No nos lo merecemos
Publicado el 05/10/2026 a las 07:40
La percepción de que las cosas no van muy bien en estos tiempos que corren va calando cada vez más profunda y pesadamente en nuestras consciencias. Cuesta bastante llenar el carro de la compra, el depósito del coche, comprar una bici o hacer una obra. Ya no te cuento si te planteas alquilar una vivienda o tratas de comprarla. Misión imposible.
Por desgracia, el modelo político actual nada ayuda a la hora de confiar en que esto se pueda superar aguantando un rato la respiración. Los habitantes del poder no aciertan con las medidas a adoptar, a menudo cortoplacistas y propagandistas. Incluso a veces da la impresión de que son ellos mismos los que generan los problemas para perpetuarse en el cargo. Las complejas situaciones no resueltas que afectan una amplia mayoría social no deberían ser tratadas como si fueran un juego de azar. Como quien decide a los dados a qué bar se va a tomar el siguiente pote. Afrontarlas de veras requiere una toma de conciencia real, la captación del problema en toda su dimensión, un análisis de posibles soluciones sopesando sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. Sin prejuicios ni premisas ajenas a la propia cuestión a resolver. Y después, decidir.
Sin embargo, lo que acontece ante nuestra -cada vez menos- incrédula mirada es que nuestros problemas se acometen a golpe de sentada. De repente alguien sale en los medios incomodando a los poderes - a veces, incluso ayudando a los poderes- y en menos de una semana tenemos todo un decreto ley que cambia por completo el régimen de las cuestiones más esenciales de nuestro día a día como puede ser la vivienda, el trabajo, la educación, la sanidad o el censo electoral, por poner algún ejemplo. Y ello afectando gravemente a nuestros derechos constitucionales - propiedad privada, libertad de empresa, libertad educativa, nacionalidad. Así, a la carrera, llegan a aprobarse decretos como el de vivienda sin que nadie -salvo la IA- conozca su contenido. “Es que va a resolver el problema de Mari Carmen”, proclaman. Lo peor de todo es que, de nuevo, no es cierto. Y lo saben y lo sabemos.
¿De verdad nos merecemos esto? ¿Qué nos traten como a ‘minions’ abducidos que todo van a aceptar? A lo mejor sí. Porque, al menos en mi ciudad, las calles están tranquilas. Los centros de trabajo respiran paz. Y, sólo si quien controla y activa las hordas radicales decide que tú no tienes derecho a opinar -en cuyo caso las calles vuelven a recordar tiempos pasados-, nada pasa. Los derechos se ejercen y defienden o se pierden. Y no es delegable. Nos toca a todos. Todas incluidas.