Convulsión política

España, un país sin consensos

Nuestro país afronta su mayor crisis en décadas sin capacidad para construir grandes consensos para gobernar;la polarización, las estrategias efectistas de los partidos y los discursos populistas complican todavía más el futuro

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Colpisa

Actualizado el 21/03/2021 a las 06:00

La factura que está dejando la pandemia es tan dura como abultada. Los datos oficiales hablan de más de 72.000 muertos, aunque podrían ser más de 90.000. En el plano económico, las cosas pintan igual de mal. El paro va en aumento, cierran empresas y negocios y crece la sensación de que los mecanismos de ayuda, que por ahora han amortiguado el golpe, no dan más de sí. Entre otras cosas, porque alguien tiene que pagarlos. La deuda pública se sitúa en el 117% del PIB. ¿Eso es mucho? Más de 1,3 billones de euros. La esperanza tiene un nombre: vacunación. Y tampoco es que estén llegando buenas noticias. Así que en medio de la tormenta solo queda mirar a los encargados de llevar el timón y confiar en que tengan una hoja de ruta creíble apoyada por una amplia mayoría. ¿Hay razones para hacerlo? El comienzo de la respuesta arranca en Murcia.

El viento de Levante provocado por la moción del PSOE y Ciudadanos para desalojar al PP ha sacado a la luz una forma de hacer política basada en la idea de jugadas maestras diseñadas para debilitar al contrario. En realidad, nada nuevo en democracia.

Lo novedoso es que en la España multipartidista de 2021 y en medio de la mayor crisis en décadas esa estrategia se está llevando al extremo. La candidata de Más Madrid, Mónica García, habló de que hay quien piensa que todo es una serie de Netflix, Aitor Esteban denunció que algunos se dedican a jugar al Stratego... Ir colocando las piezas adecuadas para ganar la partida en lugar de sentarse para buscar grandes acuerdos. Y eso tiene enormes riesgos. Porque todo se reduce a mensajes simplistas: “libertad o comunismo”, “democracia o fascismo”...

José María Lassalle, ex secretario de Estado con el PP, no duda de que la sociedad española se “ha instalado en una dinámica populista en la que no hay límites”. No es especialmente optimista porque una vez que esta forma de hacer política “se desata” es muy difícil pararla.

La fórmula es sencilla: anteponer las emociones a la razón, eliminar cualquier “relato unificador” y “usar la mercadotecnia para mover a las masas”. Y, advierte, “si las democracias no tienen respuesta a lo que la gente demanda se sientan las bases para que alguien quiera aparecer como un líder redentor”. Lassalle, que el mes que viene publicará Liberalismo herido (Arpa), cree que en España “los dados ya están en aire”. Queda por saber quién ganará un juego en el que el tablero principal se encuentra ahora mismo en Madrid. Y no en el Congreso, sino en el Gobierno autonómico.

“ROMPER LA CENTRALIDAD”

Convertida en un altavoz mediático que emite un ruido ensordecedor, el control de la comunidad se ha transformado en un elemento que lo cubre todo. Incluso Cataluña. La posibilidad de que los soberanistas conformen un nuevo Gobierno que busque la ruptura con el Estado no es nada con el juego de tronos desatado en la propia capital del Estado.

“No hay mejor ejemplo de la polarización que provoca el populismo que lo que sucede en Madrid”, observa Ramón Jáuregui. El exvicelehendakari y exministro socialista recuerda las palabras de Isabel Díaz Ayuso o de Pablo Iglesias “hablando de derecha criminal”. “Se están echando por tierra los principales fundamentos de la convivencia”, lamenta. Sobre todo por el efecto contagio. “España es un país madrileñalizado”.

Jáuregui recuerda una palabras del fundador de Fox News, el canal preferido de los sectores conservadores de Estados Unidos. “Este canal no es para la mayoría de los americanos, es para la mitad de los americanos”. Se busca “romper la centralidad”, “descalificar al otro”... A su juicio, en España “los dos extremos se están tensando” y así es muy difícil buscar “el interés general”.

El exdirigente socialista alude a la necesidad de buscar “grandes pactos”, “estables” y que sean “intergeneracionales” para afrontar los “retos disruptivos” a los que se enfrenta la sociedad, y no solo por la pandemia. Todas las voces coinciden en que España necesita una reforma judicial, fiscal, educativa, constitucional, de modelo de país, pactos para mantener a flote las empresas, para ayudar a los trabajadores, para fortalecer los servicios sociales... Una tarea hercúlea.

Pero ese anhelo choca contra la “negativización del otro” que se ha instalado en España, recuerda el profesor de Filosofía de la Universidad Carlos III Gonzalo Velasco, para quien las actuales fuerzas políticas tienen querencia a “querer hacer siempre historia”.

Velasco habla de una sociedad líquida en la que “no se sabe muy bien contra qué protestar” y que es muy dada a tener una “actitud conspiranoica”. “Y a la que ya no se necesita motivar, sino movilizar”. Un principio que el economista Richard Florida ideó para las empresas y que ahora se ha exportado a una arena política en “la que la nueva medida del tiempo es el instante”, como señala Verónica Fumanal. Nada de planes a largo plazo. Todo a corto. Buscar las “jugadas inesperadas”.

La politóloga tiene clara una de las razones por las que las diferentes formaciones apuestan cada vez más por estos “giros de guion” y “golpes de efecto”. “Porque tienen una rentabilidad muy importante en los medios de comunicación”. Fumanal pone Madrid como ejemplo de cómo los tiempos están cambiando. La Comunidad funciona sin Presupuestos, Díaz Ayuso no ha logrado aprobar unas Cuentas públicas desde que llegó a la presidencia en 2019. “Eso antes hubiese sido el principal motivo para convocar elecciones, ahora se irá a las urnas sin Presupuesto pero porque se pactó una moción de censura en Murcia”.

“EL ORIGEN DEL MAL”

Fumanal es también de las que ve “imposible” lograr grandes consensos, alerta del “populismo” y sitúa el “origen del mal” en el “desprestigio que alcanzó la política cuando se empezó a usar la corrupción como ariete electoral”. Aun así, cree que la “política es cíclica” y que esos consensos que ahora parecen imposibles, por esa misma rapidez de los acontecimientos, pueden acabar siendo reales a corto plazo.

¿Pero en qué medida la propia sociedad es culpable de lo que sucede? Como señala el filósofo Javier Gomá, “la democracia obliga a los políticos a ganarse a la mayoría” y eso tiene como resultado “la conversión de la política en un show, en una serie de televisión con permanente giros de guion que mantiene viva un atención siempre sedienta”. Y eso, a su vez tiene sus propios riesgos, que la sociedad al final sea “reacia a argumentar, razonar y discriminar”. Una ciudadanía adicta a las pantallas y más inclinada a lo “espectacular» que a lo «racional”. “Las tertulias políticas cada vez se parecen más a las futbolísticas”, añade Gonzalo Velasco.

Sin ser un crítico absoluto, Jáuregui también pone el acento en cómo los propios partidos han “destruido su espacio deliberativo”. Recuerda su etapa como vicelehendakari, cuando se las veía y se las deseaba para convencer a sus compañeros del PSE en los comités nacionales. “Sufría, pero eso me enriquecía”. Todo eso se ha terminado. En su opinión, aún hay tiempo para reaccionar, Y plantea su propia disyuntiva: “Democracia o populismo”.

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