James Garfield y la senda de la regeneración (1880)
AmpliarAmpliar
James Garfield y la senda de la regeneración (1880)

CerrarCerrar

James Garfield y la senda de la regeneración (1880)

El Partido Republicano apostó por ahondar en el camino emprendido por el honesto Hayes, relegando al expresidente Grant y su legado, y logró con Garfield su sexto triunfo seguido

Javier Iborra

Actualizado el 28/09/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: Vigésimo cuarta

Fecha: 2 de noviembre de 1880

Votantes: 9.210.420

Estados: 38

Colegio electoral: 369 votos (185 necesarios)

James A. Garfield: votos populares, 4.446.158; votos electorales, 214

Winfield S. Hancock: votos populares, 4.444.260; votos electorales, 155                                                                                                        

 

Rutherford Hayes había entrado en la Casa Blanca por la puerta de atrás -y de algún modo fue así no solo en sentido figurado, ya que su investidura se realizó en privado, sin desfiles ni fanfarrias-. Como vimos en el reportaje anterior, el dictamen de una Comisión Electoral extraordinaria le había otorgado la victoria arrebatándosela de entre los dedos al que tenía todos los visos de ser el justo ganador, Samuel Tilden. Las sospechas que rodeaban a aquella maniobra pesaron en el ambiente durante los primeros meses de la legislatura. Sin embargo, el semidesconocido Hayes había conseguido ser nominado por el Partido Republicano para los comicios de 1876 porque era un hombre honesto. Y durante sus cuatro años de mandato ejerció como tal.

Su propio partido quizá no había calculado las consecuencias de elegir a Hayes como candidato. Necesitaba a alguien que encarnara la limpieza para ganar las elecciones, pero una persona con esa catadura moral, una vez investido con los poderes de presidente -que eran reducidos en la época, pero poderes al fin y al cabo-, solo podía intentar limpiar las cloacas del sistema.

La corrupción tenía entonces varias caras, pero una de las más apetecibles para los políticos que detentaban el poder era la de repartir cargos de la Administración entre sus acólitos. Cientos de cargos se repartían a dedo, creando una red de dependencia, de fidelidad clientelar, que a su vez afectaba a las elecciones. Desde luego, también a la eficacia de los servicios públicos, ya que el personal elegido no lo era por sus méritos, sino por afinidades de muy diversos pelajes.

Grant había sido un presidente poco interesado por corregir estos desmanes, pero no por algún tipo de perfidia personal, sino en parte por desinterés –mientras el país crecía y se enriquecía, hasta 1873, la corrupción parecía un efecto secundario sin importancia– y en parte por fidelidad a su partido. Durante sus ocho años de gobierno la corrupción campó a sus anchas. Hayes, en cambio, metió mano en el asunto, removió el avispero y se granjeó el odio de buena parte de sus correligionarios.

Los más críticos con Hayes deseaban que nada cambiara. El Partido Republicano había ganado cinco elecciones consecutivas, con corrupción o sin ella. Entonces, ¿por qué había que cambiar el sistema? Gritaron a los cuatro vientos que aquel que estuviera a favor de la reforma debía de ser un infiltrado del partido rival, con el único objetivo de horadar el dominio Republicano. Por eso, los miembros de este grupo crítico con Hayes se llamaban "stalwarts", es decir, "leales"; y al mismo tiempo descalificaban a los adeptos al presidente diciéndoles "mestizos" ("half-breeds"), en referencia a que eran mitad Republicanos, mitad Demócratas.

Hayes, desde luego, tenía poco de Demócrata. En el resto de cuestiones de gobierno en las que ambos partidos defendieron diferentes puntos de vista, siempre coincidió con la opinión de los Republicanos. Por ejemplo, en el asunto del "patrón oro", que beneficiaba a los industriales del Norte y perjudicaba a los estratos más pobres de la sociedad. Estos últimos solicitaban que para pagar sus deudas siguieran aceptándose los 'bonos' baratos que circulaban desde los tiempos de la guerra civil y que se beneficiaban de la alta inflación de la época. Sin embargo, los prestamistas deseaban que esas deudas se saldaran con oro, lo que netamente encarecía el pago, y desde 1873, con la instauración del mencionado "patrón oro", así debía de hacerse.

Por suerte para los deudores, en la década de 1870 se descubrieron minas de plata en varios estados del país y surgió la posibilidad de que este metal también fuera aceptado como pago. Los Demócratas abogaron por esa idea y, como dominaban el Congreso, dieron luz verde a un decreto (Bland-Allison Act) que bendecía el bimetalismo. Hayes se opuso y llegó a vetarlo, pero el Congreso volvió a votar y lo aprobó definitivamente.

No obstante, todo este asunto de las deudas y los pagos en oro y en plata inspiraron la creación del Partido Greenback, que tomaba su nombre del apelativo con el que eran conocidos los famosos bonos (“greenbacks”, ver Glosario). Su agenda política, como no podía ser de otra manera, pasaba por suprimir el "patrón oro".

Hayes, mientras, siguió ejerciendo de hombre honesto y cuando se acercaron las elecciones de 1880 cumplió una vez más con su palabra. En la campaña anterior había dicho que no repetiría como candidato, y no lo hizo. Se retiró a un costado y dejó que otros pelearan por el sillón presidencial.

Uno de los que se postuló para el puesto fue el expresidente Ulysses S. Grant. Ya había gobernado el país durante dos mandatos, así que con un tercero hubiera hecho historia. Se presentó a la Convención Nacional Republicana como representante de los “leales”, los “Stalwarts” que estaban molestos con Hayes. Los “mestizos” respaldaron al senador James G. Blaine, otro hombre fuerte del partido. En los primeros envites hubo una sucesión de empates técnicos, hasta que la pugna se encalló. Al final, después de 34 votaciones infructuosas, los “mestizos” unieron fuerzas con los partidarios del secretario del Tesoro, John Sherman, y votaron a un tercer nombre: el diputado James A. Garfield. La conjunción de fuerzas le dio el triunfo a Garfield, relegando a Grant y a los “leales”. No obstante, a modo de compensación se buscó un candidato a la vicepresidencia que perteneciera a esa facción derrotada y se encontró en la figura de Chester A. Arthur, quien por un giro del destino llegaría a ser en el futuro presidente del país.

El Partido Demócrata se reunió con la incógnita de si Tilden, su candidato en las elecciones de 1876, volvería a postularse. Él se encargó de no aclarar su postura. Sin embargo, hombres de su círculo cercano obtuvieron pobres resultados en las primeras votaciones, así que decidió que probar suerte no merecía la pena. Quedaban dos nombres destacados por encima del resto: el senador Thomas F. Bayard y el antiguo general Winfield Scott Hanckock, que se había distinguido en la célebre batalla de Gettysburg. Este último contaba a su favor con el hecho de que su pasado le protegía frente a la manoseada táctica Republicana de la “camiseta ensangrentada”; es decir, los reproches que estos les dedicaban a los Demócratas por su papel durante la Guerra de Secesión. Difícilmente se podía acusar a un héroe de la Unión de simpatizar con los Confederados.

Los comicios de 1880, como los celebrados cuatro años antes, volvieron a despertar un gran interés entre los ciudadanos y la participación rozó el 80%. Fueron, además, extraordinariamente igualados: menos de 2.000 votos populares separaron a ambos candidatos (4.446.158 para Garfield y 4.444.260 para Hanckock). El reparto de votos electorales, como siempre, era lo que contaba y la meta era superar los 185 que otorgaban la mayoría simple. Garfield ganó en todo el Norte excepto en Nueva Jersey, donde Hanckock se impuso por un margen de 2.000 sufragios, pero le valió para sumar los 9 votos electorales de ese estado por ninguno de su rival, ya que en el sistema electoral estadounidense se aplica el axioma “the winner takes it all”; es decir, el ganador se lleva todo. Hanckock, además del ya mencionado triunfo en Nueva Jersey, se impuso en el que para los Demócratas ya era el "Sólido Sur" tras el fin de la Reconstrucción. Así, ambos se habían impuesto en 19 estados cada uno, pero los del norte, más poblados, concedían un botín más jugoso en el Colegio Electoral. En el recuento final, Garfield se impuso por 214 votos electorales a 155.

No obstante, el nuevo presidente apenas pudo ocupar el cargo. Fue investido en marzo de 1881 y, solo tres meses después, sufrió un atentado a principios de julio. Charles J. Guiteau, un hombre que había apoyado al Partido Republicano esperando ser recompensado con un puesto en los servicios públicos, estaba descontento por no haberlo logrado. Se consideraba un “leal” (“stalwart”) y canalizó su ira en contra de Garfield. Le esperó en una de las estaciones de tren de Washington y le disparó: dos de las balas impactaron en el cuerpo del presidente, una en un brazo, poco más que un rasguño, pero otra entró por la espalda y se le alojó en el abdomen. Garfield sobrevivió, recuperó la consciencia y pudo escribir cartas desde la cama, si bien no logró volver a caminar. Había esperanzas sobre su recuperación, pero a finales de julio empeoró y los médicos de la época no supieron revertir la situación. El 19 de septiembre, a los 49 años, falleció. Así, durante el que debió haber sido su mandato, la tarea le correspondió a Chester A. Arthur, el “stalwart” de compromiso que había sido su compañero de candidatura en las elecciones de 1880.

La lupa: la controversia sobre la inmigración china
Uno de los temas de discusión durante la campaña electoral de 1880 fue la inmigración china. No se trataba de un asunto nuevo, porque trabajadores procedentes de ese país habían sido protagonistas de la expansión de Estados Unidos a lo largo de casi todo el siglo. Habían tendido líneas de ferrocarril, extraído oro y, en general, desempeñado las labores menos gratificantes y peor remuneradas. Con todo, su número no había dejado de crecer y durante la crisis económica que siguió al Pánico de 1873 se extendió la impresión de que los chinos mantenían sus empleos mientras los demás los perdieron y se presumía que para lograrlo aceptaban salarios absurdamente bajos. En California, donde residía la inmensa mayoría de la inmigración, surgieron brotes racistas que terminaron con la quema de casas y negocios.

Tanto el Partido Republicano como el Demócrata defendieron durante la campaña que la inmigración debía de ser limitada de un modo u otro, aunque en el momento circuló una carta supuestamente firmada por el candidato James Garfield según la cual era partidario de que llegara más mano de obra china para que los industriales pudieran seguir contratando con salarios bajos. Garfield no reconoció el documento, pero los periódicos lo replicaron, lo cual pudo suponerle al Partido Republicano un aumento de votos en el industrializado noreste y un descenso de popularidad en California.

Durante la siguiente legislatura (1880-1884), el Congreso aprobó una ley (Chinese Exclusion Act) que establecía límites a la inmigración china -para las mujeres era tan estricto que directamente prohibía su entrada en Estados Unidos- y también establecía cupos máximos en las ciudades. En principio la ley debía durar diez años, pero en 1892 fue extendida para otra década más (Geary Act) y a partir de 1902 se convirtió en permanente. Siguió en vigor hasta que buena parte de sus restricciones fueron levantadas por la “Ingrimation and Nationality Act” de 1952.

Glosario
“GREENBACKS”: Con este nombre se conoció a los billetes emitidos por la Unión durante la Guerra de Secesión y que fueron de curso legal desde 1862 hasta 1971. Su origen residía en la necesidad, en tiempos de guerra, de emitir un dinero barato y que no estuviera respaldado por oro sino por la credibilidad del emisor; en este caso, la Administración estadounidense.

La adopción del “patrón oro” en 1873, unida a la crisis económica que se desencadenó ese mismo año, provocó que surgiera una polémica sobre la validez de estos billetes. Y los más fervientes entre sus partidarios se agruparon en un partido político, el Partido Greenback, que obtuvo representación en el Congreso en las elecciones de mitad de mandato durante el gobierno de Hayes. Sin embargo, su candidato para los comicios de 1880, James B. Weaver, solo obtuvo 300.000 votos. La formación no se recuperó de este varapalo y desapareció pocos años después.

 

 

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora