"
Paloma Vinader, madrileña de 34 años, trabaja en Solarig, una empresa de energía renovables, y se dirige a Sevilla para reunirse con su equipo de Recursos Humanos. "Yo soy creyente. Cuando he pasado por Adamuz he mirado por la ventana, me he santiguado y he pedido que Dios esté con ellos. Es muy difícil no emocionarse y sentir cercanía con las víctimas y sus familiares", afirma. Paloma señala que ahora se siente mucho más segura viajando en tren que antes. "Ellos saben que si no tienen que sobrepasar ciertas velocidades no lo van a hacer y además se han reforzado los protocolos de seguridad. Ahora me siento más segura", remarca.
El tren avanza suave, casi orgulloso, como si nada pudiera alterarlo. Pero en el kilómetro 318 algo ha cambiado por dentro. El pasajero no ve el punto exacto, no hay una señal luminosa que diga "aquí", y sin embargo lo sabe. El paisaje es sereno, campos abiertos, cielo nuboso, algo de niebla, frío de invierno. Resulta injusto que un lugar tan tranquilo guarde un recuerdo tan oscuro.
El AVE marcha recordando sin detenerse, atravesando cicatrices invisibles. "No he querido mirar. He preferido aislarme. Es mi forma de rendirles homenaje, porque con tanto ruido parece que el accidente ya cobra poca importancia y lo que importa es la batalla política", sostiene Isabel, consultora de 52 años, que viaja a Sevilla por trabajo. En el asiento de al lado, Alejandro, informático de 24, dice que ha mirado por la ventana y al ver el paisaje de restos del Iryo rojo se ha quedado con mal cuerpo. "He tenido un poco la sensación de cuando estuve en Auschwitz, de estar ahí en un sitio donde ha pasado una tragedia con el peso de su historia".
En otro vagón, en una mesa compartida charlan Alberto, Pablo y Ella, una norteamericana de Boston que está estudiando cultura española en Sevilla. No se conocían de nada, pero han hecho buenas migas en el tren, y Pablo y Alberto han puesto al corriente a Ella de la tragedia. "Qué horrible, lo siento mucho", exclama la joven estadounidense. Alberto, un editor madrileño de 45 años que se desplaza a Sevilla a la presentación de un libro, dice haber rezado un padrenuestro, dedicando unos instantes a las 46 víctimas. Imagina el ruido, el desconcierto, las vidas interrumpidas y piensa en las familias de esos 46 nombres que se quedaron en el camino. "Cuando hemos atravesado Adamuz había una bruma que le daba un atmósfera especial. He pasado por aquí mil veces porque cojo mucho el AVE Madrid-Sevilla y siempre estaba distraído o iba dormido y no me fijaba. Ya no va a ser así. Cada vez que pase por aquí siempre me acordaré de ellos".
Pablo, que se ha montado en Puertollano, una de las paradas del AVE junto a Ciudad Real y Córdoba, y estudia un doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual en Sevilla, afirma que se le ha encogido el corazón. "Me he enterado al comprar el billete de que íbamos a ser los primeros en pasar por Adamuz tras el accidente" (en realidad los segundos tras los viajeros del Ouigo). Pablo siente un frío interno que nada tiene que ver con la temperatura del vagón. Es un nudo que le aprieta el corazón y despierta en su cabeza imágenes de gritos y caos. "Cuesta creer que estás pasando por el mismo lugar de esa tremenda tragedia", reconoce empatizando con el dolor ajeno.
El AVE prosigue su ruta 'inaugural'. Deja atrás el pueblo de la tragedia, que también fue el de la solidaridad de todos sus vecinos desviviéndose por auxiliar a las víctimas. Ya todo parece en calma. El traqueteo ha desaparecido, y el AVE vuelve a surcar los campos como un cuchillo de acero. Finalmente, con un retraso de 36 minutos (de las 9.48, hora prevista de llegada, a las 10.24) , entra en la estación sevillana de Santa Justa sin incidencias reseñables. Juan Carlos, el maquinista, atribuye el retraso a que la velocidad está limitada "y a que teníamos un poco por delante un Ouigo, que ha salido de Madrid unos minutos antes". Y, pese a los nervios del primer día, nadie en el vagón cafetería ha pedido una tila.