El simulacro que sí funcionó
Publicado el 29/05/2026 a las 07:26
Vivimos tiempos en los que el Congreso de los Diputados parece haber dejado de ser, demasiadas veces, el gran espacio nacional del encuentro, la escucha y el diálogo constructivo. La crispación permanente, el enfrentamiento convertido en estrategia y la sustitución del argumento por el ruido han deteriorado la percepción de una institución que debería representar la mejor expresión de la convivencia democrática.
Y, sin embargo, ayer ocurrió algo llamativo, durante el simulacro de emergencia realizado en el Palacio del Congreso, cientos de personas, diputados, miembros del Gobierno, trabajadores de la Cámara, personal de seguridad y periodistas, respondieron de manera coordinada, ordenada y eficaz ante una situación de evacuación. Las informaciones conocidas hasta ahora coinciden en señalar que el operativo funcionó correctamente, que no se produjeron incidentes relevantes y que la actividad parlamentaria pudo reanudarse pocos minutos después.
Paradójicamente, en una de las instituciones más tensionadas de la vida pública española, el momento de mayor coordinación colectiva del día no llegó durante el debate político, sino durante un simulacro de emergencia. Conviene detenerse en ello, porque los simulacros no son una simple formalidad administrativa ni un trámite burocrático destinado a cubrir expedientes. Son ejercicios esenciales para proteger vidas. Permiten practicar respuestas antes de que ocurra una situación real, reducen errores, mejoran la coordinación y ayudan a que las personas reaccionen con más serenidad y eficacia cuando aparece la presión. Pero además cumplen otra función menos visible y enormemente importante: ponen a prueba sistemas, liderazgos, protocolos y capacidades reales de organización. Existe una idea fundamental en materia de emergencias que ayer volvió a demostrarse con claridad: en una crisis verdadera no actuamos al nivel de nuestras intenciones, sino al nivel de nuestro entrenamiento.
Por eso los simulacros son tan relevantes, nadie improvisa correctamente en medio del caos. La seguridad colectiva depende de hábitos entrenados, de instrucciones claras, de confianza en quienes coordinan y de la capacidad de cada persona para asumir que el comportamiento individual afecta al conjunto. España ha vivido tragedias suficientes como para comprender que la prevención nunca es exagerada. En hospitales, aeropuertos, empresas, colegios, infraestructuras críticas o instituciones públicas, los simulacros constituyen una herramienta imprescindible de cultura preventiva y responsabilidad institucional.
También el Congreso debe formar parte de esa cultura. No hace tantos años, otros ejercicios similares dejaron imágenes menos edificantes: dudas, relajación, conversaciones durante las evacuaciones e incluso comportamientos poco disciplinados. Precisamente por eso resulta positivo comprobar que los protocolos parecen haberse perfeccionado y que la respuesta ofrecida ayer fue más seria, más organizada y más profesional. Las imágenes difundidas muestran salidas ordenadas, coordinación de los equipos de emergencia, utilización correcta de las rutas de evacuación y una actuación diligente de los responsables de seguridad. Todo ello merece ser reconocido. Sin embargo, resulta difícil ignorar que un ejercicio que debería haberse convertido exclusivamente en una lección ejemplar de prevención terminara inevitablemente contaminado por el clima político y mediático del momento. La coincidencia con otros acontecimientos de enorme tensión pública desvió parte de la atención hacia la ironía partidista y el comentario coyuntural.
Es una lástima, porque lo sucedido ayer en el Congreso contenía una enseñanza mucho más profunda que cualquier titular inmediato. Cuando existe un objetivo claro, reglas compartidas y responsabilidad colectiva, las instituciones funcionan. Incluso en medio de la tensión. Incluso bajo presión. Incluso en un entorno tan expuesto como el Parlamento español.. Quizá esa sea la reflexión más interesante del simulacro de ayer. La democracia también necesita entrenamiento, necesita practicar la escucha, la cooperación y el respeto institucional con la misma disciplina con la que se entrenan las emergencias. Porque las sociedades sólidas no se construyen únicamente reaccionando ante las crisis, sino preparándose juntos antes de que lleguen. Y tal vez ahí resida la mayor lección política del día: que cuando todos entienden que el riesgo es común, la coordinación deja de ser imposible.