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Galicia y País Vasco

El primer test electoral de la pandemia evalúa el papel de Sánchez y Casado ante la crisis

Foto de Alberto Núñez Feijoó e Iñigo Urkullu.
Alberto Núñez Feijoó e Iñigo Urkullu en imágenes de esta campaña electoral.
EFE
  • Ramón Gorriarán / Colpisa
Actualizada 12/07/2020 a las 06:00

Cuatro meses después de la declaración del estado de alarma y tres semanas después de su extinción, este domingo llega de la mano de vascos y gallegos el primer test electoral de la pandemia. El resultado dicen que está cantado, con las cómodas victorias del nacionalista Iñigo Urkullu y del popular Alberto Núñez Feijoó, pero Pedro Sánchez, Pablo Casado, Santiago Abascal, Pablo Iglesias e Inés Arrimadas también juegan su partida particular en Euskadi y Galicia. De los cinco, solo el líder del PSOE parece que tendrá motivos para sonreír por la noche.

Sánchez se examina de su gestión de la pandemia y lo habitual es que el manejo de las crisis, máxime cuando son del tamaño de la del coronavirus, sea recompensado con un bofetón de los votantes.

Que se lo pregunten al francés Emmanuel Macron, que aún se duele del costalazo en las municipales del pasado domingo, por no hablar de los liderazgos que se llevó por delante el vendaval económico de hace una década. Pero el presidente del Gobierno puede salir del trance sin magulladuras a pesar de los errores cometidos. Para la oposición su estrategia y sus medidas han sido un desastre sin paliativos, pero las encuestas no reflejan esa reprobación. Recibe un aprobado, raspado, pero aprobado.

Salvo sorpresa de libro, los socialistas van a mejorar sus registros en el País Vasco y Galicia. Claro que no es difícil porque en 2016 obtuvieron los peores resultados de su historia en ambas comunidades. En el PSOE aseguran que existe un 'efecto Sánchez' que compensa el bajo perfil de sus candidatos, Idoia Mendia y Gonzalo Caballero, con buen cartel interno pero de discutible tirón externo. De todas maneras, son dos elecciones con muchas claves autonómicas en las que el discurso nacional encuentra dificultades para abrirse hueco.

Si Sánchez se examina, Casado se enfrenta a una reválida. Su estrategia de oposición arisca no encuentra terreno abonado en Euskadi y Galicia. Los populares del norte son de otro registro. El jefe de la oposición tuvo que rendirse ante el primero, que con su bagaje de tres mayorías absolutas consecutivas desdeñó la coalición con Ciudadanos, y además se permitió algunos lujos. Entre ellos, rebajar al terreno de las nanosiglas el acrónimo del partido. Feijoó es Galicia, no es PP, y si gana, como todo hace prever, vencerá él, pero no Casado. En el País Vasco, en cambio, el líder popular descabalgó a Alonso, impuso la alianza con los naranjas, contra el criterio de la mayoría del partido en Euskadi, y colocó como candidato a Carlos Iturgaiz, un jubilado de la política con retórica de antaño. El PP se dirige al descalabro y confirma que avanza con paso firme hacia la irrelevancia política en el País Vasco. La derrota tendrá un padre, Casado, y un ahijado, Iturgaiz. La estrategia y el discurso son suyos.

El estilo de opositor sin tregua del líder del PP no cuaja en una sociedad que empieza a aliviarse de la pesadilla terrorista y prefiere el diálogo a la confrontación. Pero Casado ha decidido sacrificar la pieza vasca para rentabilizar esa forma de entender la política en otros territorios.

 

NARANJAS, MORADOS Y VOX

El que va a sacar rédito de esta situación es Ciudadanos, que merced a la coalición con los populares va a colocar uno o dos representantes en la Cámara vasca sin mancharse los zapatos y sin salir de la marginalidad. Los liberales, ni con Albert Rivera ni con Arrimadas, logran entrar en el electorado gallego y vasco. En el territorio de Feijoó volverán a tener resultados para olvidar porque su espacio lleva décadas colonizado por el PP. Pablo Iglesias va a toparse con la paradoja de que en el momento de mayor poder político de Unidas Podemos pierde apoyos, más en Galicia que en el País Vasco. Los morados, con el partido hecho jirones en los dos territorios, no van a beneficiarse de su presencia en el Gobierno nacional. Y otro contrasentido, dejarán de ser la fuerza poderosa que eran en ambas comunidades cuando Iglesias estaba en la oposición.

Vox tampoco va a sacar la cabeza del hoyo, aunque alberga la remota esperanza de un escaño en Euskadi. El estilo Abascal no arraiga en el Cantábrico, se demostró en las generales y se ratificará en la autonómicas.

Así las cosas, ocho meses después de las últimas elecciones nacionales el panorama político no muestra señales de cambio. La pandemia de la Covid-19, en este sentido, ha sido inocua.


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