Un Papa abierto al mundo

Publicado el 23/04/2025 a las 05:00
El papa Francisco falleció de forma inesperada, como cualquier Pontífice hubiera querido hacerlo: después de dar la bendición urbi et orbi y en plena Pascua de Resurrección. Le hubiera gustado ver la paz en Ucrania, pero ni el mundo con Trump no es el de Reagan, ni el papa Bergoglio era Juan Pablo II, el papa Wojtyla. Era otro tiempo y otro mundo.
El acceso del arzobispo de Buenos Aires al Pontificado se produjo tras el hecho histórico de la renuncia del papa Benedicto XVI, Ratzinger, el papa intelectual del S.XXI; quizás el mejor teólogo de la Iglesia en su momento. Pero consciente de que la Iglesia de Cristo tras el Vatileaks (con la traición de su mayordomo Gabriele y chantajes al parecer a obispos de tendencia homosexual), el deterioro de las finanzas vaticanas y la pederastia, hacia imposible gobernar la Iglesia tal como la concebía. Dimitió ante el colegio cardenalicio en latín, para que algunos no se enterasen.
Jorge Bergoglio asumió el Pontificado como una carga no buscada, impulsado por los reformistas de la iglesia que la veían algo acartonada y necesitada de una actualización del mensaje y espíritu católico a los más de mil millones de fieles en todo el orbe.
El Papa es un líder espiritual, pero también temporal. Tiene que gobernar el Estado Vaticano con toda la aristocracia de la Curia romana acostumbrada a la política de la cittá eterna, no precisamente de Dios. Su programa de reformas para la curia ha llevado a una renovación casi total del Colegio cardenalicio, lo que se notará en la elección del nuevo Papa, mas allá del soplo del Espíritu santo, que debe jugar en teoría en toda elección papal.
Francisco impulsó reformas muy significativas. En primer lugar, nada de vivir en los palacios pontificios; vivió bien en la Residencia de Santa Marta, pero sin los lujos de otros pontífices. Afrontó y suprimió con radicalidad cristiana la “compra” de nulidades matrimoniales, al menos en el área bonaerense, y fue implacable con los pederastas, frente a la tesis del “mal menor que debía ocultarse”, como hicieron otros pontífices. No se sabe bien el estado de las finanzas del Banco Vaticano , pero parece haberlo abordado.
No convocó un concilio Vaticano III, seguramente porque el momento no lo aconsejaba, o quizás no pudo. Desde esta perspectiva, quizás menos interesante para los católicos de a pie, pero sí para el gobierno de la Iglesia, Francisco fue un papa reformista.
Más discutible ha sido su herencia catequética. Francisco ha sido un obispo en Roma y en el mundo con visión de cura de parroquia. Un hombre abierto al mundo y a sus problemas. De ahí algunas de sus opiniones, -quizás sin el sesgo de la infalibilidad papal- (que solo existe desde el Concilio Vaticano I) sobre la acceso a los sacramentos de grupos marginados, incluidos divorciados y gente aparentemente apartada de la iglesia oficial. En ese sentido, hizo bueno el recuerdo evangélico de que Jesús comía con publicanos y pecadores.
Ese carácter, si se quiere mundano, abierto a no contaminarse por el trato con los samaritanos, le ha hecho popular para algunos y muy criticado para otros, en especial por sus opiniones políticas (le llamaban el papa peronista) o por sus entrevistas en TV (en nuestro país con Herrera y Evole).
En una palabra, Francisco ha querido humanizar la figura del papa, actualizándolo, configurado como un monarca absoluto desde la caída del Imperio romano como señaló con autoridad el gran historiador belga Henri Pirenne (Historia de Europa: Desde las invasiones al s. XVI.)
Finalmente su pontificado ha querido poner el foco de atención en los estratos de la población mundial más pobres, en los marginados, en especial los emigrantes, pero teniendo presente que la realpolitik vaticana es sabedora de que la grey del catolicismo actual no solo la integran esos grupos humanos más desfavorecidos. Pero de ahí la elección del nombre de Francisco con evocación del santo de Asís, pese a ser un jesuita en algunos casos con mucho carácter. El papa Francisco deja un legado que la Iglesia debe conservar, sabiendo que su figura alejada de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI se acerca más a la de Juan XXIII, quizás sin el carisma de este último. Pues Francisco era, seguramente, Francisco. Sin parecerse a nadie. Ojalá el colegio cardenalicio elija a un digno sucesor de Francisco, que conservando lo bueno de su papado, haga del Papa el gran líder espiritual del catolicismo moderno, que el mundo de hoy necesita.
Manuel Pulido Quecedo. Abogado. Doctor en Derecho.