En tiempos convulsos, Roosevelt acaba con una tradición de 144 años (1940)
AmpliarAmpliar
En tiempos convulsos, Roosevelt acaba con una tradición de 144 años (1940)

CerrarCerrar

La emergencia del momento profana el legado de Washington, 144 años después (1940)

Nadie había sido tres veces presidente de Estados Unidos -ni lo fue después-, hasta que Franklin D. Roosevelt apeló a la excepcionalidad del tiempo que se estaba viviendo para continuar en el cargo, mientras se debatía la participación del país en la Segunda Guerra Mundial

Javier Iborra

Actualizado el 13/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo novena

Fecha: 5 de noviembre de 1940

Votantes: 49.902.113

Estados: 48

Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)

Franklin D. Roosevelt: votos populares, 27.313.945; votos electorales, 449

Wendell Wilkie: votos populares, 22.347.744; votos electorales, 82                                                                                                                                                                                       

El Partido Republicano había caído a la lona en 1936. Franklin Roosevelt le había colocado un gancho en el mentón y le había noqueado. La añeja formación, fundada allá por 1854, se preguntaba si merecía la pena seguir peleando. En la historia de Estados Unidos había ejemplos de partidos de primer nivel que optaron por desaparecer tras ser barridos en las urnas: pensaron que era más sensato refundarse y empezar de cero. Sin embargo, durante casi un siglo habían dominado dos marcas, los Demócratas y los Republicanos, y desperdiciar todo el capital y el prestigio acumulado no era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Finalmente, el Partido Republicano decidió darse una oportunidad más, al tiempo que se renovaba aparcando en un segundo plano a las figuras relacionadas con “los felices años 20” y el posterior descalabro. La cita con las urnas de 1940 debía dictar sentencia. Y lo hizo. Roosevelt volvió a ganar, pero los Republicanos recuperaron a buena parte de su electorado; quizá solo la guerra en Europa les impidió ganar. Veamos cómo fue posible esta recuperación.

A finales de la década de los 30, Estados Unidos comenzaba a salir de la Gran Depresión. Le había costado superar aquella crisis más que ninguna otra anterior. A lo largo de los años 34 y 35 se intuyeron brotes verdes, pero luego hubo una recaída que alargó el sufrimiento de millones de personas en el país. Pero en 1940 la preocupación principal estaba lejos de Norteamérica. Importaba Europa, algo nada habitual en la historia de Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial había comenzado en septiembre de 1939 y la ambiciosa Alemania había conquistado en tiempo récord una proporción increíblemente extensa del mapa europeo. Solo Inglaterra, protegida por el mar y su Royal Navy, parecía a salvo, aunque sus aviones habían tenido que batirse a la desesperada frente a las operaciones de acoso aéreo alemán que se han venido a englobar bajo el nombre de Batalla de Inglaterra.

La opinión pública en Estados Unidos estaba dividida. La caída de Francia había provocado una auténtica conmoción, pero también era grande la reticencia a entrar en la guerra. Sea como fuere, el tema principal durante la campaña previa a las elecciones de 1940 sería el “aislacionismo” o la intervención en la contienda, y no la economía o los asuntos domésticos.

El momento histórico era lo suficientemente excepcional como para que se rompiera una de las más largas tradiciones de la historia política de Estados Unidos. Nadie había osado superar a George Washington y optar a tres mandatos consecutivos. Solo dos “prima-donnas” de la talla de Ulysses S. Grant y Theodore Roosevelt habían intentado ser tres veces presidente, pero no de un modo consecutivo. Además, fracasaron al final.

Sobre esta limitación no pesaba ninguna ley escrita, pero sí existía cierto temor místico. Si Franklin Roosevelt sentía algún miedo o reparo, lo disimuló. Se postuló para un tercer mandato con ímpetu, y bajo el pretexto de que no era el momento de cambiar de gobierno con la que estaba cayendo en Europa. En el Partido Demócrata surgieron algunas voces contrarias a esta decisión, pero fueron una minoría: los tiempos de presidentes débiles dominados por el Congreso o por sus propios partidos habían quedado definitivamente atrás. Esta minoría intentó apuntarse un tanto boicoteando la designación de Henry A. Wallace como vicepresidente, pero la discusión terminó cuando el propio Roosevelt dijo que o le acompañaba Wallace o se iba a su casa. En el asunto crucial de la guerra de Europa, Roosevelt entendió que la población prefería mantenerse al margen, así que prometió que mantendría al país fuera de la contienda si resultaba elegido. El resto de sus políticas no necesitaban presentación, para bien o para mal.

El Partido Republicano tenía dónde hincar el diente. Se había regenerado con éxito, al mismo tiempo que la Gran Depresión desgastaba al gobierno. El “New Deal” de Roosevelt comprometía inversiones y gastos voluminosos y en los ambientes más liberales se le culpaba de haber exacerbado los problemas en lugar de solucionarlos. Precisamente, el candidato Republicano salió de Wall Street. Era un empresario, una cara joven, sin pasado político de relevancia. Se llamaba Wendell Willkie y reavivó las ilusiones de una formación que solo cuatro años antes había sido sometida sin contemplaciones. Willkie expuso las deficiencias del “New Deal” como instrumento para la redención económica y lo hizo de un modo certero, si bien quizá no lo suficiente como para alcanzar al electorado. Además, aunque no era ni mucho menos un aislacionista irredento como otros dentro de su partido, durante la campaña acusó a Roosevelt de no haber preparado a la nación para un posible guerra a escala mundial y, después, vaticinó que terminaría por involucrarla en la guerra una vez lograda la reelección.

El Partido Demócrata acusó la sorpresa de toparse frente a un candidato menos conservador y menos aislacionista de lo que esperaba. Se aferró a la idea de que el electorado no se aventuraría a un cambio con el recuerdo de la crisis tan reciente y con Europa literalmente en llamas. Y apeló a la “Coalición del New Deal”, el transversal grupo que apoyaba a Roosevelt y que, a la postre, demostró ser su obra más efectiva del presidente, por encima incluso del propio “New Deal”.

Las encuestas apuntaban a una victoria de Roosevelt, pero por escaso margen, así que el candidato Demócrata tuvo que emplearse a fondo en el tramo final de la campaña. No era habitual que un presidente se involucrara en los actos propagandísticos, pero él utilizó la radio para ofrecer cinco discursos en los que remarcó su compromiso de mantener al país alejado de la guerra.

La estrategia de Roosevelt funcionó. Hizo historia al convertirse en el primer hombre en ganar tres elecciones presidenciales en Estados Unidos y lo hizo por una diferencia de diez puntos porcentuales (54%-44%). En cuanto al voto electoral, ganó en 38 de los 48 estados. Estos estaban lejos de ser los guarismos de 1936, pero seguían siendo incontestables... al menos a primera vista. Una encuesta realizada por la empresa de George Gallup desveló que, si las elecciones se hubieran celebrado sin la amenaza de la Segunda Guerra Mundial, el vencedor habría sido Willkie. El Partido Republicano no podía soñar todavía con destronar a los Demócratas, pero se había ganado la supervivencia.

La lupa: la neutralidad
Una de las señas de identidad de Estados Unidos, desde los tiempos de la Doctrina Monroe, era su desinterés por los asuntos que no incumbieran directamente a América. La entrada en la Primera Guerra Mundial, en el tramo final del conflicto, supuso un paréntesis en esta política, pero fue uno realmente breve. Cuando el Congreso rechazó el Tratado de Versalles en 1920 se volvió de alguna manera a reinstaurar en la nación su semptierno "aislacionismo".

Mientras en Europa y en los confines de Asia, a lo largo de los años 30, proliferaban las señales de que pronto habría guerra, tal era el recelo de los aislacionistas que a través del Congreso retiraron al presidente de Estados Unidos incluso la potestad de vender armas a países agredidos. Franklin D. Roosevelt tenía las manos atadas.

Con Japón invadiendo China, España convertida en un laboratorio ideológico y bélico, y Alemania presionando a sus vecinos en el centro de Europa, Roosevelt solo pudo proclamar públicamente que, por graves que fueran los acontecimientos, Estados Unidos mantendría su neutralidad. No obstante, consiguió que al menos la industria del país se preparara para un futuro conflicto.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt arrancó del Congreso el permiso de vender armas a Gran Bretaña y Francia, y el propio presidente entabló una correspondencia telegráfica con el Primer Lord del Almirantazgo británico, Winston Churchill, que posteriormente se convertiría en una amistad.

La victoria de Alemania en el frente francés supuso un aldabonazo para la población estadounidense. El "intervencionismo" cobró fuerza, incluso dentro del propio Gabinete del gobierno. Así, a las puertas del comienzo de la campaña para las elecciones de 1940 se aprobó una ley que abría la puerta a los primeros alistamientos de tropas. Además, en ese mismo mes de septiembre de 1940, Roosevelt desafió la legislación que impedía la venta de armas a terceros países y llegó a un acuerdo con Gran Bretaña para entregarle 50 destructores a cambio de ciertos derechos de fondeo en puertos británicos en el Caribe.

Con este panorama, las estrategias de los candidatos de cara a los comicios del 40 giraron en buena parte alrededor de la entrada o no en la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt prometió que mantendría la neutralidad -igual que Woodrow Wilson en 1916; del mismo modo, no tardaría en arrepentirse-. No obstante, su postura era inequívocamente favorable a los Aliados.

Willkie, por su parte, mantenía una postura menos comprometedora, pero estudios posteriores han revelado que el gobierno británico difundió encuestas falsas y noticias difamatorias para ayudarle a vencer en la Convención Nacional del Partido Republicano y alejar de la carrera por la Casa Blanca a políticos más aislacionistas.

Finalmente, Estados Unidos entró de lleno en la guerra tras el ataque japonés a Pearl Harbour, en diciembre de 1941.

Glosario:
ARSENAL DE LA DEMOCRACIA”: en uno de los cinco discursos radiofónicos que Franklin Roosevelt pronunció en el tramo final de la campaña empleó esta expresión. El candidato se refería a la promesa de apoyar a Gran Bretaña en la guerra contra el Eje mediante el envío de suministros militares, pero al mismo tiempo manteniendo a Estados Unidos fuera de la guerra.

Posteriormente, la expresión cobró fama cuando, tras el ataque japonés a Pearl Harbour, la nación norteamericana entró en el conflicto y se convirtió de hecho en el gran proveedor de suministros no solo de Gran Bretaña, sino también de la URSS a través del sistema de “Préstamo y Arriendo”. La industria estadounidense fue, a la postre, uno de los puntales que propició la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora