Y sí, buenas noticias
Publicado el 13/06/2026 a las 08:39
El río Bidasoa fluía vivo, encendido. Sentada en un banco, junto a la presa, leía Tala, de Thomas Bernhard. Una leve brisa me acompañaba. Al cabo de un rato, guardé el libro en el bolso y seguí camino hacia Doneztebe.
La columna vertebral de un aliso viejo me atrajo con una fuerza extraña. Apoyé en ella la espalda. Frente a mí, el pequeño bosque permanecía inmóvil. Entonces mi cuerpo comenzó a deslizarse hacia el río; suavemente, sin oposición, sin resistencia. Alcancé el cauce y mi cabeza se hundió entre raíces y plantas menudas. Sólo oía la voz de una mujer: “¡Agárrate, te sacaremos!”. Los gritos se diluían entre los alisos. Vi a Virginia Wolf sumergiéndose en el río, con los bolsillos llenos de piedras.
Entonces un joven tiró de mi cuerpo, lo alzó,y fue colocándome los pies, uno a uno, entre raíces y pequeños troncos. La voz de la mujer despertaba el temblor de mis músculos dormidos. Algún ciclista tiró de mis brazos. Ya en la orilla, la sangre me cegaba. “¡Me faltan las gafas!”. El joven bajó al río y me las ofreció. Había en él una generosidad que adormeció mi miedo. Me subieron a un coche. En el asiento trasero, la voz I, sosegada, amorosa, intentaba localizar a mi familia mientras llamaba al 112.
Hoy, mi viejo corazón tiene una luz nueva. Aunque viejo y cansado ha recibido lo mejor de estos dos seres maravillosos. ¡Gracias a I.G. y a I.A!